El investigador Anatolii Doroshenko se adentra mensualmente en los laberintos subterráneos de la central nuclear de Chernóbil, un entorno de alta radiación que sobrevivió a la explosión de 1986, para monitorear el combustible nuclear y asegurar la estabilidad del reactor número cuatro. Su labor, descrita por la revista New Scientist como el trabajo más peligroso del mundo , es crucial para prevenir un nuevo desastre y comprender los procesos que ocurren en el interior del reactor destruido.
A diez metros bajo el reactor cuatro, se extiende una red de centros de control y monitoreo que, sorprendentemente, resistieron la devastadora explosión del 26 de abril de 1986. Este complejo subterráneo, que Doroshenko describe como un gran laberinto , es el escenario de su peligrosa misión mensual. Allí, el investigador del Instituto para los Problemas de Seguridad de las Centrales Nucleares (ISPNPP) se encarga de una serie de tareas esenciales: revisar equipos, recolectar datos, instalar medidores, tomar muestras y monitorear el estado del combustible nuclear.
La radiación en algunas salas es tan intensa que obliga a Doroshenko a completar sus tareas en menos de cuatro minutos antes de tener que evacuar. En otras áreas, los niveles de radiactividad son simplemente demasiado altos para siquiera detenerse. A pesar del peligro, su trabajo es fundamental para garantizar que las condiciones del reactor permanezcan estables y evitar una nueva liberación de material radiactivo.
Doroshenko reconoce que el miedo es una constante en su trabajo, pero lo utiliza como una herramienta para mantenerse concentrado y seguir los protocolos de seguridad. El miedo te ayuda a mantener el control y seguir las indicaciones para asegurar bajas dosis de radiación , explica. Sin embargo, advierte sobre el peligro de acostumbrarse a las condiciones extremas. Aquí el mayor riesgo es acostumbrarte a las condiciones del lugar. Si te acostumbrás al miedo, comenzás a ignorar que estás rodeado de radiación. Cualquier cosa, un guante, una pieza de metal, puede estar contaminada, aunque no lo notes .
Los laberintos que recorre Doroshenko son las instalaciones desde las que se operaba la planta de Chernóbil antes del accidente. El ambiente es oscuro y claustrofóbico, con corredores estrechos que obligan a caminar agachados. Aunque las salas y corredores están señalizados, es necesario un conocimiento profundo del lugar para evitar perderse en la intrincada red de pasadizos. Los mapas de contaminación son herramientas esenciales para identificar las áreas con mayor radiactividad y determinar dónde se puede trabajar de forma segura. Aquí todos los científicos sabemos dónde podemos trabajar y dónde no , asegura Doroshenko.
El interior de los laberintos está lleno de peligros, incluyendo tubos con agua radioactiva y formaciones de corio, una sustancia resultante de la fusión del combustible nuclear con las estructuras del reactor a temperaturas de miles de grados Celsius. El corio, que se filtró entre las ruinas como lava, ha formado figuras peculiares, siendo la más conocida una formación llamada la pata de elefante .
Según el Organismo Internacional de Energía Atómica, aún quedan unas 200 toneladas de combustible nuclear altamente radioactivo en la unidad cuatro. Se estima que la recuperación de este material llevará alrededor de 40 años. Actualmente, el reactor está cubierto por un sarcófago, que a su vez está rodeado del Nuevo Confinamiento Seguro, un domo de acero más alto que la Estatua de la Libertad, diseñado para sellar herméticamente el reactor 4 y proteger al mundo de la radiación de Chernóbil durante los próximos 100 años.
A pesar de las medidas de seguridad, gran parte del combustible nuclear permanece en rincones inaccesibles para Doroshenko y sus colegas. El investigador explica que, si fuera posible tomar muestras del reactor destruido, se podría determinar con mayor precisión su nivel de riesgo nuclear. Sin embargo, el acceso humano es imposible debido a la enorme capa de hormigón que cubre la unidad cuatro. Por ello, se centran en realizar mediciones para comprender los procesos que ocurren en el combustible nuclear.
Para descender al laberinto, Doroshenko utiliza varias capas de indumentaria protectora, incluyendo cubremangas, cubrezapatos y un respirador FFP2 con válvula. En las zonas más estrechas, donde es necesario abrirse paso entre los escombros, se añade un atuendo especial de polietileno.
Al salir del laberinto, Doroshenko debe pasar por varios puntos de control y una zona sucia donde se quita la ropa, que se somete a un proceso de descontaminación o se destruye si no se puede eliminar la radiación. A continuación, se realiza una ducha obligatoria y una evaluación en una estación de dosimetría para confirmar que no haya partículas radiactivas en su cuerpo.
A pesar de los riesgos, Doroshenko disfruta de su trabajo. Describe la visita a la unidad cuatro como una experiencia casi eufórica , comparable a la sensación de escalar el Everest. Sin embargo, insiste en la importancia de mantener el control en todo momento. Lo principal es no entrar en pánico; el pánico te lleva a cometer errores .
Doroshenko desmitifica la imagen aterradora que a menudo se tiene de Chernóbil. Este lugar está lleno de mitos y a menudo se le demoniza, pero no es tan aterrador como muchos intentan presentarlo. Cuando estás ahí, te das cuenta de que es una estructura creada por el ser humano. Comprendés que este espacio requiere vigilancia y supervisión constantes. Si personas como nosotros dejamos de bajar, ahí se iniciará un proceso incontrolado, y eso es peligroso .
Doroshenko se somete a exámenes médicos anuales y, en sus vacaciones, busca la tranquilidad del mar. No se plantea un límite de tiempo para su trabajo. Seguiré bajando a los laberintos del reactor mientras pueda , afirma. No me puse un límite. Si viera una generación que pudiera reemplazarme, ya estaría pensando en jubilarme. Pero por ahora, no pienso en eso .
Para Doroshenko, lo más importante es que la gente recuerde los desafíos que enfrenta Chernóbil: contener la radiación de los residuos de combustible nuclear y mantener el control de las instalaciones. Es un trabajo duro , concluye. Chernóbil no debe ser olvidado .










