Sancti Spíritus llora la pérdida de Heriberto “Febrero” Sánchez Echemendía, un espirituano entrañable cuya vida, marcada por el arte, el compromiso social y un amor inquebrantable por Cuba, dejó una huella imborrable en la ciudad del Yayabo. Fallecido recientemente, Febrero, como era conocido por todos, fue mucho más que un rotulista o decorador; fue un artista multifacético, un educador silencioso y un ferviente defensor de la Revolución Cubana.
Nacido con un apellido que, paradójicamente, intentó rechazar en su juventud, Heriberto se inscribió como Heriberto Sánchez Echemendía, pero la peculiaridad de su nombre de pila pronto lo definió. “Febrero” se impuso en el imaginario colectivo, convirtiéndose en un apodo cariñoso y distintivo que lo acompañó a lo largo de sus casi nueve décadas de vida.
Su trayectoria profesional fue tan diversa como su personalidad. En la década de los 80, Febrero engalanaba las unidades de la Empresa Municipal de Comercio, transformando espacios cotidianos en escenarios vibrantes y atractivos. La Tienda de las Vanguardias, ubicada en la calle Independencia, fue uno de sus lienzos predilectos, donde sus arreglos y diseños cautivaban a los clientes.
Tras la desaparición de la actividad de decoración, debido a las limitaciones materiales de la época, Febrero se reinventó como rotulista. Con cartulina y temperas que él mismo procuraba, daba vida a las tablillas que anunciaban los productos de la canasta básica familiar y las ofertas de los comedores obreros. Su meticulosidad y esmero en cada trazo eran evidentes, así como su preocupación por el lenguaje y la ortografía. “Incluso una labor tan aparentemente simple requiere mucho amor”, afirmaba con convicción.
Su ingenio y creatividad lo llevaron a protagonizar un episodio memorable en un encuentro de técnicas comerciales en el occidente de Cuba. Un error ortográfico intencional, combinado con un diseño ingenioso, resultó ser una estrategia ganadora que le permitió aumentar significativamente las ventas.
Pero la historia de Febrero no se limita al mundo del comercio y la publicidad. Antes de dedicarse por completo a estas actividades, había cultivado su pasión por la danza en la Escuela de Arte de Cubanacán. Su estatura lo convirtió en un candidato ideal para el ballet, pero un desafortunado accidente durante un entrenamiento, que le provocó dos hernias inguinales, truncó su sueño de convertirse en bailarín profesional.
A pesar de la frustración, Febrero no abandonó su amor por el arte y el carnaval. Durante ocho años, mientras residía en La Habana, se involucró en la creación de carrozas y en la preparación de las aspirantes a la estrella y sus luceros. Cada año regresaba a Sancti Spíritus para compartir sus conocimientos y experiencia con las jóvenes participantes, enseñándoles desde normas de comportamiento social hasta la gestualidad y la postura adecuada. Jamás cobró por sus servicios, y su aporte fue reconocido por las autoridades locales.
Su participación en la vida cultural de la ciudad no se detuvo ahí. Febrero tuvo el honor de colocar y descorrer las cortinas del edificio que albergaría la sede del Comité Provincial del Partido, en el día inaugural. Y le llenó de orgullo la decisión de Joaquín Bernal Camero, entonces máximo dirigente de la organización, de nombrar con el glorioso nombre de 24 de Febrero el boquete donde se encontraba su casa familiar, que fue asfaltado poco después.
La vida de Febrero estuvo marcada por el compromiso social y la solidaridad. A los 11 años, se enroló en la Campaña de Alfabetización y fue a enseñar en un paraje remoto de la Sierra Maestra. A pesar del peligro y la incertidumbre, permaneció en la zona incluso después del asesinato de Conrado Benítez en las lomas del Escambray.
“Siempre he estado agradecido de la Revolución y digo que de no ser por ella no hubiera sido nadie”, declaraba con emoción. “Tuve la oportunidad de estudiar; no me convertí en limpiador de carros, ni en limpiabotas, como se ven obligados a hacer tantos niños en algunos países. Éramos pobres y vivíamos bien, la comida nunca nos faltó”.
Febrero era un defensor apasionado de la Revolución Cubana y un crítico implacable de aquellos que la atacaban. “Ahora se ha puesto de moda cuestionar lo que se hace en Cuba, incluso desde fuera de ella; atacar sus símbolos patrios… No le permito a nadie que me venga a hablar mal de mi país, al que lo haga me le viro como un gato”, afirmaba con firmeza. “Hay que ser agradecido. Para mí Fidel es único, como ese no habrá otro en el mundo. Primero Dios y después él. Y el que no quiera a su bandera, que es como querer a su Patria, no quiere ni a su madre”.
Su amor por Cuba se manifestaba en cada palabra, en cada gesto, en cada trazo de sus rotulistas. “¿Quieres himno más bello que el nuestro, bandera más hermosa que esa, que sobresale entre todas, con sus colores? Son unos descarados los que la mancillan, no les interesa que Cuba mejore; para ellos existen solo los negocios, el dinero”, sentenciaba con indignación.
Además de su labor artística y social, Febrero fue un dirigente sindical activo desde sus tiempos en la fábrica de envases metálicos Bernardo Arias Castillo. Incluso después de su jubilación, se mantuvo comprometido con el movimiento sindical, convencido de la importancia de defender los derechos de los trabajadores.
Su legado perdurará en la memoria de los espirituanos, quienes recordarán a Febrero como un hombre humilde, talentoso, apasionado y profundamente comprometido con su país. Sus trazos inconfundibles de rotulista, que adornaron las vidrieras y las calles de Sancti Spíritus durante décadas, son un testimonio de su creatividad y su amor por el arte. Pero más allá de su obra, lo que realmente lo distinguió fue su espíritu inquebrantable, su fe en la Revolución y su incondicional amor por Cuba.


