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Crónica de una vida medida en Mundiales: entre el fútbol, la familia y la decepción

Hay gente que mide el tiempo con carnavales. Otros, sin ser deportistas, bajo los mundiales organizados por la FIFA. Mi primer Mundial de futbol fue el de México 70. Año en que nací y del cual durante mucho tiempo tuve un recuerdo que no me abandonó. Era una postal que me mandó mi tío Carlos, siendo yo un bebé y él estudiante en la Ciudad de México, donde venía la mascota de esa edición, un charrito vestido de futbolista que se llamaba Juanito 70. Cuando mi madre me mostró esa postal -ya dueño yo con mediano uso de razón-, me pregunté quién haría eso tan extraño de mandarle una carta a un bebé. Ahora entiendo el hecho simbólico de compartir ese detalle con el hermano mayor que acaba de ser padre. Y la vida se muerde la cola: cuando operaron a mi bebé de una reconstrucción craneal, a los seis meses en Guadalajara, durante para entonces un remoto 2011, mi tío Carlos estuvo ahí apoyándonos junto a nosotros y su familia. Mi segundo Mundial fue el de Alemania 74. De ahí sí tengo un único recuerdo de su premiación y clausura. Yo tenía cuatro años y acompañé a mi papá a la casa de un señor que acababa él de remodelársela en su calidad de contratista. Creo que fuimos a cobrar y vagamente recuerdo la diferencia a como estaba la casa con anterioridad. Mi primera infancia fue entre construcciones, camiones de volteo, albañiles y niños trabajando, así como de casas en ruinas, o en obra negra, cobrando otra vida. Ahí estaba toda esa familia en su casa nueva, ahí por Belisario Domínguez, la calle más antigua de Mazatlán, viendo una tele a color. Nos invitaron a sentarnos en la sala y recuerdo que ellos comentaban que había jugado mejor el equipo de Holanda. Creo que esa fue la primera vez que vi una tele a color y por eso el recuerdo se quedó muy marcado y aún veo la camisa del intenso color de los “Países Bajos”, que ahora así se llaman, mientras los alemanes alzaban por turnos la copa. Entendí que ver el Mundial era también algo familiar. Mi tercer Mundial fue el más mediático y el más traumático. Semanas antes de que iniciara, ya Cepillín, el payasito de la tele, estaba dando guerra con ese torneo e incluso llevó como invitados al inmensamente greñudo Leonardo Cuéllar junto con Hugo Sánchez a su estudio. Fue traumático ver perder y perder a la selección mexicana. ¿Por qué un país donde se hablaba tanto de futbol y en el que a cada rato nos quitaban las caricaturas para poner ese deporte aburrido, era tan malo a la hora de medirse con sus congéneres? Uno veía a Chabelo o al Loco Valdés echarle porras al América y a la Selexxiom y ese era el monotema más recurrente. Me di cuenta que algo fraudulento se ocultaba detrás de todo eso. Aclaro que el futbol por televisión de aquel tiempo era más aburrido porque no había tantas cámaras ni ediciones en vivo. Todo era ante una cámara estática y con los diminutos jugadores a lo lejos como pequeños liliputienses. Para el Mundial de España 82 se confirmó la mediocridad de mi país, porque México ni siquiera calificó. Recuerdo la inauguración en la tele, a un niño que de repente llegó al centro del campo con un balón, del cual sorpresivamente abrió la tapa y salió volando la paloma de la paz. Un cantante entonando una canción que nos había enseñado la maestra en quinto año, El himno a la alegría, que nos hicieron cantar un lunes de honores a la bandera. Debe haber sido por supuesto la versión de Miguel Ríos. El Mundial como misa ecuménica de buenos deseos. Al año siguiente cantamos “Amigo” por la visita del Papa. Para el Mundial de México 86, siendo un joven de preparatoria contestatario