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El "gol" en el béisbol: La insólita historia de la primera graduación del Colegio Padre Díaz

X: @marcialfonseca Cuando faltaban dos meses para que nos extendieran los correspondientes títulos con el flamante nombre de Bachilleres de la República y el colofón de Primera Graduación del Colegio Padre Díaz, la dirección de la institución se percató de [...] The post Béisbol de pueblo, por Marcial Fonseca appeared first on TalCual .

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El "gol" en el béisbol: La insólita historia de la primera graduación del Colegio Padre Díaz

En el año 1965, los estudiantes del quinto año del Colegio Padre Díaz se encontraban a tan solo dos meses de alcanzar una meta fundamental en su formación académica: recibir sus títulos como Bachilleres de la República, marcando así la primera graduación de dicha institución. Sin embargo, lo que parecía ser un proceso culminante y tranquilo se vio interrumpido por un descuido administrativo que puso en riesgo la obtención de los diplomas.

La dirección del colegio se percató, en el último momento, de que no se había cumplido con la aprobación de una materia obligatoria contemplada en el pénsum de secundaria. Ante la urgencia de la situación y la proximidad de la fecha de graduación, se hizo imperativo tomar medidas inmediatas para solventar la carencia académica, lo que llevó a la máxima autoridad de la institución a involucrarse directamente en la búsqueda de una solución.

La estrategia consistió en implementar la práctica de un deporte que fuera sencillo y que contara con la infraestructura necesaria dentro del pueblo para su ejecución. En aquel entonces, las opciones eran sumamente limitadas. Las únicas instalaciones disponibles eran una cancha de bolas criollas y un palenque, pero ambas fueron descartadas por la dirección debido al consumo de alcohol que se registraba en dichos espacios, lo cual no era compatible con el entorno educativo.

Mientras se definía cuál sería la disciplina deportiva a practicar, el colegio tomó la decisión de que los alumnos realizaran desfiles por las calles del pueblo. El objetivo de estas caminatas era doble: por un lado, iniciar un entrenamiento de actividad física para los estudiantes y, por otro, habituar a la población local al espectáculo que se avecinaba.

Durante uno de estos ensayos, la comunidad respondió con interés, saliendo a las calles y apostándose en sus casas para observar el desfile de los futuros bachilleres. Al llegar a la Plaza Bolívar, específicamente en el lado norte, el entrenador ordenó a los alumnos realizar una marcha en el sitio, una maniobra consistente en marcar el paso sin avanzar.

Este momento se convirtió en una anécdota particular, ya que el hijo del entrenador encabezaba la formación. El niño, imitando los gestos de su padre, realizaba movimientos que provocaron la risa y la hilaridad del público presente. No obstante, los estudiantes que se encontraban detrás, y que no podían ver lo que ocurría al frente de la marcha, se sentían profundamente incómodos, interpretando las risas de la gente como una burla sin sentido hacia su persona.

Finalmente, tras evaluar las opciones, el béisbol resultó ser la disciplina ganadora y se procedió a la formación del primer equipo del colegio. Se diseñó un programa de preparación intensivo que obligó a los alumnos a dedicar todos los sábados y domingos durante dos meses a la práctica constante del deporte.

Con el avance del entrenamiento, se organizaron encuentros amistosos para medir el progreso. Tras uno de estos juegos, el director del colegio consultó al profesor de Educación Física sobre el desempeño de los jóvenes. El docente informó que, en general, el grupo estaba bien; destacó que los internos se encontraban en muy buena forma física, resaltando específicamente a dos bateadores magníficos y a un jugador que destacaba como un muy buen pícher. Aunque el director no poseía conocimientos técnicos sobre el béisbol y no comprendía del todo las explicaciones, se mostraba visiblemente contento y orgulloso del avance de sus alumnos.

El punto culminante llegó con el encuentro más esperado: un juego contra un equipo proveniente de otro colegio católico de Barquisimeto. El estadio se llenó por completo con la asistencia de familiares de los jugadores locales y del resto del alumnado.

El partido se desarrolló con una tensión considerable. Durante las primeras seis entradas, se registraron cinco sencillos, pero ninguna carrera logró anotarse. La incertidumbre se mantuvo hasta el noveno inning. En la parte baja de dicha entrada y con dos outs ya realizados, el público esperaba que el juego pasara a tiempo extra. Fue entonces cuando el bateador en turno logró botar la pelota, desatando una reacción apoteósica en las gradas.

En medio de la algarabía, el director del colegio duaqueño, un sacerdote italiano que llevaba cinco años residiendo en Venezuela y que se encontraba en el dugout, se dejó llevar por la emoción colectiva. Al sentir el entusiasmo del público, el sacerdote salió a corear el apoyo al equipo gritando repetidamente: «Gooool, goooool…, goooooool», confundiendo la celebración del béisbol con la del fútbol.

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