La Ruta Viva, vital conexión entre Quito y su aeropuerto, se encuentra en un estado de deterioro alarmante, con un creciente número de baches e irregularidades en su pavimento. Esta situación, que pone en riesgo la seguridad de los conductores y la integridad de sus vehículos, ha encendido el debate sobre la responsabilidad de las autoridades y la necesidad de modificar las leyes para exigirles una respuesta efectiva ante el abandono de la infraestructura pública.
El estado calamitoso de la vía no es un fenómeno aislado. Diversas arterias viales bajo la administración de entes públicos en todo el país presentan problemas similares, evidenciando una preocupante falta de mantenimiento y una gestión deficiente de los recursos destinados a la infraestructura. La Ruta Viva, sin embargo, adquiere una relevancia particular debido a su función estratégica como puerta de entrada a la capital y su impacto en la imagen del país ante los visitantes.
Conductores que transitan diariamente por la Ruta Viva relatan la necesidad de estar constantemente atentos para evitar los baches, realizar maniobras evasivas que pueden provocar accidentes y soportar el riesgo de daños en sus vehículos. A esto se suma la falta de iluminación en varios tramos de la vía, lo que agrava aún más la peligrosidad, especialmente durante la noche y en condiciones climáticas adversas.
La situación contrasta notablemente con el estado de las vías concesionadas, como la Panamericana entre Tulcán y Riobamba, donde el mantenimiento es constante y la calidad del pavimento es óptima. Esta disparidad pone de manifiesto la eficiencia de la gestión privada en la administración de la infraestructura vial y plantea interrogantes sobre la capacidad de los entes públicos para cumplir con sus obligaciones.
La administración del alcalde de Quito había anunciado la concesión de la Ruta Viva como una solución para revertir el deterioro y garantizar un mantenimiento adecuado. Sin embargo, a pesar de que han transcurrido tres cuartas partes de su período de gobierno, la concesión no se ha concretado, dejando a los usuarios a merced de la inacción y el abandono.
La falta de avance en la concesión ha generado críticas y acusaciones de negligencia por parte de la oposición y de organizaciones de la sociedad civil. Se argumenta que la administración municipal ha priorizado otros proyectos y ha descuidado la importancia de la Ruta Viva para el desarrollo económico y turístico de la ciudad.
Ante esta situación, expertos en derecho y transporte proponen modificar las leyes para establecer la responsabilidad personal de las autoridades al frente de los entes públicos encargados de la administración de la infraestructura vial. La idea es que, en caso de incumplimiento de sus obligaciones y de que el deterioro de las vías cause accidentes o perjuicios a los ciudadanos, las autoridades deban responder con su patrimonio personal.
Esta medida, según sus defensores, obligaría a las autoridades a ser más proactivas en el mantenimiento de las vías y a garantizar la seguridad de los usuarios. Además, serviría como un incentivo para una gestión más eficiente de los recursos públicos y para evitar la corrupción.
Sin embargo, la propuesta también ha generado controversia. Algunos argumentan que la responsabilidad personal de las autoridades podría generar temor a tomar decisiones y obstaculizar la gestión pública. Otros señalan que la solución no pasa por sancionar a los funcionarios, sino por fortalecer las instituciones y garantizar una asignación adecuada de recursos para el mantenimiento de la infraestructura.
En paralelo a la discusión sobre la responsabilidad de las autoridades, se intensifican las demandas de los ciudadanos por una solución inmediata al problema de la Ruta Viva. Organizaciones vecinales y gremios de transportistas han anunciado movilizaciones y protestas para exigir a la administración municipal que concrete la concesión de la vía o que implemente un plan de mantenimiento urgente.
La situación de la Ruta Viva es un reflejo de un problema más amplio que afecta a la infraestructura vial en todo el país. La falta de inversión, la gestión deficiente y la corrupción han contribuido al deterioro de las vías y a la inseguridad de los usuarios.
La reciente noticia del avance en el desmontaje del puente Gonzalo Icaza Cornejo en Guayaquil, sin que se haya iniciado la construcción de la nueva obra, es otro ejemplo de la problemática. Asimismo, el conflicto comercial con un país vecino y los apagones en Santa Elena evidencian la necesidad de una gestión más eficiente y transparente de los recursos públicos.
En Quito, la desarticulación de una banda vinculada a Los Lobos que asaltaba buses en la avenida Simón Bolívar pone de manifiesto la inseguridad que enfrentan los usuarios del transporte público y la necesidad de fortalecer la seguridad ciudadana.
La situación actual exige una respuesta urgente y coordinada por parte de las autoridades. Es necesario invertir en el mantenimiento de la infraestructura vial, fortalecer las instituciones y garantizar la transparencia en la gestión de los recursos públicos. Además, es fundamental establecer mecanismos de control y sanción para evitar la corrupción y garantizar que las autoridades cumplan con sus obligaciones.
La Ruta Viva no puede seguir siendo un símbolo del abandono y la negligencia. Es hora de que las autoridades asuman su responsabilidad y trabajen para garantizar una vía segura y eficiente para todos los usuarios. El futuro de la conectividad y el desarrollo de Quito dependen de ello.


