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Dos décadas de búsqueda: El drama de una madre que no se rinde por su hija desaparecida en Coahuila

La vida de la familia de Silvia Ortiz se quebró hace más de 21 años, la noche del viernes 5 de noviembre de 2004, cuando su hija adolescente, Silvia Stephanie Sánchez Viesca Ortiz, no regresó a casa.

Dos décadas de búsqueda: El drama de una madre que no se rinde por su hija desaparecida en Coahuila

La vida de Silvia Ortiz se fracturó hace más de 21 años, específicamente la noche del viernes 5 de noviembre de 2004. En esa fecha, su hija adolescente, Silvia Stephanie Sánchez Viesca Ortiz, no regresó a su hogar, iniciando una tragedia que ha marcado la existencia de toda su familia. Silvia Stephanie tenía entonces 16 años y mantenía rutinas muy claras: asistía a clases y, por las tardes, regresaba a casa junto a su hermano mayor, Michel, para comer y estudiar antes de salir a sus actividades deportivas. Ambos practicaban baloncesto en Torreón, Coahuila, ciudad donde nacieron y residen.

Normalmente, la joven regresaba a casa antes de las 9:00 de la noche, o a más tardar a las 9:30 si se encontraba acompañada por Michel y sus amistades. Sin embargo, aquel viernes el tiempo transcurrió sin que hubiera noticias de ella. La preocupación aumentó cuando un amigo de la joven fue a buscarla para recuperar un discman que ella le había prestado, y poco después llegó su hermano, quien se había separado de ella debido a un torneo. En ese instante, la familia comprendió que algo grave había sucedido. Silvia Ortiz inició una búsqueda inmediata que la llevó a visitar a amigas de su hija y a interrogar a cualquier persona que pudiera haberla visto; los testimonios indicaron que el rastro de la joven se perdió en algún punto mientras se dirigía a la parada del autobús que utilizaba habitualmente para volver a casa.

Esta experiencia sumergió a Silvia en un entorno de dificultades y burocracia que describe como un camino lleno de baches, piedras y obstáculos. Su historia refleja una crisis sistémica en México, donde desde 1952 se han registrado más de 133,000 desapariciones, la gran mayoría concentradas en este siglo y vinculadas al incremento de la violencia criminal. Solo en el estado de Coahuila existen más de 3,600 casos. Al igual que muchas otras madres buscadoras, Silvia enfrentó la falta de disposición de las autoridades. Poco después de la desaparición, acudió a una prima que trabajaba en la Fiscalía de Coahuila solicitando ayuda, pero la respuesta fue la minimización del problema, sugiriéndole que la joven probablemente estaba con un novio.

Aunque la Fiscalía de Coahuila abrió un acta el sábado 6 de noviembre de 2004, la investigación no avanzó. En aquel periodo, México carecía de marcos legales fundamentales, como la Ley General de Víctimas de 2013 o la Ley General en Materia de Desaparición Forzada de 2017. Ante la inacción oficial, Silvia, su esposo Oscar Sánchez Viesca y sus hijos, Michel y Eder Christopher, buscaron apoyo en organizaciones civiles para intentar abrir puertas en Coahuila y en la Ciudad de México. A pesar de los esfuerzos, la ficha de búsqueda oficial registra que el primer reporte del caso data del 1 de diciembre de 2006.

El impacto personal para Silvia fue devastador. Antes de la desaparición, era maestra de secundaria y enseñaba Dibujo Técnico Industrial en Torreón. Tras aquel suceso, abandonó su profesión para priorizar la búsqueda de su hija. El costo financiero ha sido altísimo: la familia vendió joyas heredadas, traspasó una casa y organizó rifas y venta de alimentos para costear los gastos. Silvia recuerda con dolor los viajes a la capital del país, donde se hospedaba en hoteles en mal estado, centrales de autobús o parques, alimentándose principalmente de sopas instantáneas.

Hoy, Silvia es miembro del colectivo Grupo Vida Laguna. Su rutina ha cambiado radicalmente: ya no imparte clases, sino que participa en jornadas de búsqueda de campo, realiza llamadas y acompaña a otras familias a presentar denuncias. Se ha convertido en un pilar de apoyo para otras madres que sienten miedo, instándolas a luchar por sus familiares. Para Silvia, el motor de su perseverancia es el pensamiento del miedo que su hija pudo haber sentido.

A pesar del dolor, Silvia mantiene vivo el recuerdo de su hija como una joven deportista, amante del chocolate y la música de Britney Spears, que aspiraba a ser pediatra. Ante la proximidad de una nueva marcha el 10 de mayo en la Ciudad de México, Silvia expresa que, si tuviera a su hija frente a ella, le pediría perdón por no haberla encontrado antes, sosteniendo la convicción de que ninguna joven debería enfrentar el riesgo de desaparecer y que todas merecen vivir en plena libertad.

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