China enfrenta un desafío económico complejo. En el segundo trimestre del año, su economía creció un 4,3 %, una cifra que no alcanzó la expectativa del 4,5 %. Este dato representa un reconocimiento inusual de debilidad económica por parte de Beijing, que ha buscado sostener su actividad mediante exportaciones e inversiones en infraestructura.
El país vive actualmente una economía bidireccional. Por un lado, el motor exportador muestra fortaleza gracias a la demanda internacional de semiconductores, componentes informáticos y tecnologías de inteligencia artificial. De hecho, las exportaciones en el segundo trimestre aumentaron un 27 % y los envíos de automóviles superaron el millón de unidades en junio.
Sin embargo, el panorama interno es crítico. La desaceleración del sector inmobiliario, con una caída de inversión del 18 %, y la difícil situación del mercado laboral han provocado que los consumidores reduzcan sus gastos. Las ventas minoristas solo crecieron un 1 % en junio. Según la economista Alicia García-Herrero, depender exclusivamente de las exportaciones es una situación insostenible.
A este escenario se suma la volatilidad causada por el conflicto en Irán. Aunque el encarecimiento del combustible ha impulsado la demanda de tecnologías de energía limpia y baterías chinas, el Fondo Monetario Internacional advierte que la inestabilidad en Medio Oriente podría amenazar las cadenas de suministro y afectar la confianza del consumidor.
Para contrarrestar esta tendencia, Beijing ha presentado un plan político quinquenal con el objetivo de elevar las ventas minoristas anuales a 9 billones de dólares para el año 2030. Mientras tanto, el reciente acercamiento con Estados Unidos tras la visita de Donald Trump en mayo podría facilitar un mayor flujo de comercio e inversión.
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