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Una llave rota y sin teléfonos: la angustiante experiencia de dos hermanas atrapadas en un B&B inglés

Dos hermanas llegaron a un encantador B&B en Inglaterra pensando que sería una parada más del viaje. No imaginaban lo que ocurriría al cerrar la puerta.

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Una llave rota y sin teléfonos: la angustiante experiencia de dos hermanas atrapadas en un B&B inglés
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Un viaje para descubrir sus raíces se convirtió en una pesadilla para las hermanas Jill y Jan Shropshire en 1997. Tras romper la llave de su habitación en un B&B de Shrewsbury, Inglaterra, quedaron atrapadas sin teléfonos móviles y en un establecimiento vacío, enfrentando una situación desesperante. La tensión aumentó debido a que Jan padece diabetes tipo 1 y perdió el acceso a su insulina refrigerada. Tras horas de gritos sin respuesta en una calle desierta, fueron rescatadas fortuitamente gracias a la intervención de unos huéspedes rusos que alertaron a la dueña del lugar. Casi tres décadas después, las hermanas recuerdan la anécdota con humor y resiliencia. Lo que comenzó como un encierro angustiante se transformó en una lección de vida que les enseñó a enfrentar los problemas con paciencia y una actitud positiva.

Lo que comenzó como un viaje soñado para descubrir sus raíces familiares terminó en una situación desesperante para Jill y Jan Shropshire. En 1997, las dos hermanas estadounidenses, de poco más de 20 años en aquel entonces, emprendieron una travesía de mochileras por el Reino Unido con un objetivo muy personal: visitar el condado de Shropshire, en la región de West Midlands, debido a que comparten el mismo apellido que la zona.

El incidente ocurrió durante su estancia en la ciudad de Shrewsbury, una localidad histórica conocida por sus edificios medievales y su arquitectura Tudor. Las hermanas se hospedaban en un B&B ubicado en una antigua casa remodelada, con una atmósfera que Jill describe como "de casa de la abuela". Su habitación se encontraba en el tercer piso, al final de un pasillo que seguía a una puerta de vidrio insonorizada.

La crisis se desencadenó una noche tras una visita a un pub local, donde ambas habían consumido varias pintas de cerveza y gin tonics. Al regresar al alojamiento, Jill intentó cerrar la puerta de la habitación, pero cometió un error crítico: insertó la llave al revés y, al girarla, la pieza se rompió, dejando una parte del metal incrustada en la cerradura. En ese momento, la situación fue minimizada por Jan, quien, debido al efecto del alcohol, se quedó dormida rápidamente sugiriendo que resolverían el problema a la mañana siguiente.

Sin embargo, la realidad tecnológica de 1997 complicó drásticamente el escenario. En aquel año, no existían los teléfonos celulares para las jóvenes y la habitación del B&B carecía de un teléfono fijo. Jill, aunque también afectada por el cansancio y el alcohol, logró conciliar el sueño, aunque despertó repetidamente durante la noche debido al estrés que le generaba el problema.

Al despertar, pasadas las 11 a.m., las hermanas se encontraron con un silencio absoluto. Todos los demás huéspedes y la dueña del establecimiento habían salido a pasar el día, dejándolas completamente solas en el tercer piso. Sin acceso a un baño en la habitación y con la única provisión de un frasco de mantequilla de maní —que tuvieron que consumir utilizando un pedazo de cartón doblado como cubierto—, la situación empezó a volverse crítica.

El aspecto más preocupante fue la salud de Jan, quien padece diabetes tipo 1. En aquella época, Jan utilizaba jeringas y frascos de insulina que debía mantener refrigerados. Al quedar atrapada en la habitación, perdió el acceso a su medicamento, que se encontraba en el refrigerador del B&B. Durante varias horas, Jan permaneció sin su dosis de insulina, aunque intentó mantener la calma y distraerse leyendo los libros que llevaban para el viaje.

Durante el día, las hermanas intentaron pedir ayuda gritando y golpeando la puerta, así como asomándose por la ventana que daba a la calle principal. A pesar de sus esfuerzos, la tranquila calle inglesa parecía desierta y nadie respondió a sus llamados. La desesperación creció a medida que pasaban las horas y el sol comenzaba a ponerse.

El rescate llegó fortuitamente cuando una pareja de ciudadanos rusos, que se hospedaba en la habitación contigua, regresó al alojamiento. Aunque existía una barrera idiomática entre ellos, Jill comenzó a gritar desesperadamente "¡Ayuda, ayuda!" y a golpear la puerta con fuerza. Los huéspedes rusos, al reconocer el pánico en la voz de Jill, alertaron a la dueña del B&B.

La propietaria, horrorizada por el suceso, se disculpó profundamente a pesar de que la responsabilidad de la llave rota era de Jill. Finalmente, un cerrajero fue llamado al lugar y logró liberar a las hermanas desmontando la perilla de la puerta. Tras recuperar su libertad, Jan y Jill acudieron a comer y regresaron al pub para brindar por el fin de su encierro.

Casi tres décadas después, Jill y Jan recuerdan el episodio con humor y resiliencia. Actualmente trabajan juntas dirigiendo un negocio de joyería y sostienen que aquel contratiempo las ayudó a forjar una actitud positiva ante la vida. Para ellas, la experiencia fue una lección de fortaleza que les enseñó que, mientras no haya un peligro vital inminente, la mayoría de los problemas pueden resolverse con paciencia y curiosidad.

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