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El olvido de la ciencia: La historia de los museos interactivos que el Perú dejó enjaular

Recientemente, la historiadora Alejandra Ruiz León defendió su tesis de doctorado en la prestigiosa universidad Georgia Tech con la disertación “Conocimiento enjaulado: la historia de Tecno-Itintec, el primer museo interactivo de ciencias en Sudamérica”. Ante un público ávido de conocer cómo así fuimos pioneros en este tipo de museos, surgió la pregunta inevitable: ¿por qué el Perú borró con el codo lo que hizo con la mano, cerrándolo definitivamente en 1993? Los museos no se cierran; los museos se promueven.

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El olvido de la ciencia: La historia de los museos interactivos que el Perú dejó enjaular
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Perú desperdició su vanguardia en divulgación científica debido a una gestión pública frágil y errática. El caso de Tecno-Itintec, el primer museo interactivo de ciencias en Sudamérica, es el ejemplo más doloroso: un proyecto pionero que terminó con sus exhibiciones enjauladas en un parque tras ser cerrado en 1993. Esta historia de inestabilidad se repitió con el Museo de la Electricidad, evidenciando que el éxito de la ciencia en el país ha dependido del entusiasmo individual y no de políticas de Estado sostenibles. Para revertir este ciclo, el Concytec y la OEA han lanzado Cienciactiva, el primer museo virtual de ciencia y tecnología del país, diseñado para impulsar la creación de recintos físicos en diversas regiones. No obstante, el desafío persiste: para que esta iniciativa no sea otro destello efímero, es urgente blindar la educación científica con marcos legales que resistan la burocracia y eviten que el conocimiento vuelva a quedar cautivo.

La historia de la divulgación científica en el Perú ha estado marcada por destellos de genialidad y vanguardia que, lamentablemente, han sucumbido ante la fragilidad de la gestión pública. Recientemente, este panorama ha vuelto a cobrar relevancia gracias al trabajo de la historiadora Alejandra Ruiz León, quien defendió su tesis de doctorado en la Universidad Georgia Tech. Su disertación, titulada “Conocimiento enjaulado: la historia de Tecno-Itintec, el primer museo interactivo de ciencias en Sudamérica”, pone sobre la mesa una interrogante dolorosa para el sector educativo y científico: ¿por qué el país decidió cerrar definitivamente en 1993 un proyecto que lo había posicionado como pionero en la región?

Para comprender la magnitud de lo perdido, es necesario retroceder cincuenta años. En aquel entonces, el Perú se encontraba en una posición competitiva similar a la de actuales potencias tecnológicas como Corea del Sur o Singapur. El país contaba con un ecosistema prometedor impulsado por la creación de instituciones clave como el Concytec, el Instituto Peruano de Energía Nuclear (IPEN) y el Itintec. Este último fue particularmente relevante al contar con el primer canon destinado a promover la investigación y el desarrollo científico, lo que permitió a sus directivos proyectar la creación de un museo de ciencias inspirado en el modelo del Exploratorium de San Francisco.

La ejecución de este sueño recayó en el ingeniero José Castro Mendivil, reconocido divulgador y creador del planetario del Morro Solar. Castro Mendivil se encargó de construir la gran mayoría de los módulos de experimentos interactivos, bajo una premisa revolucionaria para la época: en este espacio, la frase “prohibido tocar” debía quedar totalmente proscrita. El museo logró una rápida y exitosa acogida, especialmente entre el público escolar, democratizando el acceso al conocimiento a través de la experiencia táctil y el descubrimiento.

Sin embargo, el éxito de Tecno-Itintec fue efímero. En diciembre de 1993, en medio de un proceso de “modernización” del Itintec para transformarlo en lo que hoy conocemos como Indecopi, el museo fue considerado prescindible. El resultado fue drástico: el espacio fue cerrado y sus módulos interactivos fueron desmantelados y almacenados en una jaula dentro del Parque de las Leyendas. El cierre se justificó bajo el pretexto de que en dicho parque se construiría un futuro museo de ciencias, una promesa que terminó convirtiendo el conocimiento en algo literalmente enjaulado.

Este patrón de inestabilidad se repitió poco después. En septiembre de 1994, la empresa Electrolima inauguró en el distrito de Barranco el Museo de la Electricidad. La implementación estuvo a cargo de Lucho Repetto, un gestor destacado en el ámbito museográfico que mantuvo la filosofía de eliminar las restricciones al tacto. El museo alcanzó un éxito rotundo, llegando a registrar un millón de visitantes en pocos años, un hito significativo para un país que suele mostrar resistencia hacia los espacios museísticos. No obstante, la falta de una visión institucional sostenida permitió que nuevos gerentes, carentes del entusiasmo original, cerraran el recinto temporalmente en diversas ocasiones. Actualmente, el museo ha reabierto de manera parcial, pero sin su emblemático tranvía y bajo la amenaza constante de un cierre definitivo.

Al analizar estas dos experiencias, emergen tres puntos comunes críticos. Primero, ambos proyectos nacieron en el sector público. Segundo, ambos respondieron con éxito a una demanda social desatendida de educación científica interactiva. Tercero, y el punto más problemático, es que ambos dependieron del empuje de individuos específicos y no de políticas de Estado definidas. Esta carencia de institucionalidad hace que los proyectos sean frágiles y vulnerables a los cambios de mando burocrático.

En la actualidad, el Concytec, en colaboración con la OEA, ha intentado revertir esta tendencia mediante la implementación del primer museo virtual de ciencia y tecnología del país, integrado en la plataforma educativa Cienciactiva. Esta iniciativa disruptiva busca servir como semilla para que diversas regiones del Perú puedan crear sus propios museos físicos, facilitando la transición de lo digital a lo tangible.

Sin embargo, para que este nuevo esfuerzo no repita la historia de Tecno-Itintec o el Museo de la Electricidad, es imperativo que Cienciactiva esté respaldado por políticas sólidas. Mientras el Concytec trabaja en el objetivo de dotar al Perú de un Museo Nacional de Ciencia y Tecnología, el desafío reside en blindar el entusiasmo individual y convertirlo en políticas de Estado que resistan el desdén burocrático. De lo contrario, el país seguirá condenando el conocimiento científico a permanecer enjaulado, lejos del alcance de los estudiantes.

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