La reciente culminación de la Copa del Mundo ha dejado un sentimiento ambivalente en Estados Unidos. Mientras que el evento fue percibido como hermoso, divertido y un motor de unidad social, surge una interrogante fundamental desde la perspectiva económica: ¿valió la pena la inversión para el país anfitrión?
Tradicionalmente, la viabilidad de estos eventos se mide mediante un cálculo financiero simple: sumar los beneficios económicos generados y restar la inversión realizada. Bajo este criterio estrictamente monetario, es muy probable que el balance de la Copa del Mundo para Estados Unidos sea negativo. Las pruebas que respaldan un beneficio financiero significativo son escasas; no se registró el auge del empleo esperado, los precios hoteleros no mostraron aumentos relevantes y el crecimiento de las ventas minoristas sufrió una caída drástica en junio en comparación con mayo. Asimismo, tanto las tarifas aéreas como el turismo general se mantuvieron estables.
La complejidad de este análisis radica en la dificultad de aislar el impacto de un evento de tal magnitud dentro de una economía tan vasta como la estadounidense, lo que vuelve la interpretación de los datos un ejercicio subjetivo. No obstante, los datos disponibles contrastan fuertemente con las proyecciones oficiales. En marzo de 2025, la FIFA estimó que la organización del torneo costaría US$ 13.900 millones (con una carga de US$ 11.100 millones para Estados Unidos) y generaría un beneficio económico global de US$ 80.100 millones, de los cuales US$ 30.500 millones quedarían en territorio estadounidense. La FIFA también aseguró que el torneo crearía el equivalente a 185.000 empleos a tiempo completo.
Sin embargo, la realidad estadística no refleja este impulso. Según la Oficina Nacional de Viajes y Turismo, el turismo hacia Estados Unidos se estancó en junio, con un aumento de apenas el 0,2 %. Si bien hubo incrementos en las visitas provenientes de África (13,8 %) y América del Sur (4,7 %), se registró una caída en el turismo europeo (1,2 %) y asiático (5,6 %). El informe de inflación también mostró que los precios de los hoteles bajaron un 2,8 % y las tarifas aéreas apenas variaron, mientras que las actividades recreativas solo subieron un 0,5 %.
El mercado laboral también mostró señales preocupantes. El informe de empleo de junio reveló un desplome de 61.000 puestos de trabajo en el sector de ocio y hostelería, además de la pérdida de cerca de 5.000 empleos en el comercio minorista de mercancías generales. En cuanto al consumo, las ventas minoristas nacionales aumentaron solo un 0,2 % en junio, cifra inferior a las expectativas y al crecimiento del 1 % de mayo. El gasto en bares y restaurantes apenas creció un 0,1 %.
A pesar de este panorama macroeconómico, hubo destellos de crecimiento a nivel local. Las ventas de pequeñas empresas en ciudades anfitrionas aumentaron un 4,1 % en junio, frente al 1,8 % en ciudades que no albergaron partidos. Boston destacó con un incremento del 7,6 %, impulsado en gran medida por la venta de cerveza debido a la presencia de aficionados escoceses, aunque la Reserva Federal señaló que los hoteles locales tuvieron que ofrecer descuentos para alcanzar niveles habituales de reserva.
Joe Brusuelas, economista jefe para EE.UU. de RBS, señaló que el impulso macroeconómico no fue tan sólido como se esperaba, sugiriendo que la coincidencia del torneo con la guerra de Irán elevó los precios al consumidor y mermó la demanda, contrarrestando los efectos positivos del evento.
Otro punto de controversia es el costo de la infraestructura. La FIFA presentó la infraestructura como "gratuita" al no construirse estadios nuevos, a diferencia de Qatar 2022. Sin embargo, Michael Edwards, profesor de gestión deportiva en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, advierte que los contribuyentes suelen financiar la construcción de estos recintos con la expectativa de su uso múltiple, cuestionando qué parte de ese costo debe contabilizarse.
Mientras el beneficio para el ciudadano común es difuso, hay ganadores claros. La FIFA podría recaudar US$ 9.000 millones por entradas y US$ 1.100 millones por derechos de transmisión en Estados Unidos. Los dueños de estadios y las empresas de apuestas, estas últimas con un volumen estimado de US$ 2.250 millones, también obtuvieron ganancias significativas.
Más allá del dinero, el evento dejó beneficios intangibles. El fútbol se consolidó como el cuarto deporte profesional más popular en Estados Unidos, según Gallup, superando al hockey y al automovilismo. El torneo fomentó la pasión deportiva, unió a las personas en una era de aislamiento digital y generó orgullo nacional. Para expertos como Edwards, aunque no haya pruebas de que estos eventos se autofinancien, su valor reside en beneficios no económicos que justifican su realización, siempre y cuando se debata honestamente sobre las ventajas financieras reales frente a los mitos económicos.


