Argentina vive una paradoja: construyó una economía del conocimiento de escala mundial, pero sigue discutiendo como si no existiera. Mientras el debate público se divide entre el campo y la industria, surgió un tercer motor exportador que ya genera más divisas que varias cadenas fabriles históricas juntas.
El sector exportó cerca de 9.700 millones de dólares el último año y emplea a más de 283.000 personas con salarios por encima del promedio. A pesar de este éxito, el país ocupa el puesto 43 a nivel global con solo el 0,23% del mercado. Lejos de ser un techo, es una pista de despegue. El desafío no es elegir entre el agro y la tecnología, sino agregar valor e inteligencia a toda la producción.
Sin embargo, el camino tiene obstáculos. El talento se “exporta solo” a través de fibra óptica o migración, sin anclar empresas locales. Además, el régimen de promoción actual tiene cupos fiscales que se agotan y concentran el beneficio en Buenos Aires y Córdoba, profundizando la asimetría territorial.
Hay señales de avance. Desde septiembre de 2025, los exportadores de servicios que son personas físicas ya no tienen el tope de 36.000 dólares anuales y pueden conservar sus divisas. Pero la tarea está a medio hacer: las empresas PyME siguen sujetas a restricciones cambiarias y falta conectividad federal.
El ejemplo de Porto Digital en Brasil demuestra que la tecnología puede integrarse con las vocaciones regionales. Para Argentina, el camino es transformar la producción mediante el conocimiento, tal como el desarrollismo lo hizo alguna vez con el acero y el petróleo. El talento ya existe; ahora falta la estrategia política para arraigarlo y potenciarlo.
Siguenos en Noticias lat para más noticias.