y militante, ya estaba lo suficientemente decepcionado del país, del futbol y de Televisa, tres cosas que parecían lo mismo y más de lo mismo. No entendía la furia patriotera, ni tampoco a los jóvenes que salieron al malecón a festejar con banderas prestadas de las escuelas. ¿No se daban cuenta que nuestro país era una anomalía en ese festival de triunfadores? Italia 90 fue el colmo de la decepción porque tampoco fue México por su famoso escándalo de cachirules. Este país no tenía remedio ni tampoco el futbol. Pero ese fue el Mundial que viví más intensamente porque, por coincidencia, me lo pasé en Culiacán cobijado por una tribu airada de escritores. Fui allá a la boda de uno de ellos y me quedé 15 días atrapado en la casa de mi viejo amigo el poeta Jesús Ramón Ibarra. Por los horarios, a las ocho de la mañana podíamos ver un partido y a mediodía otro. Por la tarde podías ver los protagonistas y si te quedan ganas, veías a Juan José Arreola con sus disparates verbales. Antes de ese Mundial yo solamente veía los partidos de México y uno que otro de los finales. Me di cuenta que mis amigos vivían entregados todos los días y no hablaban de otra cosa, más que de futbol y de futbol. Confieso que se me quitó un poco mi amargura y mi alejamiento del futbol, yo, un Grinch del deporte. Fueron intensas convivencias y parrandas típicas de la edad. De hecho hubo un partido que lo vimos en una casa donde nos amanecimos. Y otro, en una casa que cuidaba uno de ellos. El Mundial de Estados Unidos 94 lo vi con mayor amargura, porque me había quedado sin trabajo en la universidad. Ese verano, me lo pasé en la playa porque con mis ahorros me compré un velero catamarán y ocho tablas de surfear. En un hotel abandonado hicimos una especie de mini club de playa un primo, y yo, y el emprendimiento nos sirvió de buen trabajo durante unos veranos. Diario iba en bicicleta a esa playa de la Zona Dorada y solamente vi el partido final de México, cuando perdimos ante Bulgaria, porque en una casa vecina un vecino sacó su televisión al balcón. De hecho, ese año vi poca televisión. Aunque fue tiempo de escasez y a los meses me reinstalaron en la universidad, no la pasé mal en esa incertidumbre. Y no veía aciago pasar el resto de mi vida creciendo como empresario playero. Francia 98 fue bastante vivencial, porque el año anterior había estado en ese país y con la experiencia de conocer la verdadera Francia, con su fuerte integración racial en ese tiempo. Ese fue el gran momento de Europa. Allá fue un gran lugar para vivir entre el muro de Berlín y el 11 de septiembre. Había un optimismo por el fin de la guerra fría, su economía fluía bullente y la raza iba y venía por todo el viejo continente, viajando a todo dar. No estuve en Francia 98, pero fue una sensación muy especial ver partidos de ciudades que ya conocía y reconocer las melodías africanas como parte interiorizada de ese país. El extraño Mundial de Corea-Japón lo vi en las madrugadas como todo mundo, pero trabajando el reto de escritura de un informe político. Casi todos los partidos los vi en un hotel, donde junto con otro intelectual a sueldo le dábamos forma a un voluminoso mamotreto, político y laboral. Ahí nos llevaban comida y nos visitaban funcionarios que entregaban sus informes para integrarlos al documento y homogenizarnos. Tengo amistades que se la pasan toda la vida recorriendo gobiernos y haciéndoles esa chamba, pero por fortuna no me quedé haciendo ese tipo de incómodas asesorías. Técnicamente le correspondía un favor a un funcionario que me apoyó. Para desmarcarme con elegancia, al final no acepté un pago extra ofrecido. Y ya le paro, porque los mundiales siguientes los tengo ya muy desleídos.

