Tras 15 años de estudio, científicos alertan sobre el colapso de los arrecifes de coral en Rapa Nui, amenazados por el crecimiento urbano sin alcantarillado y la contaminación de aguas residuales. La roca volcánica porosa de la isla actúa como una esponja, transportando nitrógeno y fósforo directamente al mar, creando tapices de algas que sofocan la vida marina y ponen en peligro la biodiversidad y la pesca local.
El azul intenso de las aguas de Rapa Nui, una de las islas más remotas del mundo, esconde una realidad alarmante. La transparencia engañosa del océano revela un ecosistema en crisis, donde los arrecifes de coral, hogar de una biodiversidad única, están desapareciendo lentamente. Este territorio, ubicado en el corazón del Pacífico, entre Chile continental y Tahití, se caracteriza por su ambiente oligotrófico, donde la escasez de nutrientes mantiene el agua cristalina y permite que la luz solar penetre profundamente, iluminando la intrincada estructura del kare, el coral en lengua rapa nui.
Bajo esta superficie aparentemente prístina, la vida submarina florece en un despliegue de colores y formas. El Nanue (Kyphosus sandwicensis), un pez herbívoro, actúa como jardinero del arrecife, controlando el crecimiento de las algas. Las tortugas marinas (Chelonia mydas) encuentran refugio en los corales, mientras que los delfines nariz de botella (Tursiops truncatus) patrullan estos jardines sumergidos. Sin embargo, esta vibrante metrópolis submarina enfrenta una amenaza silenciosa: la destrucción de sus cimientos, los arrecifes de coral.
Javier Sellanes, investigador del Centro de Ecología y Manejo Sustentable de Islas Oceánicas (ESMOI) de la Universidad Católica del Norte (UCN), recuerda que las primeras señales de alarma se detectaron en 2014, durante estudios de la fauna profunda en lugares como Bajo Apolo y Monte Pukao. A través de cámaras submarinas, el equipo constató que la mayor diversidad de Rapa Nui se encuentra entre los 100 y 120 metros de profundidad, en la zona mesofótica. Allí, sin embargo, descubrieron una escena devastadora frente a Hanga Roa, el principal núcleo urbano de la isla: arrecifes cubiertos por un manto oscuro de algas y cianobacterias que bloquean la luz y asfixian a los corales.
La respuesta a esta transformación no se encontraba en los libros de texto, sino en la memoria de quienes conocieron Rapa Nui antes del auge del turismo. Sellanes recuerda una conversación con Michel García, un legendario buzo que exploró la isla junto a Jacques Cousteau en los años 70. García le confirmó que los arrecifes antes eran blancos y vibrantes, lo que evidencia que el desequilibrio es reciente y está ocurriendo bajo nuestra vigilancia.
Desde 2014, Sellanes ha monitoreado constantemente el estado de los corales, recibiendo reconocimiento internacional por sus contribuciones a la exploración marina, incluyendo la prestigiosa “Citation of Merit” de The Explorers Club. Tras interrupciones debido a la pandemia, el equipo regresó a la isla en octubre de 2023 para compartir sus hallazgos con la comunidad y coordinar la campaña actual.
Esta expedición busca contrastar la desolación frente a Hanga Roa con la salud que aún persiste en sectores como Anakena y Vaihu, áreas menos impactadas por la actividad humana. Estos tres puntos de monitoreo forman parte del Área Marina Costera Protegida de Múltiples Usos (AMCP-MU) Rapa Nui, que abarca 580.000 kilómetros cuadrados.
En diciembre de 2025, el equipo de ESMOI-UCN permaneció 14 días en terreno a bordo del “Santa Victoria”, un bote de madera capitaneado por Darío Teao, conocido como Sai. Mongabay Latam acompañó a los investigadores para documentar su trabajo. Teao, cuyo bote lleva el nombre de su abuela, simboliza la conexión entre la tradición y la ciencia en la búsqueda de soluciones.
