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La crisis de la lealtad: por qué la "viveza" y la trampa degradan la sociedad

\"La trampa, la deslealtad, la viveza, nos degrada a todos\": Sergio Roldán

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La crisis de la lealtad: por qué la "viveza" y la trampa degradan la sociedad
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Sergio Roldán advierte que la normalización de la deslealtad y la cultura de la viveza están erosionando el tejido social y destruyendo la confianza ciudadana. Para el autor, la lealtad no es una ingenuidad, sino un valor indispensable y un pilar ético que protege la dignidad humana, permitiendo que las instituciones y la libre competencia funcionen bajo reglas claras y justas. El análisis resalta que la falta de sanciones ante la trampa genera un riesgo sistémico donde la desconfianza se convierte en la norma. Ya sea en el tráfico, el deporte o el ámbito profesional, el uso de atajos e influencias desplaza al mérito y degrada la sociedad, transformando la competencia en un escenario de supervivencia donde el engaño prevalece sobre la integridad. Finalmente, Roldán propone retomar la pedagogía de la lealtad para rescatar la confianza colectiva. Mientras que ganar en franca lid enaltece al individuo, quien recurre al engaño actúa como un villano que pone en crisis la igualdad, advirtiendo que, si la impunidad continúa, el cinismo terminará por aniquilar cualquier ideal de justicia social.

En un análisis sobre la condición ética de la sociedad contemporánea, Sergio Roldán plantea una reflexión profunda sobre el valor de la lealtad y el peligro que representa la normalización de la deslealtad en los ámbitos sociales, comerciales y profesionales. Para el autor, aunque el respeto mutuo es el ideal al que se debe aspirar, la realidad a menudo se aleja de esa visión, generando un conflicto entre quienes buscan el camino correcto y aquellos que optan por el atajo de la trampa.

Roldán sostiene que esperar lealtad entre rivales no debe considerarse una ingenuidad, ya que dicha expectativa no se basa únicamente en la bondad individual, sino que está garantizada y respaldada por normas jurídicas, sociales, morales y éticas. La lealtad se define aquí como un valor indispensable para el funcionamiento de las instituciones. Un ejemplo claro se encuentra en la institución de la libre competencia, un modelo de comportamiento comercial e industrial que exige actuar sin incurrir en prácticas desleales. Sin embargo, el autor advierte que, debido a que el deseo de ganar puede nublar la ética del competidor, es fundamental contar con sanciones jurídicas, sociales y morales que combatan la deslealtad.

El análisis advierte sobre un riesgo sistémico: la falta de sanción. Cuando el tramposo logra sus objetivos y se sale con la suya, se produce una degradación generalizada. En este escenario, la bondad deja de ser una expectativa viable y se impone la desconfianza como norma social. De este modo, la deslealtad no solo afecta a la víctima directa, sino que erosiona el tejido mismo de la sociedad.

Desde la perspectiva del autor, la lealtad —ya sea comercial o procesal— actúa como una protección para la dignidad humana. Al respetar las reglas mutuas que autorregulan el comportamiento, se evita la degradación de la dignidad propia y la de los demás, permitiendo así el engrandecimiento de la sociedad en su conjunto. Roldán es enfático al señalar que actuar con trampa no es un acto de inteligencia, sino de deslealtad, y que ganar mediante el engaño termina por engañar incluso al propio infractor.

Para ilustrar este punto, el texto recurre al concepto de "fair play" o juego limpio en el deporte. Se plantea que, si la deslealtad y la trampa fueran la norma en un partido de fútbol, el honor del espectáculo desaparecería, transformando el encuentro deportivo en un coliseo de gladiadores donde la regla es la fuerza y no el mérito.

En una reflexión sobre la cultura de la "viveza", Roldán relata una anécdota ocurrida en el parqueadero de Unicentro. En el relato, un individuo le quita el espacio de estacionamiento a otro que ya se disponía a parquear. Ante la protesta, el infractor justifica su acción afirmando que "este mundo es de los vivos". La respuesta del afectado, quien utiliza la fuerza de su vehículo contra el coche del infractor, sugiere que el mundo es, en realidad, de quienes tienen dinero. No obstante, el autor rechaza ambas posturas, afirmando que el mundo no pertenece ni a los "vivos" ni a los ricos, sino a quien está primero en la fila y respeta el turno, rechazando a quienes se saltan la fila indignando a los demás.

Esta reflexión se extiende al ámbito laboral y profesional, vinculando la lealtad con la igualdad. Roldán argumenta que el respeto a la dignidad implica que los cargos deben ser ocupados por quienes están mejor preparados para ejercerlos, y no por aquellos que han utilizado una "palanca" o influencias para conseguir el puesto.

Finalmente, el autor plantea una interrogante sobre si la deslealtad está poniendo en crisis la igualdad y la confianza ciudadana. Concluye que la trampa y la viveza degradan a todos y, si quedan impunes, enaltecen al tramposo mientras aniquilan la confianza colectiva. Ante este panorama, Roldán propone la necesidad urgente de retomar la discusión y la pedagogía sobre el valor de la lealtad en todos los ámbitos culturales, advirtiendo que si aumenta la sensación de engaño, el sentido mismo de competir desaparece. Mientras que ganar en franca lid enaltece la competencia, aquellos que toman el atajo son definidos como los verdaderos villanos, advirtiendo que, si este comportamiento prevalece, lo real terminará por vencer definitivamente al ideal.

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