La reciente publicación póstuma de “Aracné” (El Perro y La Rana, 2024), obra de la poeta falconiana Lydda Franco Farías (1943-2004), ha reavivado el interés por una figura clave de la poesía venezolana, especialmente en el contexto occidental del país. La obra, analizada por el crítico Néstor Mendoza, se presenta no solo como una adición valiosa al patrimonio literario nacional, sino como un eslabón fundamental para comprender la evolución de la poesía venezolana y su relación con las influencias locales e internacionales.
Franco Farías, al igual que otros poetas emblemáticos como José Antonio Ramos Sucre, Francisco Lazo Martí, Hanni Ossott, Ramón Palomares, Vicente Gerbasi, Eugenio Montejo y Reynaldo Pérez Só, se distingue por su capacidad de escribir “desde” un lugar específico –en su caso, el Zulia y Falcón–, integrando las particularidades de su entorno con las corrientes literarias contemporáneas. Su poesía no se limita a describir paisajes, sino que explora las poéticas, los estilos y los temas que definen su voz única.
“Aracné” se presenta como una obra de madurez y despedida, donde la poeta reafirma su verso abierto y cortante, caracterizado por una firme presencia vocal y una modulación expresiva que transita entre lo oral y lo hermético, entre el compromiso social y la exploración del lenguaje. Mendoza destaca una espontaneidad luminiscente, ahora más meditativa, que revela una reflexión profunda sobre su propia poesía mientras la crea.
La crítica mexicana José María Espinasa, citada por Mendoza, ofrece una perspectiva clave para entender la esencia de la obra de Franco Farías. Espinasa argumenta que un verdadero poeta no puede ser un profesional, sino alguien que olvida su oficio al momento de escribir, sumergiéndose en un estado de desmemoria y desconocimiento que paradójicamente le permite reconocer la sorpresa y la iluminación de una nueva comprensión. Esta noción se ajusta poderosamente a la vocación poética de Lydda, quien parece justificar estas aseveraciones a través de su lenguaje.
El título “Aracné” evoca tanto a la figura mitológica de la tejedora desafiante como a la imagen de la araña y su tela. La poeta recrea el mito de Aracne, el duelo tejido entre la joven mortal y la diosa Atenea, y su posterior castigo, pero lo hace desde una perspectiva personal y original. La tela de la araña se convierte en una metáfora central de la creación poética, un proceso de tejido y reescritura constante que busca desentrañar lo invisible y definir nuevos mapas de influencia.
Mendoza resalta la capacidad de Franco Farías para actuar por asedio, seleccionando un objetivo lírico –la tejedora o el acto de tejer– y explorándolo en profundidad, cubriéndolo, penetrándolo, descubriéndolo e idealizándolo. Esta búsqueda de dominio sobre el objeto poético se manifiesta en la elección precisa de verbos y en la construcción de imágenes complejas y evocadoras. La araña, en particular, se presenta como una figura distópica, “tramando va devoradora/blonda asfixia que estambra/fatídica urdimbre/en la rueca de sus patas”, que sugiere una poesía que se acerca a la ciencia ficción.
“Aracné” se caracteriza por su economía de recursos, utilizando poemas breves y versos destazados para crear una atmósfera de dificultad y limitación consciente. La tela de la araña se define por sus fronteras y límites, que se asocian con el tiempo que transcurre y la conciencia de la finitud. La repetición del vocablo “tiempo” –“araño los relojes/tiempo ajeno/para matar el tiempo”– refuerza esta idea.
La imagen poética de Lydda Franco Farías se compara con la de Alfredo Silva Estrada, destacando su capacidad para crear frases extrañas y superponer capas de significado, ocultando el signo en las rugosidades. Su lenguaje se caracteriza por la elección de palabras inusuales y la aglomeración de términos especializados, creando una rareza deliberada que desafía las convenciones poéticas.
La investigadora Ana María Romero P. ha señalado que la poesía de Lydda Franco Farías se distingue por su divergencia dentro de la tradición zuliano-falconiana, enfocándose en la oralidad y la alienación femenina. Su obra no se adhiere a estéticas grupales o consensuadas, sino que teje sus propios puentes apelando al reino de la imaginación, creando un universo poético único y original.
La selección de poemas incluidos en el análisis de Mendoza ofrecen una muestra representativa de la riqueza y complejidad de “Aracné”. Versos como “tejer en el vacío/es desprenderse de uno mismo/caer en el vacío/es recuperar el revés” y “solo si el cuerpo astral es removido/al precipicio iluminado de la tela/se abre murmurante el espectáculo/el orden plural de otra vigilia” revelan la profundidad filosófica y la experimentación formal que caracterizan la obra de Franco Farías.
Otros poemas, como “no hay página en blanco/solo escritura y miedo/resonancias” y “la araña hace nudos/calca/en el espejo de la tela/lo invisible se contempla”, exploran temas como la creación, la memoria, la soledad y la búsqueda de sentido. La imagen de la araña, omnipresente en el libro, se convierte en un símbolo de la fragilidad, la perseverancia y la capacidad de transformar la realidad a través del arte.
En conclusión, “Aracné” es una obra fundamental para comprender la poesía venezolana contemporánea y el legado de Lydda Franco Farías. Su voz única, su experimentación formal y su profunda reflexión sobre el lenguaje y la condición humana la convierten en una figura imprescindible para cualquier lector interesado en la literatura latinoamericana. La publicación póstuma de este libro no solo rescata una obra olvidada, sino que también invita a repensar la tradición poética venezolana y a explorar nuevas posibilidades de expresión.


