En la actualidad, una gran cantidad de padres y madres se enfrentan a la presión social y personal de alcanzar una meta sumamente ambiciosa: convertirse en los "mejores" padres posibles, o incluso, aspirar a una paternidad perfecta. Este deseo, aunque nace de intenciones genuinas y del amor hacia los hijos, a menudo se convierte en una carga emocional pesada. Ante este escenario, la psicóloga Lizeth Limas ha puesto sobre la mesa una reflexión necesaria sobre la viabilidad de este objetivo y cuáles son los caminos reales para fomentar un desarrollo saludable en la infancia.
De acuerdo con la especialista, la idea de alcanzar una paternidad totalmente libre de errores no es viable. La búsqueda de la perfección en la crianza es, en esencia, una meta inalcanzable, ya que el proceso de educar a un niño es complejo y dinámico. Limas explica que, aunque las intenciones de los progenitores sean buenas, el intento de no cometer fallos puede generar tensiones innecesarias. Por ello, la recomendación principal de la experta es dejar de lado la obsesión por la excelencia y, en su lugar, centrar toda la atención y los esfuerzos en las necesidades reales y concretas de los menores.
Para transitar este camino hacia una crianza más saludable, la psicóloga propone implementar conductas específicas que favorezcan el desarrollo emocional de los niños, permitiéndoles crecer en entornos que se sientan seguros y afectuosos. Una de las prácticas más destacadas es la capacidad de escuchar con atención antes de proceder a corregir. Este cambio en la dinámica de comunicación permite que el niño se sienta validado y comprendido, transformando el momento de la corrección en una oportunidad de aprendizaje mutuo en lugar de un simple acto de autoridad.
Asimismo, la especialista subraya la importancia de generar un ambiente de confianza. Para lograrlo, es fundamental que los padres eviten recurrir a juicios o humillaciones, ya que estas conductas pueden socavar la autoestima del menor y deteriorar el vínculo afectivo. En lugar de juzgar, se propone un acompañamiento basado en la comprensión, donde el niño se sienta seguro de expresar sus emociones sin temor a ser ridiculizado o señalado.
Otro punto crítico en la formación de los hijos es el establecimiento de límites. Lizeth Limas es enfática al señalar que los límites son necesarios, pero deben aplicarse bajo una combinación de afecto y firmeza. Esta dualidad permite que el niño comprenda que existen reglas que debe respetar, pero que dichas reglas no anulan el amor ni el cariño que sus padres sienten por él. De esta manera, la disciplina no se percibe como un castigo, sino como una guía para su crecimiento.
En relación con la dinámica familiar, la psicóloga destaca dos elementos esenciales: la capacidad de pedir disculpas y la calidad del tiempo compartido. Reconocer los propios errores frente a los hijos, disculpándose cuando sea necesario, es una herramienta poderosa que enseña humildad y responsabilidad. A esto se suma la importancia de compartir momentos significativos en familia, lo cual fortalece el sentido de pertenencia y seguridad emocional del menor.
Un aspecto fundamental que Limas desea aclarar es la concepción errónea de que ser un buen padre consiste únicamente en brindar amor. Si bien el afecto es la base, la especialista recalca que no es suficiente por sí solo. Los padres deben tener la capacidad de establecer reglas claras, ya que esto es lo que permitirá que, en el futuro, los niños se conviertan en personas responsables y respetuosas con su entorno y con los demás. El equilibrio entre el cariño constante y la estructura normativa es, por lo tanto, la clave de una crianza efectiva.
Finalmente, es crucial recordar que nadie posee todas las respuestas sobre la crianza. El proceso de educar es un aprendizaje continuo donde la presencia, la empatía y el cariño constante son los pilares que permiten acompañar el crecimiento de los hijos de forma saludable. La psicología nos recuerda que equivocarse, aprender de esos errores y volver a intentarlo no solo es aceptable, sino que forma parte intrínseca de la experiencia de ser padre o madre.


