La eutanasia de una mascota se posiciona como uno de los instantes más críticos y delicados para las personas que comparten su cotidianidad con animales. Este proceso trasciende la mera intervención médica, convirtiéndose en una experiencia emocional profunda que demanda la gestión del duelo, la aceptación de las despedidas y el manejo de afectos intensos en un momento de vulnerabilidad extrema.
En los últimos años, el debate sobre la manera correcta de acompañar a los animales en sus últimos suspiros ha ganado una relevancia significativa. Este interés ha sido impulsado tanto por profesionales de la salud animal como por tutores responsables, quienes coinciden en que la prioridad absoluta debe ser el bienestar del animal hasta el último segundo de su existencia. En este escenario, las redes sociales han jugado un papel fundamental, funcionando como canales de difusión para que expertos compartan experiencias y consejos prácticos que ayuden a mitigar el sufrimiento.
Dentro de este marco, el veterinario Alfredo Molina, quien utiliza su cuenta de TikTok (@alfredomolinavet) para sensibilizar a la comunidad, plantea que la eutanasia debe entenderse como una decisión donde la compañía es tan determinante como el procedimiento clínico en sí mismo. Molina es enfático al señalar que, en el tramo final, la mascota no requiere que su dueño demuestre fortaleza o entereza, sino que simplemente esté presente. Según el especialista, la presencia del tutor puede ser el factor que más calma y seguridad aporte al animal, a pesar de que para el humano represente una escena sumamente difícil de procesar.
El veterinario describe que la reacción más frecuente entre los dueños es el deseo de evitar el momento. Según Molina, es una respuesta normal sentir la urgencia de huir, pensar que no se tiene la capacidad emocional de presenciar el acto o querer escapar del entorno. Sin embargo, el profesional plantea un dilema ético y emocional directo: dejar al animal solo en ese instante no constituye un acto de protección hacia la mascota para evitarle el dolor, sino que es una medida de protección para el propio humano. En este sentido, el acompañamiento se define como un acto de generosidad pura, donde el bienestar del animal prevalece sobre los temores, la tristeza o el dolor del tutor.
Desde la perspectiva del animal, el entorno clínico no tiene la relevancia que el humano le asigna. Molina sostiene que, en sus últimos momentos, las mascotas no interpretan los protocolos médicos, no comprenden el significado de las batas blancas ni la naturaleza técnica de las salas de una clínica veterinaria. Para el animal, lo único esencial y reconocible son las señales familiares: la voz de su dueño, su olor característico y el contacto de sus manos. Estos elementos representan el vínculo construido durante toda una vida y son los únicos referentes que les transmiten seguridad en medio de la incertidumbre.
Asimismo, el veterinario cuestiona la primacía de la técnica médica sobre el soporte emocional en el cierre de la vida. Molina afirma que, cuando llega el momento final, lo que realmente brinda paz al animal no es la ejecución de una técnica perfecta, sino la certeza de que no se encuentra solo. Para ilustrar este punto, utiliza una comparación contundente: mientras que para el tutor la situación puede resultar insoportable, para la mascota la presencia de su dueño representa su hogar. De esta manera, se enfatiza que el vínculo afectivo es mucho más trascendental que cualquier procedimiento clínico.
El planteamiento de Molina invita a que la despedida se transforme en un gesto concreto de acompañamiento, incluso si esto implica atravesar el propio sufrimiento. El veterinario propone una reflexión profunda: preguntarse si, al menos por una única vez, la persona puede sostener su propio dolor para evitar que el animal tenga que sostener el suyo en soledad. Según su visión, estar presente envía un mensaje final que el animal reconoce: "No te dejo, no ahora, no aquí, no sola".
Para el profesional, este tramo final es mucho más que un simple procedimiento médico; es el cierre de una historia de amor. Molina sostiene que toda mascota merece que el final de su vida sea compartido con la persona que más ha amado, independientemente de que ese recuerdo cause dolor permanente en el tutor.
Finalmente, el veterinario aborda el proceso del duelo con una visión transformadora, sugiriendo que existen dolores que no tienen como fin la destrucción del individuo, sino la dignificación. El proceso de acompañar a la mascota hasta el final se convierte, así, en una oportunidad para honrar el vínculo construido y brindar consuelo a quien ha sido parte fundamental del núcleo familiar.


