Durante gran parte del siglo XX, el flujo de energía del planeta estuvo bajo el control de un reducido grupo de empresas transnacionales conocidas como Las Siete Hermanas. Este grupo estaba compuesto por Standard Oil of New Jersey (Esso), Anglo Iranian Oil Company (AIOC), Standard Oil of New York (Socony), Gulf Oil, Standard Oil of California (Socal), Texaco y Royal Dutch Shell. Aunque hoy en día solo nombres como Shell y BP (antes AIOC) resulten familiares para el público general, estas compañías ejercieron una influencia predominante en la economía global al monopolizar la producción y las reservas de crudo fuera de Estados Unidos y la Unión Soviética.
El término Las Siete Hermanas fue acuñado por Enrico Mattei, jefe de la petrolera estatal italiana ENI, para describir la naturaleza de este oligopolio. Según el profesor de Historia de la Universidad Tre de Roma, Giuliano Garavini, Mattei utilizó este nombre para señalar cómo estas firmas controlaban el mercado mundial. Por su parte, el historiador venezolano Rafael Arráiz Lucca sugiere que el nombre podría haber sido un guiño al mito griego de las Pléyades. Además, parte de esta estructura surgió de la aplicación de leyes antimonopolio en Estados Unidos en 1911, cuando la Corte Suprema obligó a John D. Rockefeller a dividir su imperio, Standard Oil, en 39 empresas más pequeñas que luego se fusionaron en los conglomerados que formarían el cartel.
El comportamiento coordinado de estas empresas se consolidó en agosto de 1928 durante el Acuerdo de Achnacarry, una reunión secreta en las tierras altas escocesas. Bajo la apariencia de una partida de caza organizada por Henri Deterding de Shell, los directivos de Shell, Standard Oil de New Jersey y la Anglo-Persian pactaron frenar la competencia agresiva que los estaba desangrando. Acordaron un sistema de cuotas de producción para estabilizar los precios al alza, compartir instalaciones para reducir costos y repartirse los yacimientos recién descubiertos en Irán. Este pacto permaneció oculto hasta 1952, cuando fue revelado ante la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos.
El poder de este grupo trascendió lo económico para influir en la política internacional. Un ejemplo crítico ocurrió en 1951, cuando Irán nacionalizó su industria petrolera debido a que BP no invertía lo suficiente ni pagaba los impuestos correspondientes. En respuesta, las Siete Hermanas bloquearon la venta de crudo iraní. Posteriormente, la intervención de la CIA y el MI6 llevó al derrocamiento del gobierno de Mohammad Mosaddeq en 1953, siendo reemplazado por el sha Reza Pahlavi.
En Venezuela, el impacto de estas transnacionales fue profundo. Shell fue la pionera al explotar el pozo Zumaque 1 en 1914, seguida por Standard Oil de New Jersey, que rápidamente dominó la mitad de los pozos del país mediante la compra de concesiones y empresas pequeñas. El experto José Toro Hardy recuerda que las filiales operaban bajo nombres locales: Standard Oil de New Jersey era Creole Petroleum Corporation y Gulf Oil era la Mene Grande. Durante la Segunda Guerra Mundial, el petróleo venezolano fue vital para los aliados, suministrando más del 60% del crudo utilizado. Asimismo, las concesionarias construyeron la infraestructura esencial de refinerías que, aunque modernizadas tras la nacionalización de 1976, siguen siendo pilares de la industria nacional.
El declive de este poder comenzó en la década de 1960 con la creación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y las sucesivas nacionalizaciones en Venezuela y el Golfo Pérsico. Los países exportadores buscaron coordinarse para disputar el control de la producción y los precios, quitándole influencia a las transnacionales. Para 1970, las Siete Hermanas controlaban el 85% de las reservas y el 80% de la producción mundial (excluyendo EE. UU. y la URSS), pero la OPEP logró desplazar ese dominio hacia las empresas nacionales como Aramco en Arabia Saudita.
En la actualidad, solo sobreviven cuatro de las originales: ExxonMobil (fusión de Esso y Mobil), Chevron (fusión de Gulf y Texaco), BP y Shell. Tras la nacionalización de 1976, algunas mantuvieron presencia mediante contratos de servicio. En los años 90, la Apertura Petrolera permitió el regreso de firmas como ExxonMobil y Chevron, pero este proceso fue truncado en 2007 por una segunda nacionalización impulsada por Hugo Chávez. Recientemente, tras la operación militar del 3 de enero que terminó con la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, se ha abierto la posibilidad de retomar la inversión privada. El presidente Donald Trump pidió inversiones por 100.000 millones de dólares para rescatar la industria, mientras el Parlamento venezolano reformó la Ley de Hidrocarburos. Actualmente, Chevron produce 250.000 barriles diarios en el país, con el objetivo de elevar la cifra a 300.000 para marzo.


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