La persistente dificultad para creer a las mujeres, incluso dentro de los círculos feministas, expone una profunda herida en la lucha por la igualdad. A puertas del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, la reflexión sobre la sororidad y la credibilidad femenina se vuelve más urgente que nunca. Un relato personal, compartido por la escritora Niyiree Baptista, destapa una problemática arraigada en el patriarcado: la tendencia a priorizar la palabra de los hombres, incluso cuando se enfrentan a acusaciones de acoso o violencia.
La experiencia relatada por Baptista, donde una amiga feminista defendió a un profesor acusado de acoso, es un espejo de una realidad dolorosa. La incredulidad inicial, la pregunta recurrente de “¿Qué le hiciste?” y la rápida defensa del presunto agresor son patrones comunes que revelan cómo el sistema patriarcal sigue operando, incluso en aquellos espacios que deberían ser seguros y empáticos. Esta dinámica no se limita a situaciones de abuso sexual; se manifiesta en el ámbito laboral, en las relaciones personales y en la vida cotidiana, donde la versión de una mujer es sistemáticamente cuestionada mientras la de un hombre se toma como verdad absoluta.
El texto de Baptista pone de manifiesto la facilidad con la que se desacredita la autoridad, el raciocinio y la versión de los hechos de una mujer. Se la tilda de histérica, envidiosa o incluso de mentirosa, mientras que al hombre se le otorga el beneficio de la duda, basándose en su estatus social, profesional o incluso en la amistad que lo une a quienes lo escuchan. Esta defensa a capa y espada del agresor se extiende incluso dentro de la militancia feminista, donde a menudo es más fácil criticar y excluir a una compañera que cuestionar la palabra de un hombre, especialmente si este goza de prestigio o reconocimiento.
Esta competencia impuesta entre mujeres, una estrategia clásica del patriarcado para dividir y vencer, erosiona los vínculos de solidaridad y perpetúa la desconfianza. La autora advierte que no se trata de un “feministómetro” para juzgar la autenticidad de las feministas, sino de abrir un debate sobre cómo se vive el feminismo en la práctica y cómo se enfrentan los dilemas morales que surgen cuando la sororidad entra en conflicto con las lealtades personales.
La reflexión de Baptista se centra en la incomodidad de cuestionar la “verdad” masculina, especialmente cuando esta viene respaldada por el capital simbólico de un intelectual, un profesor admirado o un aliado que se presenta como defensor de la causa feminista. Creerle a una mujer que denuncia a un hombre de este tipo implica aceptar que el entorno no es tan seguro como se creía, poner en riesgo vínculos establecidos y defender una narrativa que puede generar tensiones y conflictos.
La autora reconoce que la sororidad no es sinónimo de simpatía o afinidad, sino una decisión política que conlleva costos. Creerle a una mujer puede significar perder amigos, ser marginada en espacios académicos o militantes, y ser tildada de exagerada o radical. Sin embargo, insiste en que es fundamental dudar del relato masculino, una forma de protección aprendida a lo largo de una vida marcada por el acoso, la violencia y el juicio.
Baptista comparte su propia experiencia como mujer que ha sido acosada, violentada y juzgada por hombres que en algún momento consideró amigos, parejas o familiares. En todos esos casos, fueron las mujeres quienes la sostuvieron, la levantaron a pesar del dolor y, lo más importante, le creyeron. Esta experiencia la ha llevado a alzar su voz y a cuestionar las “verdades” masculinas, preguntándose a quién afecta cada relato y desconfiando de aquellos que presentan a las mujeres como histéricas, envidiosas o locas.
El llamado de Baptista, en este mes de marzo, es a cuestionar lo que a simple vista parece un “castillo de rosas”, a dudar de las narrativas dominantes y a priorizar la credibilidad de las mujeres. Reconoce que esta decisión puede ser dolorosa y generar conflictos, pero insiste en que es esencial para construir una sociedad más justa e igualitaria. La sororidad, en definitiva, no es solo un ideal, sino una práctica política que requiere valentía, compromiso y la disposición de sostener el conflicto que implica creerle a una mujer. Es un acto de resistencia contra un sistema que históricamente ha silenciado y desacreditado a las mujeres, y una apuesta por un futuro donde sus voces sean escuchadas y respetadas. La verdadera lucha feminista, concluye Baptista, es una batalla constante contra las propias creencias internalizadas y una defensa inquebrantable de la verdad femenina.


