La vida silvestre está prosperando en lugares inesperados, como la zona desmilitarizada entre Corea del Norte y Corea del Sur, y la zona de exclusión de Chernóbil, demostrando una notable capacidad de resilvestración cuando la interferencia humana disminuye. Estos entornos, marcados por conflictos o desastres, se han convertido en santuarios para especies en peligro de extinción y una lección potencial para las estrategias de conservación.
La zona desmilitarizada (DMZ) coreana, establecida en 1953 tras el armisticio de la Guerra de Corea, se extiende a lo largo de 248 kilómetros y 4 kilómetros de ancho. A pesar de estar plagada de minas terrestres y con actividades humanas severamente restringidas, la DMZ alberga una biodiversidad sorprendente. El Instituto Nacional de Ecología de Corea del Sur estima que 6.168 especies de vida silvestre habitan en la zona, incluyendo un 38% de las especies en peligro de extinción de la península. Especies como águilas reales, cabras montesas y ciervos almizcleros han encontrado refugio en este territorio, junto con numerosas plantas endémicas de Corea, que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo.
Seung ho Lee, presidente de The DMZ Forum, una organización dedicada a la conservación en la zona, explica que la naturaleza ha sido "protegida accidentalmente por el armisticio". La ausencia de actividad humana ha permitido que animales y aves accedan a la zona, recuperando su espacio natural. Entre las especies de importancia mundial que habitan la DMZ se encuentran las grullas, que migran a través de la región.
La zona de exclusión de Chernóbil, establecida tras la explosión del reactor nuclear en 1986, ofrece un ejemplo similar de resilvestración. La explosión liberó radionúclidos peligrosos a la atmósfera, contaminando miles de kilómetros cuadrados y obligando a la evacuación de cientos de miles de personas. La zona de exclusión, que ahora cubre alrededor de 4.000 kilómetros cuadrados, sigue siendo uno de los lugares más contaminados radiactivamente del mundo.
Inicialmente, la explosión tuvo graves impactos ecológicos, con la muerte de árboles que se volvieron de color "rojizo marrón" en lo que se conoce como el Bosque Rojo, y daños en mamíferos y vida acuática. Sin embargo, los elementos radiactivos se desintegraron rápidamente, reduciendo las dosis de radiación a niveles crónicos de bajo nivel que, aunque no seguros para la habitabilidad humana a largo plazo, no representan una amenaza significativa para muchas especies animales.
Según Jim Smith, profesor de ciencias ambientales de la Universidad de Portsmouth, en el Reino Unido, la zona de exclusión es ahora "mucho más diversa y abundante ecológicamente de lo que era antes del accidente". Estudios realizados en los lagos de la zona, incluyendo el estanque de enfriamiento nuclear, revelaron que los lagos más contaminados presentan niveles de diversidad y abundancia de comunidades acuáticas similares a los lagos casi no contaminados.
Las poblaciones de mamíferos también han prosperado en la zona de exclusión. Los análisis no mostraron diferencias significativas en las poblaciones de mamíferos entre las áreas más y menos contaminadas, excepto en el caso de los lobos, cuya población es siete veces mayor en Chernóbil que en otras reservas naturales de la región.
Germán Orizaola, profesor de zoología en la Universidad de Oviedo, en España, destaca que la zona de exclusión ofrece un entorno ideal para la vida silvestre: "Es un área enorme, libre para la vida silvestre, sin ruido, sin luces, sin pesticidas, sin herbicidas, sin explotación forestal, sin agricultura". La ausencia de presión humana, según Orizaola, es "muchísimo peor para la naturaleza que el peor accidente nuclear de la historia".
Smith coincide con esta perspectiva, afirmando que la ocupación humana de un ecosistema es el daño real, mientras que la contaminación es un factor secundario. Chernóbil, en su opinión, es un "ejemplo poderoso de lo que puede hacer la resilvestración".
Orizaola cree que el sitio de Chernóbil demuestra qué tipo de estrategias de conservación son efectivas. A menudo, las reservas naturales y los parques nacionales se convierten en atracciones turísticas o se someten a algún tipo de explotación humana, lo que compromete su función de conservación. Chernóbil, en cambio, ofrece un modelo donde la naturaleza se deja a sí misma, permitiendo que "la naturaleza sea naturaleza". La lección clave, según los expertos, es que reducir la presión humana sobre los territorios es la mejor receta para preservar la biodiversidad y permitir que los ecosistemas se recuperen.











