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Artemis II: Éxito Lunar con Impacto Climático

Artemis II: Éxito Lunar con Impacto Climático
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La misión Artemis II de la NASA, que orbitó la Luna con éxito y regresó a la Tierra el 10 de abril tras un vuelo de diez días, ha revelado una paradoja crucial: incluso los avances espaciales más ambiciosos dejan una huella ambiental significativa en nuestro planeta. La consultora Greenly ha medido que la misión generó entre 2.154 y 2.343 toneladas de dióxido de carbono equivalente antes del despegue, provenientes de la logística y la producción industrial necesaria para el lanzamiento. Este impacto acumulado exige un examen exhaustivo de cada etapa del programa espacial, a pesar de que el vuelo en sí mismo inspira una nueva conciencia sobre el equilibrio entre la exploración espacial y la protección del medio ambiente terrestre.

La tripulación de Artemis II, compuesta por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, batió récords de distancia y simbolizó la inclusión global en la exploración espacial. Sin embargo, el éxito de la misión no eclipsa la realidad de sus emisiones. El cohete SLS, que utilizó hidrógeno líquido y oxígeno líquido como propelentes principales, liberó 1.285 toneladas de vapor de agua en lugar de dióxido de carbono directo durante la combustión. No obstante, los impulsores sólidos añadieron partículas de aluminio y cloro durante el ascenso inicial, contribuyendo a la contaminación atmosférica. El consumo masivo de combustible, alcanzando 13 toneladas por segundo en el despegue, subraya la intensidad de los recursos necesarios para estas misiones.

La producción de hidrógeno, un componente clave del combustible del SLS, depende actualmente del reformado con gas natural, generando entre 90 y 106 toneladas de emisiones indirectas. Además, los impulsores sólidos incorporan polibutadieno derivado del petróleo como aglutinante, lo que revela una dependencia oculta de los combustibles fósiles en la cadena de suministro. La logística terrestre, con miles de litros de diésel quemados en transportadores y maquinaria pesada, también contribuye significativamente al impacto ambiental total.

A pesar de estas emisiones, la misión Artemis II ha despertado un profundo sentido de conexión con el planeta Tierra. Victor Glover citó pasajes bíblicos desde el espacio, extendiendo un mensaje de unidad y responsabilidad hacia nuestro hogar. Las fotografías tomadas por la tripulación mostraron la Tierra como un oasis frágil en la inmensidad del espacio, reforzando la necesidad de protegerlo. Los astronautas regresaron con la convicción de que el espacio refleja los límites terrestres y exige un enfoque equilibrado en la exploración y la conservación.

Sin embargo, el impacto ambiental de Artemis II va más allá de las emisiones de gases de efecto invernadero. Los impulsores sólidos liberaron cloro gaseoso y partículas de alúmina que dañan la capa de ozono estratosférico. Un estudio de Nature, previsto para 2025, confirma que las emisiones de cohetes reducen el ozono, lo que podría retrasar la recuperación natural de este escudo protector. Además, el carbono negro inyectado en la estratosfera multiplica el calentamiento global hasta 1.500 veces más que el dióxido de carbono.

El vapor de agua generado por el hidrógeno, aunque no es dióxido de carbono, actúa como un gas de efecto invernadero persistente en altitudes donde el ciclo natural es lento, acumulando su impacto con el tiempo. Las partículas de hollín procedentes de los impulsores sólidos calientan la atmósfera superior con mayor intensidad que muchos combustibles convencionales, exacerbando el riesgo atmosférico a medida que aumentan los lanzamientos espaciales.

La reentrada de la cápsula Orion también dejó un rastro de óxidos y metales que agotan el ozono, producto de la combustión parcial durante el descenso. El análisis de la ONU indica que los cohetes emiten hollín y aluminio que influyen en la química atmosférica completa, añadiendo una capa adicional de contaminación química.

Aunque las emisiones de un lanzamiento moderno, que rondan las 200 a 300 toneladas de dióxido de carbono, pueden parecer pequeñas en comparación con la aviación global, el crecimiento exponencial de los vuelos espaciales acumula efectos significativos en la atmósfera superior. Los expertos instan a revisiones estrictas antes de que miles de lanzamientos anuales al espacio exterior alteren el equilibrio climático.

La misión Artemis II demuestra que la tecnología espacial puede evolucionar hacia combustibles más limpios si la producción se descarboniza. El vuelo acelera la investigación en hidrógeno verde y alternativas renovables, y los datos recogidos ayudan a monitorear el clima terrestre desde órbita. Este impacto obliga a la innovación y a la medición precisa de cada huella futura.

