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La mujer que cerró los ojos de Eva Perón: el relato de María Eugenia Álvarez a los 99 años

María Eugenia Álvarez tiene 99 años. Asistió a la Primera Dama cuando votó por primera vez y en sus últimos días, cuando el cáncer ya era irreversible

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La mujer que cerró los ojos de Eva Perón: el relato de María Eugenia Álvarez a los 99 años
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A los 99 años, María Eugenia Álvarez rompe el silencio para reconstruir el vínculo íntimo que la llevó a ser la enfermera encargada de cerrar los ojos de Eva Perón en su lecho de muerte. Desde una residencia geriátrica, la mujer rememora cómo pasó de ser una joven estudiante en el Hospital Rivadavia a convertirse en la persona elegida específicamente por la Primera Dama para acompañar sus últimos y dolorosos días en el Palacio Unzué. El relato recorre hitos conmovedores, desde el momento en que Álvarez sostuvo la urna para que Evita emitiera su primer voto femenino, hasta las horas finales marcadas por el uso de morfina y la angustia de un Juan Domingo Perón devastado. Con una sensibilidad única, la enfermera describe el instante preciso del fallecimiento de la Jefa Espiritual de la Nación y el vacío profundo que dejó en el mandatario aquel 26 de julio de 1952.

A los 99 años, María Eugenia Álvarez guarda en su memoria los detalles de uno de los procesos más íntimos y dolorosos de la historia argentina del siglo XX. Desde una residencia geriátrica en Monte Grande, la mujer que hoy luce un pañuelo con el retrato de Eva Perón reconstruye el vínculo que la llevó a ser la persona encargada de cerrar los ojos de la Primera Dama en su lecho de muerte.

El vínculo comenzó años antes de aquel final. En 1950, mientras se formaba como enfermera en el Hospital Rivadavia, María Eugenia conoció a Eva Perón durante una visita que la entonces Primera Dama realizó a trabajadoras de la salud dependientes de su fundación que habían sufrido un accidente. En aquel encuentro en el hospital de Recoleta, ubicado a pocos metros del Palacio Unzué, Eva le estrechó la mano por primera vez, sin saber que aquella joven de 23 años sería quien la acompañara en sus horas finales.

La vocación de Álvarez no fue azarosa. Según relata, desde su infancia jugaba a curar y cuidar pacientes durante los recreos escolares. Esta inclinación se consolidó cuando una de sus hermanas enfermó, experiencia que la convenció definitivamente de seguir la carrera de enfermería. Fue precisamente en el Hospital Rivadavia donde el equipo médico fue contactado por Juan Domingo Perón para conformar el cuerpo de enfermeras que asistiría a Eva en un complejo postoperatorio.

La primera etapa de cuidados comenzó en 1951, tras una cirugía gineco-oncológica realizada en el Hospital Policlínico de Avellaneda. En aquella intervención participó el oncólogo estadounidense George Pack, un especialista de renombre convocado por el Presidente sin que Eva estuviera al tanto. El diagnóstico resultó ser un cáncer de cuello uterino más avanzado de lo esperado, lo que dejó un pronóstico desfavorable.

Durante ese periodo, María Eugenia vivió un momento que describe como emocionante: el día en que las mujeres argentinas pudieron votar por primera vez. A pesar de encontrarse internada, Eva Perón, referente de la lucha por este derecho, no podía dejar de emitir su voto. "Yo le sostuve la urna para que votara", recuerda Álvarez, quien también votó por Perón en aquellas elecciones donde el mandatario obtuvo más del 60% de los sufragios.

Posteriormente, por pedido de la propia Eva, María Eugenia quedó a cargo de la Escuela de Enfermeras de la Fundación Eva Perón. Su labor consistió en formar profesionales para cubrir las necesidades de los hospitales que se estaban construyendo en diversas provincias, incluyendo Chaco, priorizando siempre las instituciones públicas sobre los sanatorios privados.

En 1952, la salud de Eva Perón se deterioró rápidamente debido a que el cáncer había hecho metástasis. Fue entonces cuando María Eugenia fue convocada nuevamente, esta vez para trasladarse al Palacio Unzué. Al llegar, supo que Eva la había pedido específicamente, recordándola como "la chica de los ojos verdes".

Los últimos días estuvieron marcados por el dolor, que solo se mitigaba con inyecciones de morfina. A pesar de su estado, Eva mantuvo una actividad incesante, organizando el trabajo de la fundación desde la cama y manifestando constantemente su preocupación por los más desamparados, pidiendo que no abandonaran a los más pobres. María Eugenia reportaba la evolución de la paciente a los médicos y al Presidente, quien solicitó que no se le revelara a Eva el diagnóstico terminal, aunque la Primera Dama intuía que se estaba yendo.

Para sus últimos días, Eva fue trasladada a un vestidor contiguo a la habitación de Perón, buscando cercanía con su marido sin interrumpir el descanso del mandatario con la atención médica constante. Perón la visitaba tres veces al día: antes de ir a la Casa Rosada, al regresar y antes de dormir.

El final ocurrió el 26 de julio de 1952. Poco antes del mediodía, Eva Perón entró en coma. María Eugenia Álvarez recuerda el momento con conmoción: "Yo le cerré los ojitos. Lo más suavemente que pude, apoyé mis dedos y cerré sus ojos porque Evita ya no iba a despertar". Horas más tarde, a las 20.25, la radio anunció la muerte de la "Jefa Espiritual de la Nación".

El impacto en el Presidente fue devastador. Álvarez recuerda que Perón lloraba desconsoladamente y le confesó: "¡Qué solo me quedo, Eugenita!". Tras la despedida pública, la enfermera regresó a su vida cotidiana y continuó trabajando en el Hospital Rivadavia hasta su jubilación. Años más tarde, su hermana Rita falleció debido al mismo cáncer que afectó a Eva Perón. Hoy, María Eugenia es cuidada por sus sobrinos, manteniendo intacto el recuerdo de aquel vínculo que la llevó a acompañar a Eva hasta el último suspiro.

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