La expedición no solo actualizó los datos visuales y químicos obtenidos desde 2014, sino que también incorporó tecnología para registrar los sonidos de los arrecifes de coral de Rapa Nui. Para comprender cómo la actividad humana en la superficie afecta el fondo marino, es crucial entender la geología de la isla. La roca volcánica porosa actúa como una esponja, sin un filtro real entre los desechos domésticos y el océano.
Sellanes advierte que, aunque Rapa Nui tiene una población residente de aproximadamente 8.000 habitantes, la llegada de más de 150.000 turistas anuales ha disparado la generación de aguas servidas. La falta de un sistema de alcantarillado integral hace que la mayoría de estos residuos se depositen en pozos sépticos, donde el nitrógeno y el fósforo no desaparecen, sino que se filtran hacia el mar.
Un estudio liderado por Sellanes en 2021, publicado en la revista científica PeerJ, proporcionó evidencia sólida de que la escorrentía submarina de agua dulce, cargada de nutrientes humanos, llega directamente a los arrecifes mesofóticos. Este fenómeno de percolación permite que los nutrientes se filtren a través de las napas subterráneas y emerjan en los arrecifes, rompiendo el equilibrio químico natural.
Carlos Gaymer, director de ESMOI-UCN, explica que este aporte de nutrientes está creando un desbalance sin precedentes, superando la capacidad natural de la roca para filtrar y retener contaminantes. El exceso de nitrógeno y fósforo se derrama hacia el océano, excediendo el umbral de tolerancia química de los corales.
Práxedes Muñoz, especialista en oceanografía química de la UCN, ha utilizado isótopos estables para rastrear el origen de los nutrientes. Los isótopos son variantes de un mismo elemento químico que funcionan como una firma única. El nitrógeno de origen natural del océano tiene un “peso” específico, mientras que el nitrógeno de los desechos humanos tiene otro. Esta “huella digital” química confirma que el nitrógeno que alimenta las algas proviene de fuentes humanas.
Este exceso de nutrientes provoca una explosión de cianobacterias que proliferan rápidamente, formando un tapete oscuro y denso sobre el coral, bloqueando la luz y privando a los pólipos del oxígeno necesario para sobrevivir. El equipo de ESMOI ha documentado la etapa final de este proceso: un cementerio de coral asfixiado bajo una alfombra de vida oportunista.
A bordo del “Santa Victoria”, los investigadores utilizan tecnología de punta, como el ROV, el Copepod y Gandalf, para “ver” y “oír” lo que sucede a más de 100 metros de profundidad. El Copepod, equipado con una cámara y dos micrófonos, permite identificar la direccionalidad del sonido y atribuirlo a especies específicas. Gandalf, un báculo de metal con luz roja, se utiliza para las profundidades mayores. Estos artefactos están permitiendo crear la primera biblioteca de sonidos de Rapa Nui.
Los resultados preliminares de la expedición de diciembre de 2025 confirman una tendencia preocupante: el arrecife de Anakena sigue saludable, mientras que el de Hanga Roa está en peores condiciones. Esta degradación coincide con una caída en la biodiversidad monitoreada por Petit a través de censos visuales y transectos para calcular la biomasa.
Javiera Solís, estudiante de biología marina de la UCN, investiga si la salud de un arrecife se puede medir simplemente escuchándolo. Su tesis busca correlacionar los datos de sonido con las imágenes del ROV y los censos visuales para demostrar que un “arrecife ruidoso” es sinónimo de un ecosistema vibrante y diverso.
La Unidad de Investigación Marina de la Municipalidad de Rapa Nui, liderada por Pamela Averill, trabaja en alianza con ESMOI-UCN para identificar nuevas áreas de anclaje seguras y evitar daños mecánicos a los corales. El Koro Nui o Te Vaikava, el Consejo del Mar, autoriza estas investigaciones y asegura que el conocimiento científico se traduzca en medidas prácticas.
La colaboración entre científicos, autoridades locales y la comunidad de Rapa Nui es fundamental para proteger este valioso ecosistema. La salud de los arrecifes de coral de Rapa Nui no solo es una cuestión ambiental, sino también cultural y económica para la isla. La silenciosa agonía bajo las olas exige una acción urgente para preservar este tesoro natural para las futuras generaciones.


