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Los virus: aliados invisibles que superan en número a las estrellas del universo

Hay muchísimos más virus que estrellas en el universo, pero la mayoría de ellos son inofensivos y algunos incluso pueden beneficiarnos.   Los virus

Los virus: aliados invisibles que superan en número a las estrellas del universo

A menudo, la palabra virus evoca imágenes de enfermedades, hospitales y crisis sanitarias globales. La reputación de estos agentes es, predominantemente, negativa, ya que los ejemplos más presentes en la memoria colectiva son aquellos que provocan padecimientos como la gripe, la diarrea o la reciente pandemia de covid-19. Sin embargo, la realidad biológica es mucho más compleja y sorprendente: la gran mayoría de los virus son inofensivos para el ser humano y, en muchos casos, resultan ser aliados fundamentales para nuestra supervivencia y el equilibrio del medio ambiente.

La connotación negativa de estos entes tiene raíces profundas, empezando por su propio nombre. El término virus proviene del latín y hace referencia directa a una sustancia nociva o venenosa. Esta percepción de peligro ha acompañado a la humanidad durante milenios. Existen registros históricos que sugieren la presencia de infecciones virales mucho antes de que la ciencia pudiera nombrarlas; por ejemplo, algunas representaciones egipcias muestran la parálisis de una pierna, síntoma característico de la polio. De igual manera, la historia de la conquista de América dejó constancia del impacto devastador de virus como el sarampión y la viruela en las poblaciones indígenas.

A pesar de su presencia milenaria, los virus no fueron reconocidos como entidades biológicas hasta finales del siglo XIX. El camino hacia la virología comenzó en 1892 con el biólogo Dmitri Ivanovski, quien realizó un experimento filtrando extractos de hojas de una planta de tabaco infectada. Ivanovski observó que, a pesar del filtrado, el material seguía siendo capaz de infectar otras plantas, lo que demostró que las partículas causantes del daño eran tan diminutas que podían atravesar los poros del filtro. Poco después, en 1899, el microbiólogo Martinus Beijerinck añadió una pieza clave al rompecabezas al observar que estas partículas no podían crecer por sí solas, sino que requerían obligatoriamente de una célula viva para multiplicarse.

En cuanto a su abundancia, las cifras son asombrosas. Aunque es imposible determinar el número exacto, se estima que en la Tierra existen más de 10³¹ virus, una cifra que eclipsa totalmente a la población humana, que no alcanza los 10¹⁰ habitantes. Para dimensionar esta escala, si todos los virus del planeta se alinearan uno tras otro en una columna, podrían extenderse hasta las constelaciones más remotas del universo, alcanzando una distancia de hasta 100 millones de años luz. En términos comparativos, hay muchísimos más virus que estrellas en todo el cosmos.

Desde el punto de vista biológico, los virus se distinguen por no ser células vivas. Debido a esto, carecen de la capacidad de replicarse de forma autónoma y dependen enteramente de acceder al interior de una célula huésped para producir miles de copias de sí mismos. Según el tipo de célula que infecten, se clasifican en diversas categorías. Existen los fitovirus que afectan a las plantas, como el virus Y de la patata; los micovirus que infectan hongos, como el virus de La France del champiñón; y los bacteriófagos o fagos, que atacan bacterias, siendo el virus T4 el que infecta a la Escherichia coli. Por último, están aquellos capaces de infectar células animales y humanas, como el parvovirus en perros, el virus de la rabia o el de la gripe.

A pesar de este vasto despliegue, los microorganismos patógenos, es decir, aquellos que causan enfermedades, representan menos del 1 % del total de virus, bacterias, hongos y parásitos del mundo. Esta estadística revela que la amenaza es mínima comparada con los beneficios que aportan. En el caso humano, cohabitamos con un arsenal de virus conocido como viroma humano. Algunos de ellos, como ciertos retrovirus, aunque pertenecen a la misma familia que el VIH, no son dañinos. Al contrario, contribuyen a la generación de proteínas esenciales y han participado en la formación de genes cruciales para el desarrollo de la placenta humana.

Los bacteriófagos también desempeñan roles vitales. En los océanos, participan en el ciclo del carbono liberando oxígeno y eliminando bacterias para generar nutrientes. En el ámbito médico, se utilizan en la fagoterapia para tratar infecciones causadas por bacterias resistentes a los antibióticos. Asimismo, la industria alimentaria emplea bacteriófagos para eliminar salmonelas en aves y para conservar frutas y verduras. Finalmente, algunos micovirus, como el Cryphonectria hypovirus 1, ayudan a combatir el chancro del castaño al reducir la virulencia del hongo que provoca la enfermedad, transmitiéndose a otros hongos y volviéndolos menos agresivos. En conclusión, aunque solo conocemos una pequeña fracción de los virus que nos rodean, la ciencia demuestra que la mayoría no son nuestros enemigos, sino componentes esenciales de la vida.

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