La historia de Argentina ha estado marcada por figuras políticas capaces de despertar profundas pasiones y emociones encontradas. Entre ellas, Eva Perón se mantiene como una de las más influyentes, no solo por la popularidad que aún conservan sus ideas sociales, sino también por el crudo y perturbador destino que tuvo su cuerpo tras su fallecimiento. Lo que comenzó como un intento de preservar su imagen se transformó en un operativo de secuestro y ocultamiento coordinado por la dictadura militar.
Eva Perón, conocida afectuosamente como “Evita”, falleció en julio de 1952 a la edad de 33 años, a causa de un cáncer de cuello uterino. Poco después de su muerte, y por decisión de su esposo, el entonces presidente Juan Domingo Perón, su cuerpo fue entregado a un anatomista para ser embalsamado. El objetivo era conservar el cadáver casi intacto, una medida que, según reportes de la BBC, respondía al deseo del gobierno de convertir a la ex primera dama en un símbolo permanente del peronismo y de su vínculo con los sectores trabajadores, consolidando así el rol de labor social intensa que ella había desempeñado en vida.
El impacto de su muerte fue masivo. Durante dos semanas, aproximadamente dos millones de personas desfilaron frente a su féretro, el cual estuvo instalado inicialmente en el Congreso argentino y posteriormente trasladado al edificio de la Confederación General del Trabajo (CGT) en Buenos Aires. Esta situación se mantuvo hasta septiembre de 1955, fecha en la que ocurrió el derrocamiento de Juan Domingo Perón.
Con la llegada de las nuevas autoridades militares, el cuerpo de Eva Perón pasó a ser visto como una amenaza. Flavia Fiorucci, historiadora del movimiento político peronista, ha señalado que los militares consideraban que los restos de Evita podrían transformarse en un poderoso emblema de resistencia para sus seguidores. Ante este temor, la dictadura ordenó la desaparición del cuerpo y mantuvo su paradero en estricto secreto.
El operativo de ocultamiento estuvo bajo la responsabilidad del teniente coronel Carlos Moori Koenig, quien se desempeñaba como jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército. Alrededor de su figura han circulado rumores que sugieren una obsesión con el cadáver, llegando a decirse que lo mantenía en posición vertical dentro de su oficina para exhibirlo a sus visitas, aunque este dato no ha sido comprobado.
Lo que los historiadores y diversos testimonios han logrado confirmar es que el cuerpo fue trasladado por múltiples puntos de Buenos Aires para evitar su localización. Se sabe que el cadáver permaneció oculto en lugares tan diversos como el interior de una camioneta, detrás de la pantalla de un cine e incluso en dependencias pertenecientes a obras sanitarias.
Ante la imposibilidad de mantener el cuerpo en el país sin riesgo de ser descubierto, los militares decidieron sacarlo de Argentina. En 1957, los restos fueron enviados clandestinamente a Italia. Allí, fueron enterrados en un cementerio de Milán bajo una identidad falsa: María Maggi de Magistris. Mientras tanto, en Argentina, donde el peronismo se encontraba totalmente prohibido, los simpatizantes del movimiento exigían respuestas, llenando las paredes de la ciudad con mensajes que preguntaban: “¿Dónde está el cuerpo de Eva Perón?”.
El misterio comenzó a resolverse en 1971, en un contexto donde el gobierno militar buscaba facilitar una transición política. Los restos fueron finalmente entregados a Juan Domingo Perón, quien se encontraba exiliado en Madrid. Según los relatos de la época, al momento de extraer el cuerpo del ataúd para verificar su identidad, Isabel Perón —quien sería la nueva esposa del gobernante y más tarde la primera mujer presidenta de una república en el mundo— se encargó de limpiar y peinar el cabello de Eva, secándolo con un secador.
Dos años después, coincidiendo con el regreso definitivo de Juan Domingo Perón a Argentina, el cuerpo de Eva Perón también retornó a su tierra natal. Tras una travesía secreta que duró 16 años, fue sepultada en la bóveda del cementerio de La Recoleta. Hasta el día de hoy, sus restos permanecen allí bajo estrictas medidas de seguridad. Medios locales como La Nación destacan que su tumba se ha convertido en uno de los sitios más visitados y cargados de simbolismo de la historia argentina, atrayendo a turistas de todo el mundo.

