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¡Carnaval a la Antigua! Recuerdos de una Fiesta Salvaje y Auténtica

Fiesta popular sin restricciones ni limitantes, donde todos respiran alegría, hacen uso de gastronomía identificante, donde sobresale el famoso motepata (mute = mote y patana = cocción de granos a punto de deshacerse). El actual carnaval casi en nada se asemeja a lo que vivimos nosotros y peor aún nuestros progenitores, donde primaba una serie...La entrada Carnavales se publicó primero en Diario El Mercurio.

¡Carnaval a la Antigua! Recuerdos de una Fiesta Salvaje y Auténtica

El Carnaval, una festividad ancestral que se vive con fervor en diversas regiones del mundo, ha experimentado una transformación significativa a lo largo del tiempo. Testimonios de quienes vivieron celebraciones pasadas revelan un espectáculo vibrante, casi salvaje, que contrasta fuertemente con las versiones más moderadas y reguladas que conocemos hoy en día. Un carnaval donde la espontaneidad, la gastronomía local y el coqueteo eran los pilares fundamentales de la alegría popular.

La nostalgia se apodera de quienes recuerdan aquellos carnavales sin restricciones, donde la alegría era palpable en cada rincón y la gastronomía identificaba la identidad cultural de la región. El motepata, un plato emblemático que combina el mote (maíz cocido) con la patana (cocción de granos a punto de deshacerse), era un elemento central de la celebración, un símbolo de la abundancia y la tradición. Sin embargo, la diferencia con el carnaval actual es abismal. La autenticidad y el espíritu original parecen haberse diluido, dando paso a eventos más controlados y, para algunos, menos emocionantes.

Pero más allá de la comida, lo que realmente distinguía a los carnavales de antaño era su carácter desenfrenado y, en ocasiones, irreverente. Los relatos evocan escenas al borde del "salvajismo", donde el respeto al prójimo se ponía a prueba en medio de una "guerra" de agua, colorantes, serpentinas y draques. El uso de productos derivados del cerdo, como sangre y grasas, impregnaba el ambiente, añadiendo un elemento de desafío y transgresión a la festividad. Esta práctica, hoy en día impensable, era parte integral de la experiencia carnavalesca, un ritual que conectaba a los participantes con sus raíces y tradiciones.

Las calles se convertían en escenarios de batallas campales, donde los "armados carnavaleros" se abastecían de todo tipo de pertrechos: émbolos, tanques, globitos, harinas y, especialmente, tierra calcárea de Baños, un ingrediente clave para el "deleite hidrófilo". Las piletas y los hidrantes eran puestos a disposición de los festejantes, convirtiéndose en puntos estratégicos para el lanzamiento de proyectiles acuáticos.

Los jóvenes, apostados en las esquinas de los colegios femeninos más emblemáticos –Garaicoa, Catalinas, Asunción, Herlinda, entre otros–, se armaban con las famosas "bombas zarumeñas", dispuestas a convertir a las estudiantes en "bellos blancos" de sus ataques hídricos. La persecución y el lanzamiento de agua eran un juego de seducción y conquista, una forma de expresar admiración y coqueteo en medio del caos y la diversión. El astro rey, con su calor, era el aliado perfecto para secar la ropa mojada de las señoritas, quienes, sin duda, recordaban con cariño estas escenas llenas de energía y vitalidad.

El grito de guerra "agua o peseta" resonaba en las calles, una exigencia humorística que implicaba el pago de un "impuesto" para evitar ser empapado hasta los huesos. La vida cotidiana se paralizaba durante los días de carnaval. Las calles y los parques quedaban desiertos, salvo por aquellos que se habían sumergido por completo en la celebración. El pan, un alimento básico, debía ser preparado en casa, ya que las panaderías permanecían cerradas.

La fiesta también estaba marcada por el consumo de bebidas espirituosas, que calentaban el cuerpo mojado, mitigaban las penas, enfermaban a los sanos o acababan con los enfermos que recurrían al alcohol como una falsa solución a sus males. A pesar de la advertencia implícita sobre los peligros del alcoholismo, la tradición de beber durante el carnaval era arraigada y difícil de erradicar.

En definitiva, el carnaval de antaño era una fiesta de todos y para todos, una explosión de alegría contagiosa que se extendía por varios días, según la región y el país. Un carnaval que, a pesar de su carácter desenfrenado y, en ocasiones, peligroso, representaba una forma de expresión cultural auténtica y genuina.

Hoy, con las regulaciones y restricciones que caracterizan a los carnavales modernos, es difícil imaginar la intensidad y la pasión de aquellos festejos pasados. Sin embargo, los recuerdos de quienes los vivieron permanecen vivos, transmitiendo de generación en generación la esencia de una fiesta que, en su origen, era mucho más que una simple celebración: era un ritual de liberación, de transgresión y de conexión con las raíces culturales de un pueblo.

En este Carnaval 2026, mientras disfrutamos de las nuevas formas de celebrar, es importante recordar y valorar el legado de aquellos carnavales que nos precedieron, aquellos carnavales que nos enseñaron que la alegría, la espontaneidad y el respeto a las tradiciones son los ingredientes esenciales de una fiesta verdaderamente inolvidable. Y, sobre todo, recordar la importancia de la responsabilidad: quien beba, que no conduzca, y que cuide así de su vida y la de los demás.

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