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El adiós a Taty: la voz que mantuvo vivo el grito de los 30 mil

Para Taty el sentido de la vida cambió el 17 de junio de 1975. Todas las Madres tienen un día en el que murieron y volvieron a nacer.

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El adiós a Taty: la voz que mantuvo vivo el grito de los 30 mil
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Argentina despide a Taty, figura emblemática de las Madres de Plaza de Mayo que transformó el dolor por la desaparición de su hijo Alejandro en 1975 en una lucha incansable por la verdad y la justicia. Durante décadas, Taty fue la voz simbólica que convocaba la memoria colectiva con el grito de los 30 mil desaparecidos, reafirmando los derechos humanos como el pilar fundamental de la dignidad. Su partida deja un legado ético y una advertencia urgente sobre los peligros del olvido y el posible regreso de la brutalidad. Taty entendía la memoria no como algo estático, sino como un escudo protector contra el autoritarismo, instando a las nuevas generaciones a retomar la bandera de la lucha para evitar que la sociedad retroceda hacia la ley de la crueldad.

La sociedad argentina despide a Taty, una de las figuras fundamentales en la preservación de la memoria colectiva y miembro activa de las Madres de Plaza de Mayo. Su vida, y el sentido de la misma, sufrió una transformación irreversible el 17 de junio de 1975, fecha en la que fue secuestrada su hijo, Alejandro. Para Taty, como ocurre con todas las Madres, ese día representó una muerte personal y, simultáneamente, el inicio de un renacimiento orientado a la lucha por la verdad y la justicia.

Alejandro, el hijo de Taty, se desempeñaba en aquel entonces en el Instituto Geográfico Militar, habiendo trabajado previamente en la agencia Télam. Su desaparición, ejecutada por un grupo de tareas, marcó el camino de dolor que Taty transitaría durante décadas. El texto reflexiona sobre la particular crueldad de la desaparición forzada, señalando que, a diferencia de la muerte común, el hecho de desaparecer generó una herida más profunda, pero también impulsó el surgimiento de las Madres como una entidad colectiva en la cual los argentinos pudieron encontrar un sentido de renacimiento vinculado a la democracia.

El camino militante de Taty comenzó formalmente en 1979, año en que se incorporó a las Madres de Plaza de Mayo. Posteriormente, en 1986, inició su militancia en Línea Fundadora. Con el paso del tiempo, Taty se convirtió en una de las últimas sobrevivientes que representaban la forma primigenia de la memoria, sosteniendo la llama de un recuerdo que se niega a extinguirse. Su rol en los actos públicos era determinante y simbólico: ella era la encargada de dar el grito final, convocando a la multitud con la frase “¡30 mil compañeros detenidos desaparecidos!”, para recibir la respuesta colectiva de “¡Presentes, ahora y siempre!”, acompañada por el gesto de los dedos en V o el puño en alto.

Este acto, aparentemente simple, encerraba una carga profunda sobre la condición humana. Para Taty y sus compañeras, el recuerdo de los 30 mil no era solo una cifra, sino una forma de reafirmar que somos seres humanos. En el contexto de la época, los derechos humanos se convirtieron en la definición misma de la humanidad; ser humano significa poseer esos derechos. Por ello, la insistencia de Taty, impulsada por un sentimiento descrito como "rabiamor", buscaba evitar que la sociedad olvidara su propia esencia y dignidad.

En los últimos años, ante la partida de muchas de sus compañeras, Taty asumió la responsabilidad de "plantar bandera". Su labor consistió en dejar una advertencia clara: no se puede retroceder del punto ético y humano marcado por las Madres. Taty entendía que, sin importar las circunstancias, ya fueran represiones o engaños, ese límite es la última trinchera. Cruzar esa línea, según su visión, implicaría una degradación irreversible de lo humano.

La perspectiva de Taty no era la de una fotografía estática, sino la de un proceso dinámico. Ella advertía que la fuerza brutal y despiadada que operó durante la dictadura no había desaparecido definitivamente, sino que permanecía al acecho, anidando en los discursos de poderosos y déspotas. El mantra sagrado de los 30 mil funcionaba, en la práctica, como un cerco protector contra un posible regreso de aquellos que ejercieron el poder a través de la tortura, la violación y el asesinato.

Aunque Taty ya no esté físicamente, la construcción de sentido humano y civilizatorio que las Madres cimentaron la contiene y la mantiene presente. La memoria, como estructura, impide que se vayan definitivamente. A pesar de que las vueltas a la pirámide de Mayo ya no cuentan con la misma concurrencia de antaño y los pañuelos blancos son menos visibles que en décadas pasadas, la memoria persiste como un símbolo y una abstracción que ahora necesita reencarnar en nuevos cuerpos y generaciones.

La partida de Taty deja un mensaje imperativo: renegar de la lucha de las Madres es retroceder hacia la ley de la crueldad y la ley de la selva, donde el hombre se convierte en el lobo del hombre. La mejor despedida para Taty es, por lo tanto, retomar el grito que ella hizo escuchar durante tantos años: ¡30 mil compañeros desaparecidos! ¡Presentes, ahora y siempre!

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