La alteración del sueño, un problema creciente en Chile y el mundo, no es simplemente una molestia pasajera. Según expertos, la falta de descanso adecuado impacta directamente en nuestra percepción de la realidad, memoria, capacidad de razonar y, crucialmente, en la salud cerebral a largo plazo. La analogía con Alicia cayendo por la madriguera del conejo, aunque ficticia, ilustra vívidamente cómo un sueño perturbado puede distorsionar nuestra experiencia del mundo.
Un reciente estudio chileno, “Impact of self-reported sleep problems on capacity and performance in the Chilean population. A secondary-data analysis”, publicado en 2022, arrojó cifras preocupantes: un 11,19% de la población chilena sufre de problemas de sueño, con una prevalencia aún mayor en mujeres. Este problema no se limita a la sensación de cansancio; el estudio demostró una correlación directa entre las dificultades para dormir y una disminución en la capacidad y rendimiento en las actividades diarias, afectando significativamente la calidad de vida de los individuos.
La importancia del sueño radica en los procesos fisiológicos que se desencadenan durante el descanso profundo. En esta fase, se produce una notable disminución de la actividad del sistema nervioso simpático, responsable de la respuesta de “lucha o huida”, y de la liberación de hormonas del estrés como el cortisol, la adrenalina y la noradrenalina. Esta reducción permite que el cuerpo y la mente se relajen y se recuperen del desgaste acumulado durante el día.
Pero el beneficio más significativo del sueño profundo reside en la activación del sistema glinfático, un descubrimiento revolucionario realizado en 2012 por la neurocientífica Maiken Nedergaard. Este sistema, que funciona como un sistema de limpieza cerebral, elimina los desechos metabólicos acumulados durante la vigilia. Entre estos desechos se encuentran proteínas como la beta-amiloide y la proteína tau, que se han identificado como factores clave en el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y otras formas de demencia.
El sistema glinfático opera limpiando el espacio intersticial del cerebro, facilitando la eliminación de sustancias potencialmente dañinas que, de acumularse, podrían comprometer la función neuronal y la salud cerebral en general. Este proceso de limpieza es más eficiente durante el sueño profundo, cuando el cerebro se encuentra en condiciones óptimas para realizar esta tarea esencial de mantenimiento. Por lo tanto, dormir adecuadamente no solo restaura la energía física y mental, sino que también actúa como una medida preventiva contra el deterioro cognitivo y las enfermedades neurodegenerativas.
La interrupción o insuficiencia del sueño afecta directamente la eficiencia del sistema glinfático. La privación de sueño o la presencia de trastornos del dormir ralentizan la actividad de este sistema de limpieza, lo que favorece la acumulación de desechos metabólicos en el cerebro. Esta acumulación, a su vez, aumenta el riesgo de deterioro cognitivo, demencia y, en última instancia, la enfermedad de Alzheimer.
El inicio de marzo, con el regreso a las rutinas laborales, académicas y familiares, subraya la importancia de priorizar el sueño en la organización de la vida cotidiana. En este contexto, el Día Mundial del Sueño, conmemorado cada año en marzo, nos invita a reflexionar sobre la necesidad de adoptar hábitos de sueño saludables como un pilar fundamental del bienestar físico, mental y ocupacional.
La académica de Terapia Ocupacional de la Universidad Central, Carola Rodríguez Olivares, enfatiza que “cuidar el sueño es, en definitiva, una inversión en salud, calidad de vida y funcionamiento a lo largo del ciclo vital”. No se trata simplemente de dormir un número determinado de horas, sino de asegurar un sueño de calidad, que permita al cerebro realizar sus funciones de limpieza y reparación de manera eficiente.
Para mejorar la calidad del sueño, los expertos recomiendan establecer una rutina regular de sueño, creando un horario consistente para acostarse y levantarse, incluso los fines de semana. Es importante crear un ambiente propicio para el descanso, oscuro, silencioso y fresco. Evitar la exposición a pantallas (teléfonos, tabletas, computadoras) antes de acostarse, limitar el consumo de cafeína y alcohol, y realizar actividad física regularmente, pero no cerca de la hora de dormir, son otras medidas que pueden contribuir a un sueño más reparador.
En un mundo cada vez más acelerado y exigente, donde la productividad y el rendimiento se valoran por encima de todo, es fácil caer en la trampa de sacrificar el sueño en aras de cumplir con las demandas diarias. Sin embargo, la evidencia científica es clara: el sueño no es un lujo, sino una necesidad básica para mantener la salud física, mental y cognitiva. Priorizar el sueño es, en última instancia, una inversión en nuestro bienestar y en nuestra capacidad para vivir una vida plena y significativa. Ignorar esta necesidad puede tener consecuencias devastadoras para nuestra salud a largo plazo, comprometiendo nuestra calidad de vida y aumentando el riesgo de enfermedades graves.


