En el mundo del cine existe una paradoja recurrente que cualquier cinéfilo puede reconocer: mientras que las obras maestras, aquellas películas premiadas y desafiantes que dejan una marca imborrable, suelen verse apenas un par de veces en la vida, existen producciones despreciadas por la crítica que logran retener nuestra atención hasta los créditos finales cada vez que aparecen en la pantalla. Se trata de los títulos "tan malos que son buenos", caracterizados por efectos especiales deficientes, diálogos acartonados y actuaciones exageradas que, paradójicamente, terminan jugando a su favor debido a su propia audacia.
Recientemente, la ciencia ha comenzado a analizar este fenómeno con rigor. Un estudio publicado en el Journal of Consumer Psychology por investigadores de la Universidad de Colorado, basado en doce experimentos, reveló un dato contraintuitivo: muchos consumidores prefieren elegir la peor opción disponible antes que una opción mediocre. Según el profesor Amit Bhattacharjee, lo peor posee virtudes que la mediocridad no puede ofrecer, tales como el absurdo, lo ridículo y lo gracioso.
Bhattacharjee sostiene que el consumo de una película mala se percibe como una actividad "casi gratis", ya que el espectador no invierte dinero, sino tiempo, y tiende a ser mucho más indulgente con este último. A esto se suma una fascinación cultural por el fracaso y un componente de estatus social. Declarar que una obra es "tan mala que es buena" requiere de cierta experticia, lo que permite al espectador sentirse un crítico profesional sin la necesidad de haber consumido la filmografía completa de autores como Ingmar Bergman.
La dimensión social juega un papel fundamental en este atractivo. El psicólogo Eric Wesselmann, de la Universidad Estatal de Illinois, argumenta que el verdadero placer reside en compartir la experiencia. La hilaridad colectiva y el intercambio de comentarios mordaces frente a la pantalla generan lazos sociales, ya que la risa tiene un efecto comprobado de unión entre las personas. Un ejemplo emblemático es "The Room" (2003), considerada el "Ciudadano Kane de las películas malas", cuyas funciones de medianoche atraen a un público que recita los diálogos con mayor entusiasmo que el propio elenco original. En una línea similar, "Sharknado" convirtió la conciencia de su propia estupidez en un modelo de negocio exitoso.
Otros expertos han sumado perspectivas adicionales. El británico Adam Galpin señala el factor de la incredulidad, resaltando lo cómico que resulta el hecho de que alguien haya filmado una obra así, la haya revisado y haya decidido que estaba lista para ser estrenada. Por su parte, James Cutting, de la Universidad de Cornell, menciona el placer derivado de la predictibilidad; al ser películas tan formulaicas, anticipar cada giro de la trama se convierte en un juego que produce un "subidón de azúcar".
Desde el ámbito filosófico, Matthew Strohl dedicó el libro "Why It’s OK to Love Bad Movies" a analizar este gusto. Strohl diferencia el acto de burlarse de una película mala del acto de amarla, comparando esta distinción con la diferencia entre el bullying y el matrimonio. Para el filósofo, estas obras rompen las reglas cinematográficas sin la solemnidad de la vanguardia, y esa transgresión involuntaria crea espacios de goce genuino y comunidades de fans.
En Argentina, este fenómeno ha estado presente desde la época de los videoclubes. Un ejemplo fundacional es "Los extraterrestres" (1983), la versión criolla de E.T. dirigida por Enrique Carreras y protagonizada por Olmedo y Porcel. La película es recordada especialmente por Monguito, un muñeco creado por John Carl Buechler que apenas movía los ojos, pero que logró convertirse en un ícono del culto local, incluyendo un número musical de Pimpinela.
Otra saga relevante es "Los Extermineitors" (1989), la parodia de acción de Carlos Galettini con Emilio Disi y Guillermo Francella. A pesar de sus efectos de cartón pintado y villanos como El Dragón, fue un furor de taquilla que generó tres secuelas. Esta lista de placeres culpables se extiende a títulos como "Rambito y Rambón", "Los bañeros más locos del mundo" o "Las locuras del extraterrestre", que presentó a Glut, el Alf cuartetero.
Sin embargo, la película considerada la peor de la historia argentina es "Un buen día", dirigida por Nicolás del Boca. Esta obra, que narra el romance entre un hombre de Villa Pueyrredón y una mujer de Longchamps, fue recibida con brutalidad en su momento, pero con el tiempo se transformó en un clásico de culto consumido entre la ironía y el disfrute. El encanto de esta producción fue tal que el director Néstor Frenkel le dedicó recientemente un documental, reafirmando que lo peor, efectivamente, tiene virtudes que lo mediocre jamás podrá alcanzar.

