El Pentágono ha abierto la puerta a una escalada sin precedentes en el conflicto con Irán, sin descartar el despliegue de tropas terrestres en territorio iraní. La revelación, hecha durante una tensa rueda de prensa en el Departamento de Guerra, marca un giro significativo en la Operación Furia Épica, lanzada hace apenas dos días, y plantea interrogantes sobre la duración y el alcance de la intervención militar estadounidense.
El secretario de Guerra, Pete Hegseth, acompañado por el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, evitó responder directamente a la pregunta sobre la posibilidad de enviar tropas a Irán. “¿Le diríamos a usted, o al enemigo, lo que vamos o no vamos a hacer?”, respondió Hegseth, enfatizando que su prioridad es “luchar para ganar”. Esta ambigüedad estratégica, lejos de calmar los temores, ha intensificado las especulaciones sobre las próximas acciones de Washington.
La administración estadounidense ha calificado la ofensiva contra Irán como “operaciones de combate mayor”, distanciándose de la idea de un simple golpe puntual. Hegseth criticó la reacción de algunos aliados tradicionales, acusándolos de “llevarse las manos a la cabeza” ante el uso de la fuerza, y reafirmó la determinación de Washington de actuar de forma independiente, sin tener en cuenta las opiniones de “las llamadas instituciones internacionales”. “Estados Unidos está desatando la campaña aérea más letal y precisa de la historia”, declaró con firmeza.
A pesar de la intensidad de los bombardeos, Hegseth se apresuró a señalar que no se trata de una guerra interminable ni de una repetición de los conflictos en Irak o Afganistán. “No estamos hablando de 200,000 tropas durante veinte años”, subrayó, descartando la construcción de instituciones democráticas o una ocupación masiva. Sin embargo, tampoco descartó el uso de cualquier herramienta necesaria para alcanzar los objetivos planteados. “No vamos a definir públicamente lo que haremos o no haremos”, repitió, manteniendo un velo de misterio sobre las futuras acciones militares.
Hegseth enmarcó el conflicto como el cierre de un ciclo de hostilidades que se remonta a 1979, acusando a Irán de librar una guerra indirecta contra Estados Unidos durante 47 años a través de milicias, atentados y misiles. “No empezamos esta guerra”, afirmó, “pero la estamos terminando”.
El general Caine detalló la arquitectura operativa de la ofensiva, confirmando que comenzó el 28 de febrero bajo orden directa del presidente. En las primeras 24 horas, se atacaron más de 1,000 objetivos, con la participación de más de 100 aeronaves, incluyendo cazas, plataformas de guerra electrónica, drones y bombarderos estratégicos B-2 que volaron 37 horas ida y vuelta desde territorio continental estadounidense para lanzar munición penetrante sobre instalaciones subterráneas.
Antes de los bombardeos, el Comando Cibernético y el Comando Espacial se encargaron de “degradar y cegar” los sistemas de mando y control iraníes. Paralelamente, los grupos de combate de portaaviones Lincoln y Gerald R. Ford fueron posicionados en el teatro de operaciones.
En las semanas previas al inicio de la ofensiva, miles de efectivos adicionales y centenares de aeronaves de cuarta y quinta generación fueron desplegados de forma discreta, bajo la orden del secretario Hegseth.
Los objetivos principales de la campaña militar son destruir los misiles ofensivos iraníes y su capacidad de producción, neutralizar su marina, golpear sus infraestructuras de mando e inteligencia, e impedir que Irán desarrolle armas nucleares. Hegseth describió el arsenal convencional iraní como un “paraguas” destinado a proteger sus ambiciones atómicas, y afirmó que ese paraguas está siendo “demolido”.
En cuanto a la duración del conflicto, Hegseth rechazó fijar un calendario, desestimando la referencia a las cuatro semanas mencionadas por el presidente. “Cuatro semanas, dos semanas, seis semanas, puede acortarse o alargarse”, dijo, asegurando que la operación continuará hasta que se alcancen los objetivos establecidos. “No habrá fecha pública de salida”.
Ambos funcionarios confirmaron la muerte de cuatro militares estadounidenses y reconocieron que podrían producirse más bajas. El general Caine explicó que un misil logró atravesar el sistema defensivo e impactó en un centro táctico fortificado. También informó de la pérdida de tres F-15E, aunque aclaró que no fueron derribados por fuego enemigo. Las defensas aéreas estadounidenses y de sus socios han interceptado cientos de misiles balísticos y drones en los últimos días.
Ante la posibilidad de una guerra prolongada o de una deriva fuera de control, Hegseth insistió en que esta vez los objetivos están claramente definidos. “Somos muy claros sobre las políticas equivocadas del pasado”, afirmó. “La misión para nuestros combatientes es muy, muy clara, y la están ejecutando ahora mismo”.
Hegseth también lanzó un mensaje directo a la población iraní, instándola a aprovechar el momento para levantarse contra el régimen. “Este es su momento”, dijo, en referencia a las protestas reprimidas en el pasado. En cuanto a los aliados kurdos y socios regionales amenazados por drones iraníes, aseguró que Estados Unidos permanece coordinado “hombro con hombro” con ellos, aunque evitó ofrecer garantías explícitas.
En el frente interno, Hegseth aseguró que las agencias federales están vigilantes ante posibles células durmientes o represalias, minimizando la importancia de un supuesto ataque en Austin y afirmando que no altera la operación militar en curso. La situación sigue siendo fluida y la incertidumbre sobre el futuro del conflicto es palpable. La decisión de no descartar el despliegue de tropas terrestres en Irán representa una escalada significativa que podría tener consecuencias impredecibles para la región y para el mundo.


