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Niños con neurodivergencias presentan mayores índices de ansiedad y depresión, especialmente las niñas

Tras analizar a unas 300 familias con menores de entre 6 y 12 años con diagnósticos relacionados con el neurodesarrollo, un estudio ha comprobado la existencia de más casos de depresión y ansiedad entre estos menores que en la población general de esta edad. Las causas tienen que ver, según los investigadores, con los problemas de las relaciones sociales y las dificultades propias de estos trastornos. Y se ha comprobado que entre las niñas la problemática es mayor.

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Niños con neurodivergencias presentan mayores índices de ansiedad y depresión, especialmente las niñas
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Un nuevo estudio advierte que los niños de entre 6 y 12 años con trastornos del neurodesarrollo sufren niveles mucho más altos de ansiedad y depresión que el resto de la población. Esta vulnerabilidad no es consecuencia directa de sus diagnósticos, sino del rechazo social, el aislamiento escolar y las dificultades para gestionar sus emociones en la vida cotidiana, riesgos que se intensifican cuando coexisten varias condiciones. La investigación destaca una brecha de género alarmante, señalando que las niñas presentan mayores índices de malestar psicológico debido a los estereotipos sociales. Asimismo, el impacto se extiende al núcleo familiar, donde las madres de niños con múltiples diagnósticos muestran una mayor tendencia a la depresión debido a la sobrecarga en la gestión de cuidados y tratamientos. Para revertir esta situación, los expertos recomiendan priorizar la educación emocional tanto para los menores como para sus familias. La clave reside en crear espacios seguros de comunicación y validación que permitan a los niños identificar sus sentimientos y reduzcan la frustración, evitando que las dificultades del desarrollo se conviertan en trastornos psicológicos graves.

Un reciente estudio ha revelado que los menores de entre 6 y 12 años con diagnósticos relacionados con el neurodesarrollo presentan una prevalencia significativamente mayor de casos de depresión y ansiedad en comparación con la población general de su misma edad. La investigación, que analizó a unas 300 familias, señala que este incremento en el sufrimiento emocional no es una consecuencia directa e inevitable del trastorno en sí, sino que está estrechamente vinculado a los problemas en las relaciones sociales y a las dificultades intrínsecas que conllevan estos trastornos en la vida cotidiana.

Según explican los investigadores, el impacto emocional se intensifica a medida que el menor presenta un mayor número de neurodivergencias coexistentes. El estudio destaca que la suma de diagnósticos como el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), la dislexia o el trastorno del desarrollo del lenguaje incrementa la vulnerabilidad emocional del niño. Estas condiciones generan obstáculos en el día a día que se manifiestan con especial dureza en el contexto escolar, donde los problemas sociales son más frecuentes que en el resto de los menores. Los investigadores han constatado situaciones recurrentes de rechazo o aislamiento en diversas actividades, lo que pone de manifiesto un nivel de aceptación social inferior para estos niños.

La doctora en Psicología Mari Aguilera, coautora del estudio perteneciente a la Fundació La Caixa —junto a Nadia Ahufinger y Ernesto Guerra, de la Universidad de Chile y la UOC—, explica que una mayor dificultad en las tareas cotidianas provoca que algunos de estos menores acaben experimentando un sufrimiento superior. Uno de los factores críticos identificados es la dificultad para regular las emociones, lo que se traduce en una mayor irritabilidad, la aparición de rabietas y una incapacidad manifiesta para identificar y nombrar lo que sienten. Asimismo, Aguilera señala que la neurodivergencia puede generar frustración cuando los niños se comparan con sus pares y perciben que les cuesta más realizar un ejercicio o que necesitan adaptaciones, lo que pone a prueba su capacidad de autorregulación.

Un hallazgo especialmente relevante del estudio es la diferencia de género. Se ha comprobado que las niñas presentan mayores dificultades que los niños en indicadores como la ansiedad, la depresión y la transgresión de normas, sobre todo cuando cuentan con dos o más diagnósticos en las áreas social y atencional. Al respecto, los autores plantean varias hipótesis. Por un lado, sugieren que muchas niñas están infradetectadas y que aquellas que formaron parte del estudio presentaban ya una problemática compleja. Por otro lado, Aguilera subraya la importancia de la mirada de género, señalando que los estereotipos sociales presionan a las niñas a ser correctas, calladas y bien comportadas; aquellas que se desvían de este patrón son penalizadas socialmente de forma más severa.

La investigación no se ha limitado a los menores, sino que ha integrado el contexto familiar, reconociendo que no se puede abordar al niño de forma aislada. El 88% de los adultos participantes fueron mujeres, y los resultados muestran que, si bien no hay grandes diferencias en síntomas de ansiedad o estrés entre madres de niños neurodivergentes y madres de niños sin estas condiciones, la situación cambia cuando existen dos o más diagnósticos. En estos casos, aumentan los síntomas depresivos en las madres debido a una sobrecarga constante y un malestar continuado. Momentos cotidianos, como la gestión de los deberes escolares, se convierten en situaciones difíciles de manejar emocionalmente, sumado a la responsabilidad de coordinar todos los tratamientos, mientras que los padres suelen evitar estas situaciones de alta carga emocional.

Ante este escenario, la investigación recomienda encarecidamente fomentar la educación emocional tanto en los niños como en sus familias. La doctora Aguilera enfatiza que las madres necesitan recursos concretos para afrontar las dificultades diarias, permitiéndoles ayudar a sus hijos a gestionar mejor sus emociones para evitar que los trastornos deriven en malestar psicológico. De hecho, el próximo paso de esta línea de investigación será la puesta en marcha de una intervención piloto destinada a tratar el componente emocional y del lenguaje, brindando apoyo simultáneo a las familias.

Como consejo práctico para el día a día, la experta recomienda buscar espacios para parar, hablar y dar lugar a las emociones, tanto del menor como del familiar. El objetivo es lograr que el niño pueda identificar lo que siente y expresarlo con palabras en un entorno seguro, basado en la validación y la comprensión, sin juicios y ofreciendo explicaciones alternativas a las situaciones que generan malestar.

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