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Julieta Beltrán Lazo: Del Perfeccionismo a la Autenticidad en el Arte

La artista visual concibe su práctica como un proceso íntimo de exploración donde el error, el cuerpo y la emoción desplazan las certezas. Entre Guadalajara y el extranjero, su obra se aleja de etiquetas para construir una voz propia

Julieta Beltrán Lazo: Del Perfeccionismo a la Autenticidad en el Arte

Julieta Beltrán Lazo, una artista emergente de Guadalajara, ha trazado un camino poco convencional en el mundo del arte, marcado por la búsqueda constante de autenticidad y una profunda reflexión sobre su identidad como creadora y como mexicana. Su historia, lejos de ser una ascensión meteórica, es un relato de auto descubrimiento, de cuestionamiento de las expectativas y de la construcción de una práctica artística que prioriza el proceso sobre el resultado, la introspección sobre la representación y la comunidad sobre la competencia.

Desde su infancia, el arte fue un espacio de libertad para Julieta, un contrapeso al perfeccionismo que impregnaba otros aspectos de su vida. Talleres de teatro, dibujo y pintura no eran vistos como una obligación académica, sino como un juego, una exploración sin juicios ni presiones. Esta temprana experiencia sembró la semilla de una relación con el arte basada en el disfrute y la experimentación, un enfoque que la acompañaría a lo largo de su formación.

A pesar de su inclinación por las humanidades – historia, escritura, pensamiento crítico – Julieta sintió una necesidad imperiosa de trabajar con el cuerpo, de materializar sus ideas a través de la creación manual. Esta dualidad la llevó a estudiar historia del arte, buscando un punto de encuentro entre el intelecto y la práctica. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que la teoría, por sí sola, no era suficiente. La experiencia como asistente en el estudio del artista Eduardo Sarabia le reveló la disciplina y el rigor que implica la vida de un artista, desmitificando la idea romántica de la inspiración espontánea.

La oportunidad de estudiar en la Rhode Island School of Design en Estados Unidos representó un punto de inflexión en su trayectoria. Acostumbrada a un ambiente más relajado y lúdico, Julieta se encontró en un entorno altamente competitivo, donde los estudiantes ya se asumían plenamente como artistas, con una seguridad y una autodefinición que ella no poseía. Este choque cultural la sumió en un periodo de vulnerabilidad y autocrítica, sintiéndose “atrasada” en comparación con sus compañeros.

Sin embargo, la intensidad del trabajo y la exigencia del programa terminaron por fortalecer su determinación. Al observar el compromiso y la seriedad con la que sus compañeros abordaban su trabajo, Julieta se dio cuenta de que ella también podía tomarse a sí misma en serio, de que tenía el derecho de dedicarse a su pasión con la misma disciplina y rigor. Esta experiencia le enseñó la importancia del trabajo sostenido y la necesidad de superar la inseguridad y la autocrítica.

Nombrarse artista, sin embargo, nunca fue fácil para Julieta. Las etiquetas – pintora, artista visual, artista mexicana – le resultaban incómodas y limitantes. Sentía que estas categorías la encasillaban y la impedían explorar su creatividad con libertad. Esta tensión se intensificó durante sus años de formación en Estados Unidos, donde la identidad nacional y lo político se convertían en una exigencia discursiva.

Julieta se sentía presionada a “educar” a los estadounidenses sobre la realidad mexicana, a representar un imaginario que no siempre se correspondía con su propia experiencia. Esta carga, que asumió con cierta reticencia, la llevó a cuestionar su papel como artista y a replantear su trabajo desde una perspectiva más personal y auténtica.

El regreso a Guadalajara, motivado en parte por la pandemia y las restricciones migratorias, resultó ser un giro afortunado. Le permitió desmontar esa lógica representacional y replantear su obra desde otro lugar, desde una postura más honesta y menos condicionada por las expectativas externas. En Guadalajara, no sentía la necesidad de “educar” a nadie, sino de educarse a sí misma, de entender sus propios privilegios y de explorar su identidad desde una perspectiva más crítica y reflexiva.

A partir de ese regreso, su práctica comenzó a desplazarse hacia temas que antes había relegado: la intimidad, el cuerpo, los afectos, los cuidados. Preguntas menos declarativas y más situadas, que le permitieron conectar con sus propias emociones y experiencias. Este cambio de enfoque le permitió encontrar una voz propia y desarrollar un lenguaje visual más personal y significativo.

Instalarse nuevamente en Guadalajara también significó encontrar comunidad. Tras un periodo trabajando únicamente en su estudio, comenzó a colaborar como asistente gráfica en el estudio de José Dávila. Este equilibrio – medio tiempo en un espacio ajeno, tardes dedicadas a su propia obra – le permitió sostener una práctica sin que una absorbiera a la otra. La colaboración con otros artistas y la participación en espacios culturales independientes le brindaron un sentido de pertenencia y le permitieron sentirse parte de un ecosistema creativo vibrante y diverso.

La estabilidad que encontró en Guadalajara no la detuvo en su búsqueda de crecimiento y experimentación. El deseo de desafiarse a sí misma y de salir de su zona de confort la llevó a cursar una maestría en Chicago. Este movimiento no respondía a una huida, sino a una necesidad de reconfiguración, de ampliar sus horizontes y de explorar nuevas posibilidades creativas.

Con mayor claridad sobre lo que no quería – no volver a posicionarse como “la artista mexicana” encargada de representar un imaginario estereotipado – Julieta se enfocó en preguntas más íntimas y personales, en temas que realmente la inquietaban y la incomodaban. Aprendió a no aferrarse a las fórmulas que alguna vez funcionaron, a entender que abandonar una forma no es descartarla para siempre, sino dejar que vuelva transformada.

Para Julieta, el arte no es una producción orientada exclusivamente al mercado ni una identidad profesional cerrada. Es, ante todo, un proceso de metabolización, una forma de dar sentido a sus experiencias y de comprender su relación con el mundo. La pintura es la herramienta que utiliza para transformar sus ideas y sentimientos en imágenes, para expresar lo que reside en su interior.

Incluso sin público, sin exhibiciones, la necesidad de crear persistiría. El arte es para ella una forma de autoexploración, de autoconocimiento y de conexión con su propia esencia. Es un proceso que le permite procesar sus emociones, entender sus patrones de pensamiento y imaginar otros futuros posibles.

Julieta reconoce que su práctica no siempre es fácil ni placentera. A veces, el arte le revela zonas incómodas, patrones repetitivos, tensiones no resueltas. Pero incluso estas experiencias negativas son valiosas, ya que le permiten crecer y evolucionar como artista y como persona.

Entre sus referentes se encuentran artistas como Ana Mendieta, Beatriz González y Miriam Cahn, quienes han trabajado el cuerpo, lo político y lo incómodo desde registros distintos. También el muralismo mexicano, que ha influido en su lenguaje visual de manera inconsciente.

Hoy, Julieta se encuentra en un momento de transición consciente, cerrando la década de los veinte sin prisa por cristalizar una idea de éxito. Siente que ha construido las cosas a su ritmo, de una forma coherente con sus valores y con la ética que quiere sostener en su estudio. A pesar de las frustraciones y los límites autoimpuestos, se siente orgullosa de haber mantenido su autenticidad y de haber seguido su propio camino.

El deseo de volver a Guadalajara permanece latente. No como un repliegue, sino como una apuesta por la comunidad y por la riqueza cultural de su país. Siente que el diálogo con su trabajo se enriquece en Guadalajara, que allí encuentra un ecosistema creativo que le permite crecer y desarrollarse como artista.

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