¿Se puede llenar un canasto con agua? Nuestros abuelos usaban esta frase para describir un esfuerzo desperdiciado. Así luce un Estado que apuesta cada vez más a la represión, mientras descuida la prevención.
No se trata de que la represión sea innecesaria. Sin policías, fiscales y cárceles, la convivencia sería imposible. El problema surge cuando la política de seguridad comienza y termina ahí. Ningún país ha construido suficientes cárceles para compensar el abandono de la prevención; Estados Unidos y Brasil, con las tasas de encarcelamiento más altas de la región, son prueba de que el encierro no es la solución definitiva a la criminalidad.
La diferencia es clara: la cárcel contiene a quien ya cometió un delito, pero la prevención evita que el delito ocurra. Invertir en educación, fortalecimiento comunitario y acompañamiento de jóvenes en riesgo es mucho más eficaz y menos costoso que intentar contener las consecuencias del crimen durante décadas.
Sin embargo, Costa Rica parece recorrer el camino inverso. Mientras el debate público se centra en la "mano dura", la inversión en protección social alcanzó su nivel más bajo desde 2015, y el gasto en educación permanece lejos del 8% del PIB establecido por la Constitución.
Prevención y represión no son políticas que compiten, sino momentos distintos de una misma estrategia. Una protege de quien ya decidió delinquir; la otra evita que esa decisión se tome.
Al final, los presupuestos cuentan una historia. Cuando se reduce la inversión en salud mental, cultura y oportunidades para la juventud, el mensaje es desolador: estamos aprendiendo a administrar el delito, pero hemos dejado de prevenirlo. Las cárceles serán siempre necesarias, pero nunca serán suficientes. Como el agua en el canasto.
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