La administración del presidente Nasry Asfura enfrenta una severa crisis comunicacional que erosiona su autoridad y credibilidad ante la ciudadanía hondureña. Según análisis recientes, la vocería gubernamental se caracteriza por una fragmentación interna, donde cada funcionario parece hablar por su cuenta, generando confusión y debilitando la confianza pública. El jefe de prensa de Casa de Gobierno se ve constantemente en la tarea de corregir declaraciones, pero el daño ya está hecho.
Esta situación contrasta con las críticas previas dirigidas al Partido Libertad y Refundación (LIBRE) durante su gestión, superando incluso esos señalamientos en cuanto a desorden y reactividad. La comunicación actual luce arrinconada por la presión ciudadana, lejos de ser estratégica y propositiva.
La falta de una narrativa clara y una línea oficial sólida se agrava en temas sensibles como salud, educación, energía, combustibles e infraestructura, donde la oposición capitaliza las debilidades del gobierno. Las declaraciones del ministro de la Secretaría de Infraestructura y Transporte (SIT) han complicado aún más el panorama.
El silencio del presidente Asfura en momentos clave también es criticado, ya que su inacción permite que la oposición defina el discurso público. En política, el vacío comunicacional es rápidamente llenado por otros, generalmente con intenciones desfavorables.
Las redes sociales se han convertido en un espacio donde la ciudadanía desaprueba y ridiculiza la gestión gubernamental, mientras que el gobierno no logra defenderse eficazmente. Como resultado, la administración Asfura no logra explicar sus acciones, defenderlas o posicionarlas favorablemente, lo que genera una percepción generalizada de descontrol.
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