La nostalgia de un paraíso perdido en la costa guatemalteca se convierte en un crudo reflejo de la incapacidad gubernamental para mantener y desarrollar la infraestructura del país. La historia de Likin, una playa que desapareció a causa de los efectos de la construcción del Puerto Quetzal, es un símbolo de cuatro décadas de oportunidades perdidas y una profunda crisis de corrupción e incompetencia que ha afectado a Guatemala desde la era democrática.
El autor, evocando recuerdos de su infancia en Likin, describe un lugar idílico donde las familias guatemaltecas disfrutaban de la playa, las piscinas y la camaradería en juegos de dominó y cartas. Sin embargo, la visita recurrente a este paraíso fue testigo de un cambio gradual y devastador: el mar, cada vez más fuerte, erosionó la costa hasta borrar completamente Likin del mapa.
La construcción del Puerto Quetzal, inaugurado en 1983 y ampliado significativamente desde entonces, es identificada como la causa principal de esta transformación. Originalmente diseñado para mover 1.2 millones de toneladas anuales, el puerto ahora maneja cerca de 15 millones, superando más de diez veces su capacidad original. Este crecimiento descontrolado ha alterado el comportamiento de la costa, provocando la erosión de Likin y otros puntos de la línea costera.
El autor denuncia el estado actual del Puerto Quetzal, señalando los daños en su rompeolas, la falta de dragado y el peligro de colapso que lo llevó a operar solo con marea alta. Lo que alguna vez fue un proyecto emblemático para Guatemala se ha convertido, según el texto, en un monumento a la corrupción e incompetencia .
La crítica se extiende a los 12 presidentes que han gobernado Guatemala desde Vinicio Cerezo hasta Bernardo Arévalo, ninguno de los cuales ha logrado resolver los problemas del Puerto Quetzal. Esta inacción se interpreta como una evidencia de la incapacidad y la corrupción que han permeado los gobiernos guatemaltecos.
El problema, sin embargo, es más profundo que la simple modernización del puerto. El autor lamenta la falta de desarrollo de nueva infraestructura a gran escala en Guatemala desde la construcción de la hidroeléctrica de Chixoy. Entre 1976 y 1985, antes de la era democrática , se construyeron obras cruciales como el Puerto Quetzal, el puente de Río Dulce, la hidroeléctrica de Chixoy y el Hospital San Juan de Dios. En contraste, durante las últimas cuatro décadas, no se ha construido ningún megaproyecto comparable.
Esta falta de inversión en infraestructura ha llevado a Guatemala a depender de estructuras obsoletas que se deterioran con el tiempo. El autor expresa su temor de que la situación empeore hasta el punto de que se considere la posibilidad de regresar a un régimen militar. La verdadera tragedia, según el texto, es que Guatemala ha dejado de construir, de pensar en grande y se ha conformado con administrar el deterioro, ya que es mejor negocio no resolver los problemas .
El autor describe la carretera de Escuintla hacia Puerto Quetzal como un reflejo del abandono y la negligencia, sugiriendo que este deterioro se alimenta deliberadamente para justificar la privatización del puerto. La misma preocupación se extiende al aeropuerto, que también se está deteriorando y podría enfrentar un destino similar.
El autor recuerda un debate sobre la privatización de las carreteras y cita una observación que lo dejó impactado: ¡el Autobahn en Alemania, una de las autopistas más eficientes del mundo, es pública! . Esta comparación resalta la incapacidad de los gobiernos guatemaltecos para gestionar eficientemente la infraestructura pública, mientras que otros países, incluso en Latinoamérica, demuestran que es posible hacerlo.
La incompetencia, la falta de planificación, la ejecución deficiente y la falta de mantenimiento se describen como una verg enza nacional . El autor critica a los presidentes que se excusan culpando a los gobiernos anteriores, argumentando que tanto la corrupción como la incompetencia merecen el mismo castigo.
En resumen, el texto presenta una visión pesimista del futuro de Guatemala, donde cuatro décadas de era democrática no han producido ningún megaproyecto nuevo y el país sigue dependiendo de la misma infraestructura obsoleta. El autor se pregunta si las futuras generaciones seguirán viviendo con los mismos problemas durante otros 40 años, y si la inacción continuará hasta el punto de que se considere la posibilidad de regresar a un régimen autoritario. La historia de Likin, la playa perdida, se convierte así en un símbolo de la crisis profunda que enfrenta Guatemala y la urgente necesidad de un cambio en la forma en que se gestiona el país.












