En una reciente publicación del Suplemento Tres Mil, ha salido a la luz un texto inédito del reconocido autor Salarrúé. La obra, que carece de fecha original, ha sido presentada por Rafael Lara-Martínez, Profesor Emérito de New Mexico Tech, quien ha rescatado estos fragmentos que exploran los límites de la conciencia humana y el fenómeno de la parálisis del sueño.
El relato se centra en un protagonista que atraviesa una serie de episodios alarmantes. El narrador describe cómo, frecuentemente, despertaba en altas horas de la noche con la sensación de estar petrificado, siendo incapaz de mover un solo músculo de su cuerpo a pesar de sus esfuerzos. En este estado, solo lograba entreabrir los párpados para lanzar miradas furtivas y emitir quejidos similares a los de un moribundo. Esta condición le generaba un terror pánico, alimentado principalmente por la idea de que pudieran tomarlo por difunto y enterrarlo vivo, describiendo una desconexión total entre su voluntad y sus órganos fisiológicos.
Ante la frecuencia de estos eventos, el protagonista decide acudir a la ciudad para consultar a un médico. Tras un examen minucioso, descrito como molesto y costoso, el galeno diagnostica una "debilidad nerviosa". El tratamiento prescrito resulta ser un régimen restrictivo y paradójico: el médico le ordena volver a comer carne, prohibiéndole leer, escribir, fumar y experimentar cualquier tipo de emoción. Asimismo, se le indica que debe acostarse temprano, levantarse muy pronto y hacer mucho ejercicio.
Uno de los puntos más singulares de la prescripción es la prohibición de soñar. El médico, con una actitud de sabio, le instruye que, al momento de dormirse, debe pensar fijamente en que no quiere soñar para que el cerebro pueda descansar y reponerse de las fatigas de la vigilia. Durante la consulta, el facultativo ofrece una conferencia sobre la producción de los sueños, mencionando desde apariciones del Ángel de la Guarda con manzanas granadas de oro hasta pesadillas de asfixia y pies de plomo. El médico describe el funcionamiento del cerebro comparándolo con la mecánica de motores vulgares y concluye afirmando el señorío de la materia y negando la existencia del alma.
El protagonista, aunque escéptico, intenta seguir las instrucciones debido al miedo que le provoca la catalepsia. Sin embargo, cae en un ciclo de desesperación donde intenta compensar las prohibiciones: fuma para no leer y lee para no fumar, lo que lo lleva a escribir cualquier cosa para evitar la tentación de realizar ambas actividades. Este estado de ansiedad le provoca jaquecas y fiebre, y aunque logra dormir a medianoche, comienza a tener pesadillas aún más crueles y absurdas.
Tras tres días de este "régimen infernal", el narrador decide abandonar el tratamiento médico. Al retomar sus hábitos de fumar, leer, escribir y beber coñac, experimenta una sensación de paz profunda, describiéndola como una "paz de aceite" que refresca su cerebro y esponja su corazón. No obstante, el cuerpo vuelve a presentar la falta de obediencia, buscando lo que el autor define como la "paz marmórea de las estatuas yacentes". Con el tiempo, el protagonista pierde el miedo a estos episodios y comienza a observarlos con curiosidad.
El clímax del relato ocurre durante una experiencia nocturna alrededor de las dos de la madrugada. El protagonista despierta alarmado por un zumbido similar al de un avión que se cierne sobre su cama y nota que nuevamente no puede moverse. A pesar de la oscuridad total del cuarto, descubre que puede ver todo con claridad. En ese momento, una idea terrorífica cruza su mente: la convicción de que ha muerto.
Al girar la cabeza con precaución, el narrador descubre con horror que está viendo su propio cuerpo tendido en la cama, con los ojos enormemente abiertos, la respiración anhelosa y la boca entreabierta en una expresión de "abyecta idiotez". Tras este encuentro consigo mismo, el protagonista describe cómo se deja caer de espaldas y, súbitamente, regresa a su cuerpo con la certidumbre de estar vivo. El texto concluye con la reflexión del autor sobre haber sido testigo de su propio desdoblamiento, habiéndose "medio salido" y luego "vuelto a encajar" en sí mismo, plenamente consciente de la experiencia.


