El cierre de la justa mundialista dejó en la sociedad mexicana un periodo breve de entusiasmo y una fase de recapitulación sobre los resultados deportivos. Este fenómeno, que podría describirse como una suerte de "resaca" tras la participación de la Selección Nacional, ha dado paso a un choque frontal con una realidad nacional compleja y multifacética, donde los temas deportivos han sido desplazados por controversias legales y tensiones políticas de alto nivel.
Uno de los frentes más críticos de esta realidad es la situación jurídica del exgobernador de Baja California, Ernesto Ruffo Appel. El exmandatario enfrenta acusaciones relacionadas con el denominado “huachicoleo fiscal”, una práctica consistente en la omisión del pago de impuestos derivados de la importación de combustibles. Sin embargo, el núcleo de la controversia radica en la naturaleza de las acusaciones: se señala que las irregularidades fueron cometidas por una empresa proveedora a la cual Ruffo Appel realizaba compras, y no por el exgobernador directamente. Hasta el momento, no se han aportado pruebas que vinculen directamente a su propia empresa o a su persona con dichos delitos fiscales.
Ante este escenario, ha cobrado fuerza una lectura alternativa entre analistas políticos y miembros del Partido Acción Nacional (PAN). Para este sector, la acción legal contra Ruffo Appel no sería un proceso judicial aislado, sino una “cortina de humo” diseñada deliberadamente para desviar la atención pública. El objetivo de esta estrategia sería minimizar el impacto del caso que involucra al morenista Rubén Rocha Moya y a sus coacusados. Rocha Moya es objeto de una solicitud por parte del gobierno de Estados Unidos para ser juzgado en territorio estadounidense, bajo cargos de complicidad con cárteles de la droga implicados en la introducción de estupefacientes, específicamente cristal y fentanilo, hacia el país vecino.
Paralelamente, el ámbito del narcotráfico ha registrado movimientos significativos con la sentencia de cadena perpetua impuesta al “Mayo” Zambada, señalado como el principal capo de la droga en México. Este resultado judicial no resultó sorprendente para los observadores, dado que el propio Zambada había solicitado la pena de prisión de por vida días antes de la sentencia. Lo que sí llamó la atención fue su declaración pública, en la cual incluyó una disculpa por el daño causado a través de sus actividades criminales.
El aspecto financiero de este caso ha revelado cifras impactantes. La fortuna acumulada por Zambada mediante la distribución de narcóticos se ha estimado en 15 mil millones de dólares. Esta cifra supera, por al menos 3 mil millones de dólares, la fortuna reconocida en el caso de Joaquín “El Chapo” Guzmán. Se ha precisado que estos activos pasarán a manos del gobierno de Estados Unidos.
A pesar de que las cifras multimillonarias suelen asociarse a la venta de drogas en el mercado estadounidense, existe la convicción de que la mayor ganancia de los grupos narcotraficantes se genera dentro de México. Este fenómeno ocurre en un contexto donde, a pesar de las estrategias oficiales, prevalece la aplicación de la política de “abrazos, no balazos”, frase calificada como hipócrita ante la persistencia de la violencia y el crimen organizado.
Finalmente, una vez superado el efecto unificador que el fútbol suele generar en la sociedad mexicana, surge la interrogante sobre el rumbo a seguir. Se observa que el gobierno actual no ha logrado capitalizar los beneficios de esa unidad social para traducirlos en avances concretos. En lugar de ello, la administración persiste en la pretensión de atribuir los problemas actuales a los gobiernos anteriores, omitiendo que la denominada Cuarta Transformación (4T) ya ha mantenido las riendas del poder durante ocho años.


