La trayectoria de Agnes Gund, quien falleció en el otoño de 2025 a los 87 años, representa un modelo de filantropía que muchos consideran irrepetible en la era contemporánea. Durante décadas, Gund no solo fue una figura central en la gestión de las instituciones artísticas más prestigiosas del mundo, sino que transformó su inmensa fortuna y su colección privada en herramientas de cambio social, marcando una diferencia profunda entre la acumulación de riqueza y la generosidad activa.
La magnitud de su impacto se hará evidente una vez más el próximo 18 de mayo, cuando Christie’s celebre en Nueva York su subasta nocturna de arte de los siglos XX y XXI. En este evento se pondrán a la venta tres obras emblemáticas que Gund mantuvo en su residencia del Upper East Side: una pintura de Cy Twombly, un ensamblaje de Joseph Cornell y una pieza monumental de Mark Rothko. En conjunto, se estima que estas obras podrían alcanzar los 150 millones de dólares.
Entre las piezas más destacadas se encuentra la obra de Rothko titulada "N.º 15 (Dos verdes y raya roja)", creada en 1964. Esta pintura, caracterizada por un negro intenso y verdes oscuros con vetas rojas, fue adquirida por Gund directamente en el estudio del artista. A pesar de su valor y relevancia, la obra permaneció prácticamente oculta al público en el apartamento de la mecenas, con la única excepción de un breve préstamo de un mes en 1972 al Museo de Arte de Cleveland, institución que Gund visitaba frecuentemente durante su infancia en Ohio. Para esta pieza, la estimación se sitúa en 80 millones de dólares, cifra que podría acercarla al récord de subasta pública de Rothko.
Acompañan a la obra de Rothko una pintura sin título de Twombly de 1961, adquirida en 1988 y valorada en hasta 60 millones de dólares, y una obra de Cornell de su serie "Médicos", comprada en 1980 y estimada en 5 millones de dólares. Sara Friedlander, presidenta del departamento de Arte de posguerra y contemporáneo en las Américas de Christie’s, destacó que Gund priorizaba la relación personal con los creadores, lo que le permitió convivir diariamente con estas obras en su sala de estar.
Más allá de su colección, Gund dejó una huella imborrable en la gestión cultural. Desde 1991, presidió el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), donde supervisó una expansión de 858 millones de dólares y abogó fervientemente por otorgar mayor visibilidad y apoyo a los artistas vivos. Su vínculo con el MoMA comenzó en 1967 como miembro del consejo internacional y se extendió hasta la presidencia de la junta directiva de MoMA PS1, cargo que mantuvo hasta 2020. A lo largo de su vida, donó más de 1.800 obras de arte, de las cuales más de 1.000 integran la colección permanente del MoMA.
Su influencia se extendió a otras instituciones como la Biblioteca y Museo Morgan, la Colección Frick y la Fundación Andy Warhol, además de haber sido nombrada miembro del Consejo Nacional de las Artes por el expresidente Barack Obama en 2011.
Sin embargo, es su filantropía social la que define su memoria. Gund utilizó el arte como un motor de justicia. Un ejemplo paradigmático fue la venta de su cuadro más preciado de Roy Lichtenstein, "Obra maestra", por 165 millones de dólares, para financiar el Art for Justice Fund (A4J). Esta iniciativa otorgó 127 millones de dólares en subvenciones para combatir el encarcelamiento masivo. Asimismo, vendió otra obra de Lichtenstein tras la revocación de Roe v. Wade en 2022 para apoyar los derechos reproductivos.
A través de programas como "Studio in a School", que ha operado durante cinco décadas llevando artistas a escuelas de Nueva York, y su apoyo a la investigación del SIDA, Gund demostró una empatía profunda que ella misma atribuía a un sentimiento de culpa. Su hija, Catherine Gund, describió a su madre como alguien dedicada hasta el final a la humanidad, la seguridad y la autonomía.
Siete años antes de su muerte, The New York Times se preguntaba si Agnes Gund era la última persona rica y bondadosa. En un contexto donde la riqueza se concentra en la cima y los multimillonarios tecnológicos parecen distanciarse de la cultura, el legado de Gund queda como un recordatorio de que el arte puede y debe utilizarse como un componente fundamental de la justicia social.