El SLS consumió más de 2,6 millones de litros de hidrógeno y oxígeno criogénicos, generando una imagen aparentemente sostenible debido a la producción de vapor de agua. Sin embargo, la fabricación industrial de estos combustibles depende del gas natural y consume energía fósil. La consultora Greenly compara estas emisiones indirectas con las del Apolo 8, que alcanzaron alrededor de 1.979 toneladas de dióxido de carbono equivalente.

Los impulsores sólidos laterales aportaron el 75% del empuje inicial, utilizando polibutadieno derivado del petróleo, lo que vincula el despegue a las cadenas de suministro tradicionales. La síntesis de polímeros para la cápsula Orion también proviene de la industria plástica, revelando que la etiqueta de misión limpia oculta costos fósiles ocultos en tierra.

La logística previa al lanzamiento requirió transportadores sobre orugas y maquinaria pesada que quemaron miles de litros de diésel, superando la combustión directa en términos de impacto total. Sin embargo, la cápsula Orion incorpora filtros regenerables que reciclan dióxido de carbono y humedad, reduciendo la necesidad de materiales químicos desechables y aplicando tecnologías terrestres de eficiencia.

Estos filtros regenerables, junto con el diseño cerrado de la cápsula, minimizan los desechos y fomentan una economía circular. La exploración espacial obliga a repensar el consumo masivo y a priorizar la regeneración de recursos. La paradoja de la misión Artemis II impulsa la innovación, ya que el espacio revela límites que la Tierra ya está sufriendo.

Los expertos exigen el uso de hidrógeno producido con energías renovables y biocombustibles adaptados. La tripulación, al ver el planeta como un sistema finito, transformó la ambición cósmica en un llamado urgente a la transición energética global.

Además del impacto climático, la misión Artemis II atravesó una zona de desechos espaciales que contiene más de 130 millones de fragmentos orbitando la Tierra a velocidades de hasta 15 kilómetros por segundo, contribuyendo al riesgo del síndrome de Kessler, una cascada de colisiones que podría inutilizar órbitas enteras. La ONU advierte que estos impactos amenazan a los satélites que proporcionan el 70% al 80% de los datos ambientales.

Los tratados espaciales de 1967 a 1979 resultan insuficientes ante el auge actual de los lanzamientos. Estos acuerdos establecen principios generales, pero carecen de definiciones precisas sobre los desechos espaciales. Sin embargo, los Acuerdos Artemis, firmados por 61 naciones, promueven la mitigación de la basura orbital y la disposición segura de naves, aunque su naturaleza de soft law depende de la voluntad política de cada país.

La Oficina de las Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Ultraterrestre urge a la cooperación para establecer estándares globales de sostenibilidad. La comunidad científica presiona por marcos vinculantes, ya que los datos sobre emisiones y reingresos mejoran el seguimiento. El diseño de naves debe incluir desorbitación segura y materiales reciclables, y la protección de cielos oscuros y órbitas funcionales se vuelve una prioridad compartida.

La basura espacial interfiere con la astronomía y aumenta el brillo del cielo nocturno. No obstante, la exploración espacial genera beneficios, ya que los satélites monitorean incendios, inundaciones y el cambio climático con precisión. La sostenibilidad espacial significa minimizar los desechos y reducir las emisiones a largo plazo.

La misión Artemis II acelera el debate sobre reglas internacionales que protejan el espacio como un bien común. La preparación para aterrizajes tripulados en 2028 y asentamientos permanentes en la próxima década, con planes para utilizar hielo lunar para producir combustible y reducir el transporte desde la Tierra, fomenta una economía circular en el satélite. La tecnología de soporte vital regenerable mejora los sistemas de reciclaje que se aplican ya en comunidades terrestres vulnerables.

La tripulación regresó con datos científicos que fortalecen la observación climática global. Las imágenes de la Tierra revelan transformaciones visibles, transmitiendo la urgencia de proteger el planeta. Los críticos señalan que la financiación espacial compite con la adaptación climática en países vulnerables, lo que exige alinear la ambición cósmica con la justicia terrestre.

La NASA desarrolla energías renovables en el espacio y evalúa los impactos ambientales antes de nuevas fases. La exploración responsable incluye zonas protegidas en cráteres polares lunares y talleres internacionales sobre ética planetaria que avanzan hacia tratados actualizados. La presencia humana en la Luna obliga a establecer reglas estrictas que eviten la contaminación irreversible del hielo y los sitios científicos.

El cambio de conciencia surge porque los astronautas vieron la Tierra como un frágil oasis y lo compartieron. Sin embargo, el progreso no debe enmascarar las crisis de biodiversidad y desigualdad. La misión inspira a priorizar la sostenibilidad en cada lanzamiento futuro, fortaleciendo la cooperación entre agencias, empresas y gobiernos para beneficiar tanto el espacio como la atmósfera terrestre.

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