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De un pequeño coche a un local propio: la historia de Richard Marcillo en el sur de Quito

Richard Marcillo puso su local de venta de guatita, secos y caldos de gallina en la avenida Ajaví, sur de Quito. Inició con un pequeño coche. Le contamos más

De un pequeño coche a un local propio: la historia de Richard Marcillo en el sur de Quito

En el corazón del sur de Quito, específicamente en el sector de La Mena, existe una rutina que se ha mantenido intacta durante más de dos décadas. Mientras la gran mayoría de los capitalinos aún se encuentran sumidos en el sueño, Richard Marcillo, un hombre de 54 años, ya ha iniciado su jornada laboral. Para él, el día no comienza con el amanecer, sino a las 02:00 de la madrugada, momento en el cual su cocina se convierte en el centro de operaciones de un negocio familiar basado en la tradición y el esfuerzo constante.

Junto a su esposa, Marcillo comienza la preparación de una variada oferta gastronómica que incluye platos emblemáticos como la guatita, el caldo de gallina y diversos tipos de secos. La logística en su hogar es intensa: utilizan dos cocinetas y un total de siete quemadores para dar abasto a la demanda. En cada una de las ollas se desarrolla un proceso distinto, preparando meticulosamente el seco de pollo, el seco de chancho, la costilla de res, el pescado, la guatita y el caldo de gallina. Esta labor culmina alrededor de las 05:30, hora en la que la pareja se desplaza hacia su local en la avenida Ajaví para abrir las puertas a sus primeros clientes.

La trayectoria de Richard en esta zona de la ciudad es un ejemplo de crecimiento progresivo. Hace 22 años, su presencia en la avenida Ajaví era mucho más modesta, pues inició sus actividades comerciales operando un pequeño coche ubicado en una esquina. A través de la perseverancia y el trabajo diario, logró transformar ese emprendimiento ambulante en el local establecido que atiende hoy en día. Richard es enfático al señalar que su ética de trabajo no conoce de descansos, afirmando que trabaja todos los días de Dios, sin disponer de una fecha fija para el reposo semanal.

El secreto detrás de la fidelidad de sus clientes radica en la consistencia del sabor. Marcillo sostiene que la clave ha sido mantener la misma calidad a lo largo de los años, basándose en medidas precisas de ingredientes que ya forman parte de su memoria operativa. Según explica el comerciante, cada seco posee una cantidad exacta de componentes, lo que les permite tener la base del sabor siempre bajo control.

Esta destreza culinaria tiene sus raíces en Manabí, específicamente en la ciudad de Chone. Desde muy pequeño, Richard estuvo vinculado al mundo de la cocina gracias a su madre, quien preparaba platos tradicionales como bollos y tortillas. Esa herencia familiar fue la semilla de su vocación actual. No obstante, su camino profesional en Quito fue diverso antes de consolidarse en la gastronomía; el comerciante trabajó previamente como guardia de seguridad, se desempeñó en una empresa de inspección y tuvo experiencia laboral en diversos restaurantes ubicados en el centro de la capital.

El negocio no solo ha sido una fuente de ingresos, sino la herramienta fundamental que le permitió sacar adelante a sus cuatro hijos. Actualmente, el emprendimiento ha evolucionado hacia una estructura familiar más amplia, donde su yerno y su nieto colaboran activamente. Estos familiares quedan a cargo del local durante las tardes, permitiendo que Richard y su esposa puedan realizar las compras de insumos o tomar algunas horas de descanso antes de reiniciar el ciclo.

La calidad de los platos se apoya en una cadena de suministro especializada. Para garantizar el sabor y la frescura, Richard adquiere el pescado directamente desde Manta, mientras que la costilla de res proviene del Camal Metropolitano. El cerdo es suministrado por una empresa especializada y las verduras son compradas en el Mercado Mayorista, ubicado también en el sur de Quito.

A pesar de la dureza de una jornada que comienza en la madrugada, Richard Marcillo manifiesta un sentimiento de gratitud. Para cerrar su ciclo diario, el comerciante procura acostarse a las 18:00, consciente de que el despertador volverá a sonar en pocas horas para devolverlo frente a las ollas, manteniendo viva la tradición culinaria en la avenida Ajaví.

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