---
La gestión del presidente José Raúl Mulino se encuentra bajo un escrutinio cada vez mayor, con analistas y observadores políticos coincidiendo en que su administración podría estar siguiendo un camino marcado por el aislamiento y la erosión del apoyo popular. Un reciente análisis, realizado por un sociólogo y docente panameño, pinta un panorama sombrío, sugiriendo que las decisiones y el estilo de liderazgo de Mulino están socavando las bases de su propio gobierno y arrastrando consigo a los partidos que lo llevaron al poder.
Desde el inicio de su campaña, Mulino apostó por capitalizar la figura del expresidente Ricardo Martinelli, buscando atraer a un electorado nostálgico de una supuesta época de bonanza económica. Sin embargo, esta estrategia no logró traducirse en el respaldo masivo esperado. El porcentaje de votos obtenidos por Mulino quedó lejos del 40% alcanzado por Martinelli en su momento, revelando una desconexión con las aspiraciones de una parte significativa de la población.
La falta de disposición a participar en debates presidenciales durante la campaña también ha sido objeto de críticas. Se argumenta que Mulino evitó estos encuentros para protegerse de posibles cuestionamientos, pero esta actitud terminó por evidenciar una carencia de tacto político y una prepotencia que, según las encuestas, han contribuido a una baja tasa de aprobación. Apenas dos años en el cargo, Mulino enfrenta un panorama de descontento popular que amenaza con desestabilizar su administración.
Una de las principales críticas a la gestión de Mulino radica en su identificación con los intereses empresariales y su confrontación con los gremios y sindicatos que se opusieron a la Ley 462. El presidente, en un tono polémico, tildó de “comunistas, izquierdistas y terroristas” a los líderes del movimiento social panameño, profundizando la polarización y generando un clima de hostilidad. Esta actitud ha sido ampliamente condenada por sectores de la sociedad civil y ha erosionado aún más la confianza en su liderazgo.
El análisis también cuestiona la postura de Mulino en la arena internacional. Se le reprocha una falta de firmeza en la defensa de los intereses nacionales, especialmente en relación con Estados Unidos. Se menciona una reunión con el expresidente Donald Trump, en la que Mulino habría sido sometido a un trato humillante, evidenciando una actitud sumisa ante la administración estadounidense. Esta postura contrasta con la histórica lucha de Panamá por la soberanía y la defensa del Canal, un legado de generaciones de panameños.
La situación se complica aún más por la falta de un vicepresidente y la distancia entre Mulino y el partido que lo postuló, Realizando Metas. El presidente parece mostrar poco interés en la supervivencia de este colectivo en las futuras elecciones, lo que sugiere una priorización de sus propios intereses por encima de la lealtad partidaria.
Cambio Democrático, otro partido fundado por Ricardo Martinelli, tampoco ha recibido el respaldo esperado del Ejecutivo. Mulino utiliza a este partido únicamente cuando necesita votos en la Asamblea de Diputados, lo que evidencia una relación puramente transaccional y carente de compromiso genuino.
Las encuestas recientes revelan un creciente desencanto con los partidos tradicionales, como el panameñismo y el PRD, debido a sus prácticas clientelistas y oportunistas. Sin embargo, los colectivos más perjudicados parecen ser precisamente aquellos que brindaron su apoyo a Mulino durante la campaña, como Realizando Metas y Cambio Democrático. Ambos partidos se sienten “abandonados” por el presidente, quien, según el análisis, solo responde a sus propios intereses y no a los de sus aliados.
El autor del análisis concluye que el poder ha transformado a Mulino en un líder aislado y desinteresado en el bienestar de su país. Se advierte que su gestión podría estar condenada al fracaso, arrastrando consigo a los partidos que lo llevaron al poder. La analogía con el naufragio del Titanic es utilizada para ilustrar la inevitabilidad de este declive, sugiriendo que todos estos colectivos se hundirán junto con el actual presidente.
La situación plantea interrogantes sobre el futuro político de Panamá y la necesidad de un liderazgo que priorice el diálogo, la inclusión y la defensa de los intereses nacionales. La erosión de la confianza en las instituciones y la polarización social son desafíos urgentes que requieren una respuesta decidida y comprometida por parte de todos los actores políticos. El legado de Mulino, de continuar por este camino, podría ser recordado como un ejemplo de cómo el poder puede corromper y destruir las bases de una nación. La advertencia es clara: el actual presidente podría convertirse en el “enterrador” de su propio legado y de los partidos que lo impulsaron al poder.


