Una investigación liderada por la Universidad McMaster, en Canadá, ha logrado identificar un nuevo antibiótico capaz de eliminar algunas de las bacterias más peligrosas y resistentes a los medicamentos a nivel mundial. El compuesto, denominado manikomicina, ha sido presentado en la revista científica 'Nature', donde se detalla que su eficacia radica en la capacidad de atacar una vulnerabilidad bacteriana que hasta ahora era desconocida para la ciencia, lo que abre la posibilidad de desarrollar una clase de tratamientos completamente nueva.
El equipo de investigación, dirigido por el profesor Gerry Wright, ha comprobado que la manikomicina muestra una eficacia temprana contra patógenos considerados prioritarios por los organismos de salud, entre los que se encuentran la Salmonella, la E. coli y la Klebsiella. El aspecto más innovador de este hallazgo reside en su mecanismo de acción, ya que difiere radicalmente de cualquier antibiótico utilizado actualmente en la práctica clínica.
Mientras que los fármacos convencionales actúan sobre diversas partes de la célula, la manikomicina se enfoca en bloquear el sitio de salida del ribosoma. El ribosoma es la maquinaria encargada de la producción de proteínas dentro de cada célula bacteriana, un proceso esencial para la supervivencia del patógeno. Para explicar este proceso, el profesor Wright utiliza la analogía de una cadena de montaje: en una fábrica, los componentes terminados deben retirarse de la línea para que la siguiente pieza pueda avanzar. La manikomicina actúa bloqueando precisamente esa salida, lo que provoca que todo el proceso de ensamblaje se atasque y se detenga por completo. Al quedar incapacitadas para producir proteínas, las bacterias mueren.
Este descubrimiento es especialmente relevante debido a la creciente amenaza global que representa la resistencia bacteriana. Según Wright, miembro del Instituto Michael G. DeGroote para la Investigación de Enfermedades Infecciosas, ningún antibiótico recetado actualmente en las clínicas, incluyendo la azitromicina o la tetraciclina, opera de esta manera. Por lo tanto, el equipo no solo ha encontrado un candidato a fármaco, sino que ha identificado una nueva diana en las bacterias que podría ser aprovechada para crear otros medicamentos en el futuro.
La ventaja competitiva de la manikomicina reside en que las bacterias no han tenido tiempo de defenderse. La mayoría de los antibióticos actuales atacan las mismas vulnerabilidades del ribosoma, lo que ha llevado a los patógenos a desarrollar estrategias de defensa sofisticadas. Sin embargo, dado que la medicina no ha ejercido presión selectiva sobre el sitio de salida del ribosoma, las bacterias carecen de mecanismos de resistencia preexistentes contra este nuevo compuesto. Incluso los fármacos descubiertos recientemente que atacan los objetivos habituales pueden generar resistencia rápidamente, un problema que la manikomicina parece evitar.
El origen de este hallazgo se remonta a un trabajo iniciado hace más de 75 años con la bacteria del suelo Streptomyces rimosus, la cual permitió la creación de la oxitetraciclina. A pesar de que la comunidad científica consideraba que este tipo de bacterias ya habían sido explotadas al máximo y que no quedaba nada nuevo por descubrir en ellas, el laboratorio de Wright ha demostrado lo contrario.
Para lograrlo, el equipo colaboró con investigadores de la Universidad de Hamburgo, en Alemania, y la Universidad de Illinois en Chicago, en Estados Unidos. Utilizaron una técnica avanzada llamada fraccionamiento, que consiste en filtrar compuestos abundantes, como la oxitetraciclina, de las mezclas químicas producidas por S. rimosus. Esto permitió aislar moléculas más escasas que habían pasado inadvertidas durante décadas. Manpreet Kaur, investigadora postdoctoral y primera autora del estudio, sostiene que este método de fraccionamiento abre nuevas oportunidades para revisar extractos de bacterias ya estudiadas y hallar más candidatos a fármacos.
Actualmente, el equipo impulsa el desarrollo clínico de la manikomicina. Los primeros hitos han sido positivos: se ha demostrado que el compuesto no es tóxico para las células humanas y que es efectivo en modelos de infección controlados en laboratorio. El siguiente paso consiste en optimizar el tiempo de permanencia del fármaco en el cuerpo. Para ello, ya han producido 60 derivados diferentes con el objetivo de seleccionar y potenciar el más eficaz, con la ambición de ampliar su espectro para que pueda afectar a un número aún mayor de bacterias.


