La Orquesta Barroca de Sevilla inauguró ayer el XLIII Festival de Música Antigua (FEMÀS) en el Espacio Turina con un programa deslumbrante de compositores franceses del siglo XVIII: Dauvergne, Mondonville, Leclair y Rameau. Bajo la dirección y virtuosismo del violinista Julien Chauvin, el concierto no solo ofreció una interpretación impecable de estas obras maestras, sino que también resonó con una sorprendente actualidad, sirviendo como un sutil pero poderoso comentario sobre el resurgimiento de tendencias autoritarias en el mundo contemporáneo.
El programa, cuidadosamente seleccionado, transportó al público a la época de los últimos reyes absolutistas franceses, evocando la atmósfera de elegancia y sofisticación retratada en películas como “Ridicule”. Sin embargo, la elección de esta música, según comentó el crítico Juan José Roldán, no fue meramente estética. En un contexto global marcado por el auge de líderes populistas y la erosión de las instituciones democráticas, la música de la corte francesa, con su pompa y su disciplina, se convirtió en un espejo que refleja las nuevas e insólitas muestras de absolutismo que se están desarrollando en pleno siglo XXI.
Julien Chauvin, reconocido experto en el repertorio barroco, demostró una vez más su habilidad para insuflar vida y dinamismo a estas composiciones. Su dirección fue precisa y enérgica, guiando a la Orquesta Barroca de Sevilla a través de las complejidades de estas partituras con una claridad y una pasión contagiosas. La orquesta, por su parte, respondió con una ejecución impecable, mostrando un nivel de cohesión y virtuosismo que, según Roldán, la sitúa en el mejor momento de su historia.
La velada comenzó con un “Concert des Symphonies” de Antoine Dauvergne, uno de los fundadores del Concert Spirituel parisino. La interpretación de la orquesta elevó la calidad de esta música, que a menudo se considera amable y distendida, revelando su sutil belleza y su elegancia. Sin embargo, fue la “Sonata en symphonie Op. 3 n. 1” de Jean-Joseph Cassanéa de Mondonville la que realmente cautivó al público. Esta adaptación orquestal de una pieza de clavecín demostró ser un alarde de creatividad musical, con tempi fulgurantes y una impecable disciplina. La orquesta, bajo la batuta de Chauvin, abordó la pieza con un empuje decisivo, resaltando su transparencia instrumental y su misterio intrínseco. La jiga final, en particular, fue una explosión de energía controlada que dejó al público sin aliento.
La primera parte del concierto culminó con el “Concierto para violín Op. 7 n. 3 en Do mayor” de Jean-Marie Leclair, un violinista y compositor barroco que supo adaptar las formas italianas al gusto francés. Chauvin, como solista, desplegó su virtuosismo al instrumento, exhibiendo un pulso firme, un dinamismo contagioso y un sonido brillante y homogéneo. Sus agilidades fueron particularmente impresionantes, logrando una interpretación sorprendente de la página sin sacrificar la elegancia y el lirismo del adagio central.
La segunda mitad del concierto estuvo dedicada a la ópera “Dardanus” de Jean-Philippe Rameau, uno de los compositores más importantes de la ópera barroca francesa. La orquesta interpretó una suite de la ópera, condensando algunos de sus números más representativos en una secuencia cautivadora. La interpretación de la “Entrada de los guerreros” fue especialmente conmovedora, y Chauvin ofreció la pieza como bis, en un gesto que resonó con la actual situación bélica mundial. La energía trepidante de los “Tambuorins” despertó el mayor entusiasmo del público, mientras que el viento simulado con las maderas en “Entrée d’Ismenor” demostró la maestría de Rameau en la creación de efectos sonoros evocadores.
La suite de “Dardanus” no siguió el formato tradicional de las suites francesas, con una extensa obertura seguida de una serie de danzas. En cambio, Rameau optó por condensar los números más representativos de la ópera, anticipando la práctica que se utilizaría más adelante en la interpretación de bandas sonoras cinematográficas. Esta elección permitió a la orquesta mostrar toda su versatilidad y su capacidad para transmitir la riqueza emocional y la complejidad dramática de la ópera.
La interpretación de la Orquesta Barroca de Sevilla estuvo enriquecida por la presencia del archilaúd de Miguel Rincón, un instrumento que añadió fuerza y profundidad al sonido del conjunto. La sección de continuo, formada por Ruiz, Rico y Casal, demostró una compenetración excepcional, mientras que Javier Zafra al fagot y las maderas en general contribuyeron a dar relieve y sustancia al cuerpo de cuerdas, que brilló con una sonoridad impecable.
En resumen, el concierto inaugural del XLIII FEMÀS fue un éxito rotundo. La Orquesta Barroca de Sevilla, bajo la dirección de Julien Chauvin, ofreció una interpretación magistral de las obras de Dauvergne, Mondonville, Leclair y Rameau, transportando al público a la época de la corte francesa y, al mismo tiempo, invitándolo a reflexionar sobre los desafíos del presente. La velada fue una celebración de la música, la belleza y la libertad, y un recordatorio de la importancia de defender los valores democráticos en un mundo cada vez más incierto. El festival promete seguir ofreciendo experiencias musicales inolvidables a lo largo de las próximas semanas.