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Crónica de una vida medida en Mundiales: entre el fútbol, la familia y la decepción
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Para algunos, el tiempo no se mide en años, sino en mundiales. Este relato recorre la vida de un hombre que utilizó las citas de la FIFA como hitos para marcar su existencia, desde su nacimiento en México 70 hasta su madurez profesional en Corea-Japón 2002. Lo que comienza con una postal familiar y la fascinación por la televisión a color, se convierte en un mapa emocional de su crecimiento. A través de los torneos, el autor transita por la frustración ante la mediocridad deportiva de México, la rebeldía juvenil contra el sistema y crisis laborales que lo llevaron a emprender en la costa. Desde el refugio literario en Italia 90 hasta la reflexión cultural en Francia 98, el fútbol deja de ser un simple juego para convertirse en el testigo silencioso de sus transformaciones personales y éticas.

Para algunas personas, el paso del tiempo no se mide en años, sino en carnavales o, en el caso de muchos no deportistas, a través de los mundiales organizados por la FIFA. Esta es la historia de un hombre que ha utilizado estas citas deportivas globales como hitos para marcar las etapas de su propia existencia, desde su nacimiento hasta su madurez profesional.

El punto de partida se sitúa en el Mundial de México 70, año en el que nació el autor. De aquella edición conserva un recuerdo tangible: una postal enviada por su tío Carlos, quien entonces era estudiante en la Ciudad de México. En la imagen aparecía Juanito 70, un charrito vestido de futbolista que fungía como mascota del torneo. Años más tarde, al recuperar la razón, el autor se cuestionó la lógica de enviar una carta a un bebé, comprendiendo posteriormente el valor simbólico de aquel gesto entre hermanos. La conexión familiar con el tío Carlos se mantuvo a través de las décadas, manifestándose nuevamente en 2011, cuando el tío brindó apoyo durante la cirugía de reconstrucción craneal del hijo del autor en Guadalajara.

El segundo recuerdo significativo corresponde a Alemania 74. Con cuatro años, el autor acompañó a su padre, quien trabajaba como contratista, a cobrar una obra remodelada en una casa ubicada en la calle Belisario Domínguez, la más antigua de Mazatlán. Su primera infancia estuvo marcada por el entorno de las construcciones, los camiones de volteo y los albañiles. En aquella visita, vivió una experiencia tecnológica relevante para la época: ver la final en una televisión a color. El recuerdo quedó grabado gracias al intenso color de la camiseta de los Países Bajos, mientras los alemanes se coronaban campeones, consolidando la idea de que el Mundial era también un evento familiar.

Sin embargo, el tercer Mundial representó una etapa más mediática y traumática. El ambiente estaba cargado por la presencia de figuras televisivas como Cepillín, quien invitaba a su estudio a Leonardo Cuéllar y Hugo Sánchez. El autor describe la frustración de ver las constantes derrotas de la selección mexicana y cuestiona por qué un país con tanta pasión y cobertura mediática resultaba tan ineficiente en el campo. En aquel tiempo, el fútbol televisado era más lento, con cámaras estáticas que hacían ver a los jugadores como pequeños liliputienses a la distancia.

La mediocridad deportiva se confirmó en España 82, torneo al que México ni siquiera logró calificar. A pesar de ello, el autor recuerda la inauguración televisada, destacando a un niño con un balón que liberó una paloma de la paz y la interpretación de "El himno a la alegría" por Miguel Ríos, una canción que había aprendido en quinto año de primaria.

Para el Mundial de México 86, el autor ya era un joven de preparatoria, militante y contestatario. En esta etapa, sentía una profunda decepción hacia el país, el fútbol y Televisa, percibiendo que los tres formaban parte de lo mismo. No comprendía la euforia patriótica ni las celebraciones en el malecón, considerando que México era una anomalía en un festival de equipos triunfadores. Esta sensación se intensificó en Italia 90, cuando el país quedó fuera debido al escándalo de los "cachirules".

No obstante, Italia 90 fue el Mundial que vivió con mayor intensidad gracias a una coincidencia: se encontraba en Culiacán con un grupo de escritores. Durante quince días, refugiado en la casa del poeta Jesús Ramón Ibarra, el autor cambió su hábito de ver solo los partidos de México para sumergirse en el torneo completo. Entre convivencia, parrandas y la influencia de figuras como Juan José Arreola, logró desprenderse de su amargura hacia el deporte.

En Estados Unidos 94, la experiencia fue distinta debido a una crisis laboral tras quedar sin empleo en la universidad. Utilizó sus ahorros para comprar un velero catamarán y ocho tablas de surf, emprendiendo junto a un primo un club de playa en un hotel abandonado de la Zona Dorada. Debido a este estilo de vida, vio poca televisión y solo presenció la derrota de México ante Bulgaria observando la pantalla de un vecino desde el balcón.

Francia 98 fue vivido desde una perspectiva cultural. Habiendo visitado el país el año anterior, el autor reconoció la integración racial y el optimismo europeo posterior a la Guerra Fría. Aunque no estuvo físicamente en el torneo, disfrutó de ver partidos en ciudades que ya conocía, identificando las melodías africanas integradas en la cultura francesa.

Finalmente, el Mundial de Corea-Japón fue una experiencia de trabajo. El autor pasó las madrugadas en un hotel redactando un voluminario informe político junto a otro intelectual. Mientras recibían comida y visitas de funcionarios, veían los partidos. Para mantener su independencia profesional, el autor declinó un pago extra ofrecido por un funcionario al finalizar la asesoría. A partir de ahí, los mundiales siguientes perdieron nitidez en su memoria.

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