Las personas nacidas entre las décadas de 1960 y 1970 exhiben un notable nivel de resiliencia psicológica, según revelan diversos estudios en el campo de la psicología del desarrollo y la economía conductual. Esta fortaleza mental se atribuye, en gran medida, a un modelo de crianza caracterizado por una supervisión adulta limitada y una temprana promoción de la autonomía.
Este entorno particular fomentó en los niños de esa época una mayor tolerancia a la frustración y un sólido sentido de control interno, factores que actúan como un escudo protector contra el desarrollo de trastornos mentales en la vida adulta. La psicóloga Diana Baumrind, de la Universidad de California en Berkeley, definió en 1966 tres estilos de crianza: el autoritario, el autoritativo y el permisivo. Sin embargo, la realidad de la infancia en los años sesenta distó significativamente de estos modelos, inclinándose hacia una independencia mucho más amplia.
Los niños de esa generación se desplazaban a la escuela sin la compañía de un adulto, resolvían sus propios conflictos sin la intervención de figuras parentales y aprendían a lidiar con la espera sin la gratificación inmediata. Este contexto social respondía a la alta carga laboral de los padres y a una cultura que no priorizaba la atención al bienestar emocional de los menores.
El psicólogo Peter Gray, del Boston College, describió esta dinámica como juego libre , destacando que la capacidad de dirigir sus propias actividades y negociar con otros niños les permitió desarrollar habilidades emocionales cruciales. El concepto de locus de control, que refleja la percepción que tiene una persona sobre si controla su propia vida o si está determinada por factores externos, ha sido objeto de estudio en relación con esta generación.
La psicóloga Jean Twenge analizó este indicador entre 1960 y 2002, observando un desplazamiento hacia un control externo en las generaciones más recientes. Para el año 2002, un joven promedio se sentía más condicionado por factores externos que el 80% de los jóvenes de la década de 1960. Este cambio coincidió con un aumento preocupante en los índices de ansiedad, depresión y suicidio, lo que sugiere una correlación entre la pérdida de control percibido y el deterioro de la salud mental. La evidencia indica que la generación de los sesenta mantuvo una mayor confianza en su capacidad de tomar decisiones y moldear su propio destino.
La tolerancia a la incomodidad fue un elemento central en la vida de los niños de esa época. La falta de distracciones como pantallas y la ausencia de respuestas inmediatas al aburrimiento los obligaban a enfrentar y superar situaciones desafiantes. La necesidad de ahorrar para realizar pequeñas compras y la falta de intervención adulta ante conflictos menores funcionaban como un entrenamiento emocional que fortalecía su capacidad para gestionar sus emociones desde una edad temprana.
Sin embargo, los especialistas también señalan que este modelo de crianza tuvo efectos negativos. La represión emocional y el estigma asociado a la salud mental generaron consecuencias perjudiciales en esa generación, dificultando la búsqueda de ayuda y el reconocimiento de sus propias necesidades emocionales.
En la actualidad, la tendencia hacia una supervisión constante y una protección excesiva limita la exposición de los niños a situaciones difíciles. Este modelo, si bien bienintencionado, puede transmitir una sensación de incapacidad y dependencia, impidiendo el desarrollo de herramientas emocionales esenciales. Al reducir la exposición a obstáculos, se disminuye la oportunidad de aprender a superar desafíos y se pospone el desarrollo de la resiliencia.
La evidencia sugiere que muchas crisis emocionales se trasladan a la adultez, cuando las personas carecen de la experiencia previa necesaria para enfrentarlas de manera efectiva. Antes, los conflictos se resolvían en espacios como el patio de juegos, donde los niños aprendían a negociar, a comprometerse y a asumir las consecuencias de sus acciones. Hoy en día, estos desafíos a menudo se presentan en etapas posteriores de la vida, cuando las personas están menos preparadas para afrontarlos.
La investigación sugiere que fomentar la autonomía y la resiliencia en la infancia es fundamental para promover la salud mental y el bienestar a largo plazo. Permitir que los niños enfrenten desafíos, tomen decisiones y aprendan de sus errores les proporciona las herramientas necesarias para navegar por las complejidades de la vida y desarrollar una mayor capacidad para adaptarse y prosperar. La clave reside en encontrar un equilibrio entre la protección y la libertad, brindando a los niños el apoyo que necesitan sin sofocarlos ni impedir su crecimiento emocional.









