La apertura del Parlamento británico se consolida como uno de los actos más solemnes y cargados de simbolismo en el Reino Unido, situándose en una escala de importancia similar a la de una coronación, evento que, por su naturaleza, no ocurre con la frecuencia habitual. En este marco de máxima rigurosidad protocolaria, los símbolos monárquicos adquieren un protagonismo absoluto, y en la más reciente celebración, toda la atención se ha centrado en la elección joyera de la reina Camila. La consorte ha optado por lucir una pieza que no solo destaca por su opulencia, sino que reafirma su voluntad de seguir la estela y la tradición establecida previamente por la reina Isabel II. Se trata de una joya extraordinaria que alberga en su estructura nada menos que 1333 diamantes.
Esta pieza, denominada corona estatal de Jorge VI, posee una característica singular que rompe con la percepción actual de su uso: aunque en tiempos recientes ha sido vista predominantemente sobre la cabeza de mujeres de la familia real, fue diseñada originalmente para un hombre. La historia de la joya se remonta a más de dos siglos atrás, concretamente al año 1821, cuando el monarca padre de la reina Victoria la encargó para su propia coronación. Debido a esta antigüedad, la corona se ha convertido en una de las piezas más simbólicas y representativas de la vasta colección de los Windsor.
El recorrido de la corona a través de las generaciones ha seguido un patrón estrictamente femenino tras su etapa inicial. De Jorge VI pasó primero a manos de su cuñada, la reina Adelaida, y posteriormente a su hija, la reina Victoria. Fue precisamente Victoria quien tomó la decisión de que la pieza pasara a formar parte de las reliquias de la Corona tras su fallecimiento, asegurando así que la joya no pudiera salir jamás del núcleo de la familia real. Desde aquel momento, la corona ha funcionado de manera similar a las joyas de pasar españolas, transmitiéndose exclusivamente de reina en reina. La propia emperatriz Victoria la utilizó en diversas ocasiones, incluyendo eventos tan íntimos y significativos como los bautizos de sus hijos.
Posteriormente, la joya fue lucida por la reina Alejandra, nuera de Victoria, quien también la reservó para encuentros familiares. Esta tendencia continuó con la reina Mary de Teck y la reina Isabel, conocida como la Reina Madre tras la muerte de su esposo, Jorge VII, en 1952. Es relevante mencionar que la pieza ha sufrido ajustes técnicos a lo largo del tiempo; tanto Mary de Teck como la Reina Madre mandaron modificar la estructura de la corona para ajustarla a la medida de sus cabezas, aunque en el caso de Isabel, nunca se registró que luciera la pieza públicamente.
El cambio fundamental en la percepción y el uso de la corona estatal de Jorge VI llegó con la reina Isabel II. Al asumir el trono como reina titular y no como consorte, Isabel II decidió diferenciar la utilidad de la joya respecto a sus predecesoras. Mientras que hasta entonces se consideraba una pieza para ocasiones familiares, la monarca decidió elevar su estatus, utilizándola en el camino hacia su propia coronación y otorgándole así un halo estatal que la pieza no poseía anteriormente. Fue Isabel II quien instauró la costumbre de emplear esta corona para los retratos oficiales y para las aperturas del Parlamento, una tradición que la reina Camila ha decidido mantener. De hecho, la actual consorte ha lucido esta pieza en las tres ocasiones en que ha acompañado al rey Carlos en este acto solemne.
En cuanto a su composición técnica y simbólica, la corona destaca por los 1333 diamantes que la recubren y por las cuatro cruces que la flanquean. Entre estas cruces se encuentran representados los símbolos de las naciones que componen el reino: una rosa para Inglaterra, un cardo para Escocia, un narciso para Gales y un trébol para Irlanda. El diseño se completa con un brillante de color amarillo pálido ubicado en el centro de la cruz frontal, todo ello montado sobre una base de diamantes y dos bandas de perlas.
Para complementar el protagonismo de la diadema, la reina Camila eligió vestir completamente de blanco. Esta elección cromática parece estar convirtiéndose en una tradición reciente, ya que es el color que la consorte ha seleccionado para los cuatro actos más solemnes en los que ha participado, incluyendo su propia coronación. No obstante, la corona no fue el único elemento destacado de su atuendo, ya que Camila complementó el look con su apreciado collar de serpiente, los pendientes de perlas que pertenecieron a la reina Victoria y el broche en forma de estrella que simboliza la Orden de la Jarretera.
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