Caracas intenta recuperar su ritmo cotidiano, pero las cicatrices de los terremotos del 24 de junio siguen presentes. En la capital, comercios, gimnasios y peluquerías retoman actividades con horarios reducidos, mientras que el tráfico fluye más de lo habitual debido a que las clases continúan suspendidas.
Sin embargo, el miedo persiste. El regreso a las oficinas y hogares es un proceso lento; las autoridades utilizan un sistema de semáforo para evaluar la seguridad de las estructuras. Muchos residentes evitan usar los ascensores y prefieren las escaleras por temor a una nueva sacudida.
Pero a 30 kilómetros, en La Guaira, la realidad es devastadora. El estado costero fue declarado zona de desastre y concentró 158 de los 189 edificios colapsados registrados en todo el país. En Caraballeda, familias enteras viven la incertidumbre en refugios. Es el caso de Mercedes Osuna, quien perdió a su hermana Olga, quien estaba embarazada de gemelas, y ahora tiene a su cargo a cuatro niños.
El trauma es profundo. Damián, de 13 años, relata cómo los edificios se venían encima mientras corría hacia la carretera. Su hermana María, de 10 años, sobrevivió milagrosamente cuando una puerta amortiguó el peso de los bloques que cayeron sobre ella; hoy, cualquier ruido fuerte la sobresalta.
Ante esta crisis, la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, aseguró que el Gobierno entregará soluciones habitacionales antes de que termine el año. No obstante, analistas consultados por CNN consideran que esta promesa será difícil de cumplir debido a la compleja situación económica del país y las limitaciones para desarrollar proyectos de vivienda a corto plazo. Para miles de afectados, la urgencia sigue siendo la misma: encontrar un lugar seguro donde vivir.
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