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La erosión de los valores: desde la falta de disciplina en el hogar hasta la crisis política

El deterioro de los valores cívicos, el clientelismo y el oportunismo político explican parte de la crisis democrática que enfrenta Panamá.

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La erosión de los valores: desde la falta de disciplina en el hogar hasta la crisis política
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La actual crisis de representación política encuentra su origen en la erosión de los valores familiares y la pérdida de la disciplina en el hogar. La transición hacia modelos de crianza sin límites ha generado una sociedad que normaliza la falta de ética, facilitando el ascenso de líderes egocéntricos que priorizan el beneficio personal y la impunidad sobre la moral y el bien común. Este declive ha convertido la democracia en una fachada donde imperan la corrupción, el nepotismo y el desprecio por las necesidades sociales. Ante un electorado que acepta candidatos cuestionables, el verdadero patriotismo exige dejar de premiar la mediocridad y elegir gobernantes comprometidos con la integridad para evitar un futuro adverso para la nación.

La relación entre la formación básica en el núcleo familiar y la calidad de la representación política ha sido puesta bajo análisis, sugiriendo que la actual crisis de valores en la esfera pública podría tener sus raíces en una transformación de las pautas de crianza y corrección en el hogar. En décadas pasadas, predominaba un modelo educativo donde los padres y abuelos aplicaban regaños y castigos estrictos ante conductas inapropiadas, asegurando que las reglas inculcadas en casa fueran respetadas. Sin embargo, se observa que en la actualidad la práctica de corregir a quienes se comportan mal parece haberse perdido o haberse dejado de considerar necesaria.

Si bien es reconocido que los castigos no siempre resultan efectivos, su función primordial era permitir la diferenciación entre comportamientos aceptables y no deseados, evitando así el refuerzo de conductas negativas. La educación, entendida no solo como la formación académica brindada por los sistemas escolares, sino también como la transmisión de valores y ética por parte de quienes dirigen la crianza, es fundamental. Ejemplos simples, como las costumbres instruidas en la mesa o la disciplina necesaria para internalizar valores sociales, constituyen la base de la convivencia en cualquier sociedad.

La ausencia de esta corrección en las nuevas generaciones ha comenzado a manifestarse en comportamientos extravagantes y en un desafío constante hacia las autoridades. Este fenómeno se ve agravado por un entorno cultural donde los rebeldes son presentados como héroes en las producciones cinematográficas, mientras que aquellos encargados de hacer cumplir la ley son retratados como los antagonistas. Esta distorsión ha generado, incluso, una simpatía creciente hacia delincuentes de alto perfil, en un mundo donde las reglas ya no se corrigen.

Este declive de la disciplina se ha trasladado al ámbito político, donde parece haberse extraviado el sentido de un liderazgo basado en la moral, la dignidad, la lealtad, la empatía, la solidaridad, el respeto, la humildad y la justicia. En su lugar, ha emergido una cultura alejada de estos principios, caracterizada por el culto a la personalidad, la traición y la búsqueda del dinero fácil obtenido sin esfuerzo.

Esta situación se hace evidente durante los procesos electorales. Según diversas encuestas, resultan atractivos candidatos que han robado, que cuentan con condenas judiciales o que se han burlado abiertamente de la ley. Existe una preocupación latente sobre la posibilidad de que personas involucradas en el lavado de dinero continúen operando sin cumplir penas ni pagar multas. Se plantea que esta aceptación social de la impunidad proviene de hogares donde no hubo corrección, sumado a la complicidad de los partidos tradicionales y del sistema de justicia. En este contexto, ciertos servidores públicos, convertidos en malos ejemplos, parecen gozar de una inmunidad donde los castigos no existen.

La cultura política actual se ha visto permeada por prácticas nocivas como las mentiras, el peculado, el "juega vivo", los sobreprecios en obras públicas y la adjudicación de contratos directos a socios o empresas propias. A esto se suman los favores políticos, la hipocresía de criticar conductas ajenas para luego repetirlas al alcanzar el poder, la falta de investigaciones exhaustivas y el uso de la justicia como un instrumento de persecución política. Estos conflictos de interés se han incrementado, impulsados por una clase política que actúa en contra de la población, pero que se mantiene en el poder gracias al apoyo de ciudadanos engañados.

Bajo este escenario, la democracia comienza a percibirse como una pantalla. Aunque teóricamente representa la voluntad de las mayorías, en la práctica, los valores de la clase política no coinciden con el sistema democrático. Las decisiones tomadas por los dirigentes parecen responder a agendas personales que ignoran los intereses colectivos.

El peligro para la nación radica en la persistencia de estos comportamientos egocéntricos. Resulta contradictorio que figuras que ignoran la precaria situación de los jubilados, la deficiencia educativa y el alto costo de los alimentos, disfruten de privilegios excesivos. Estos incluyen el uso de vehículos exentos de impuestos, la capacidad de nombrar familiares en cargos públicos, la ausencia de descuentos salariales por faltas injustificadas y el acceso a gasolina gratuita. A pesar de estas disparidades, estas mismas figuras regresan a las calles para solicitar la reelección.

Finalmente, se advierte que elegir a políticos que actúan contra el interés general es decidir un futuro adverso. El verdadero patriotismo no se manifiesta únicamente en el entusiasmo por un Mundial de fútbol, sino en la búsqueda activa de mejoras y en la voluntad de cambiar aquello que no sirve para el bienestar del país.

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