El líder chino Xi Jinping se prepara para recibir al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una visita marcada por una planificación milimétrica que busca eliminar cualquier margen de error. El despliegue comienza en el Gran Salón del Pueblo de Beijing, donde Xi descenderá los 39 escalones alfombrados de rojo. Cada movimiento está cronometrado con exactitud para asegurar que el mandatario chino pase junto a los altos funcionarios de ambas delegaciones y llegue a un punto específico de la alfombra roja apenas segundos después de la llegada de Trump, momento en el que se iniciará la música ceremonial.
Esta precisión, que ya fue evidenciada durante la primera estancia de Trump en 2017, se extenderá a un itinerario que incluye visitas al Templo del Cielo, antiguo lugar de culto imperial donde los emperadores rezaban por buenas cosechas, y a Zhongnanhai, la sede secreta del gobernante Partido Comunista, un sitio sobre el cual se revela muy poca información públicamente. Según William Klein, diplomático estadounidense jubilado y socio de la consultora FGS Global, los anfitriones chinos son sumamente meticulosos y buscan planificar cada detalle con total exactitud.
Sin embargo, la imprevisibilidad de Donald Trump supone un reto logístico considerable para quienes priorizan el control absoluto. Sarah Beran, exdiplomática de alto rango que participó en la organización de visitas previas, señaló que la espontaneidad del presidente es imposible de controlar, citando como ejemplo sus comentarios improvisados sobre el ataque japonés a Pearl Harbor durante un encuentro con el líder japonés. Para mitigar este riesgo, Beran prevé que Beijing limite el acceso de los medios de comunicación, evitando así que cualquier declaración imprevista se difunda ampliamente.
Detrás de escena, equipos de funcionarios de bajo y alto nivel de ambos países han trabajado durante meses para perfeccionar los mensajes políticos y los productos finales de la cumbre. Para China, la coreografía pública es fundamental; el objetivo es proyectar la mejor imagen de su líder mientras se otorga el respeto debido al invitado. En 2017, esto se tradujo en un trato excepcional que incluyó una visita privada a la Ciudad Prohibida, representaciones de ópera de Beijing y la bienvenida de decenas de niños que aclamaban al mandatario estadounidense.
En el contexto actual de agitación global, provocado en parte por la decisión de Estados Unidos de lanzar ataques contra Irán, la sola presencia de Trump en China es interpretada por fuentes locales como un logro significativo y una victoria para Beijing. Aunque el panorama ha cambiado desde 2017, cuando se organizó una visita de carácter estatal plus para generar confianza y disminuir sospechas, China sigue utilizando el protocolo como herramienta diplomática para alentar a Washington a considerar los intereses chinos en sus políticas.
Durante aquella primera visita, Trump fue el primer líder extranjero en cenar dentro de la Ciudad Prohibida en la era moderna. Asimismo, el despliegue militar en la Plaza de Tiananmen fue riguroso: los guardias de honor del Ejército Popular de Liberación fueron seleccionados por su estatura, con una media de 188 cm para los hombres y 175 cm para las mujeres. Incluso se seleccionó a niños, incluidos hijos de expatriados estadounidenses, para saludar al presidente, a quien llamaron abuelo Trump para que sintiera la calidez y sinceridad de la amistad de China.
Para suavizar el ambiente antes de este nuevo encuentro, Beijing ha implementado gestos diplomáticos amistosos. A finales de abril se anunció el envío de dos pandas gigantes, Ping Ping y Fu Shuang, cuyos nombres significan paz y doble fortuna, al zoológico de Atlanta. Además, China permitió la proyección de dos películas de Hollywood, El diablo viste de Prada 2 y Michael, una película biográfica sobre Michael Jackson, durante la semana dorada de mayo. Este espacio en taquilla suele reservarse para producciones nacionales, por lo que aprobar filmes estadounidenses se consideró un gesto para fortalecer los lazos más allá de las relaciones gubernamentales.
A pesar de estas cortesías, la China de hoy es diferente a la de hace una década. Beijing ha fortalecido su estrategia de autosuficiencia económica y ha desarrollado herramientas más eficaces para enfrentar sanciones extranjeras contra sus empresas. El objetivo de Xi Jinping es demostrar que puede gestionar la relación con Trump y establecer una base de estabilidad para quien sea su sucesor.
No obstante, expertos como Shi Yinhong, de la Universidad Renmin de Beijing, sugieren que es poco probable que se repita el boato de 2017. Tras una década de rivalidad en materia de comercio, tecnología, derechos humanos, Taiwán y el Mar de China Meridional, Beijing habría aprendido que la ostentación no garantiza mejores relaciones. En sintonía, Wang Huiyao, director del Centro para China y la Globalización, destacó que la apretada agenda de dos días y la urgencia de tratar temas como la guerra en curso y el impacto en el mercado petrolero hacen que el enfoque sea ahora más pragmático. Según Wang, el objetivo actual es ponerse manos a la obra, priorizando la negociación sobre el espectáculo.


