La narradora y cronista venezolana Aglaya Kinzbruner ha planteado una profunda reflexión sobre la naturaleza de las acciones humanas, sugiriendo que gran parte del comportamiento individual y colectivo nace de constructos fantasiosos que guardan mayor relación con los sueños que con la realidad tangible. Según el análisis de la autora, la capacidad de estas fantasías para transformarse en hechos con consecuencias reales depende estrictamente del poder y el aparato propagandístico que posea el individuo.
Kinzbruner sostiene que, mientras una persona carezca de influencia o poder —a quien define como un "don nadie"—, sus delirios personales no tendrán repercusión alguna en el entorno. Sin embargo, el escenario cambia drásticamente cuando el soñador posee las herramientas para imponer su visión. Para ilustrar este punto, la autora recurre al caso de Adolf Hitler. Detalla que el azar y el destino jugaron un papel determinante en su ascenso, mencionando que nació como Alois Schicklgruber, fruto de una unión no matrimonial entre su padre y María Schiklgruber, una mujer de servicio. La transformación de su identidad, mediada por la adopción de un señor Hiedler y la intervención de un notario analfabeta, culminó en el nombre de Hitler.
La autora argumenta que, sin el factor del azar, Hitler no se habría convertido en la figura más temida de Europa entre 1933 y 1945. No obstante, señala que incluso el poder más absoluto no puede sostener fantasías que chocan frontalmente con la evidencia pública. Un ejemplo claro fue la teoría de la raza superior aria, un concepto que, según Kinzbruner, carece de existencia real y cuyo concepto de raza ha sido abandonado. Para intentar probar esta tesis ante el mundo, se organizaron los Juegos Olímpicos de 1936, con la expectativa de que los atletas arios dominaran las competiciones.
La realidad desmanteló esta fantasía a través de Jesse Owens, un atleta negro norteamericano que ganó las pruebas de 100, 200 y otros metros de pista, obteniendo cuatro medallas de oro. Este resultado puso en entredicho la premisa de la supremacía aria. De igual forma, la autora menciona el caso del Discóbolo, escultura de mármol blanco de Carrara que Hitler deseaba poseer por considerarla un ideal ario, pero que actualmente se encuentra en el Palazzo Massimo del Museo de Arte en Roma, tras haber sido recuperada por el príncipe romano Lancellotti, quien denunció una venta forzada.
El análisis de Kinzbruner se extiende hacia otras dimensiones de la fantasía humana a través de anécdotas históricas y sociales. Relata la historia de un soldado del ejército de Tariq Ibn Ziyad en el año 711 d.C., quien luchó contra el Rey Rodrigo en la península ibérica impulsado por la promesa de que, al morir en combate, accedería al paraíso con 72 bellísimas huríes. La ironía reside en que, al llegar al Cielo, el soldado regresó indignado al descubrir que la promesa era falsa y que solo se trataba de una mujer de 72 años.
En el ámbito contemporáneo, la autora vincula la destrucción de las fantasías con las presiones estéticas impuestas a las mujeres. Cita el caso de una dueña de una casa de moda en Nueva York que, hacia el año 2020, afirmó que las mujeres mayores de 40 años carecen de clase si llevan el cabello largo, usan minifaldas o vaqueros, o intentan lucir más jóvenes. Según Kinzbruner, este tipo de declaraciones atacan las fantasías de mujeres que, enfrentando dificultades afectivas y laborales al ser reemplazadas por personas más jóvenes, se aferran a la esperanza de recuperar su juventud mediante cirugías estéticas, como mastopexias o liposucciones.
Finalmente, la cronista traslada esta reflexión al contexto político actual, describiendo como una destrucción de fantasías el hecho de que un alto oficial del gobierno venezolano se vea obligado a planificar y ejecutar elecciones con un miembro de la oposición que ha debido exiliarse. Asimismo, menciona la figura de José Saramago, quien fue excomulgado y calificado de blasfemo por su obra "El Evangelio según Jesucristo", sugiriendo que su escritura pudo haber chocado con las fantasías prohibidas de sectores conservadores. Con estas analogías, Kinzbruner concluye que el destino y la realidad actúan constantemente como agentes que desmantelan las ilusiones humanas.

