La sombra de Molière se extiende sobre Ciudad Universitaria. “Somos fácilmente engañados por aquellos a quienes amamos”, sentenció el dramaturgo francés, y la pasión desbordada por Pumas UNAM parece confirmar esa cruel verdad. La crítica constructiva, el análisis riguroso, la exigencia por resultados, se diluyen en un mar de lealtad incondicional que, paradójicamente, permite que el club se hunda en una espiral de mediocridad y autoengaño. La reciente eliminación en la Concacaf a manos del San Diego Loyal, en el mismísimo Estadio Olímpico Universitario, debió ser un punto de inflexión, una radiografía dolorosa de la profunda crisis que atraviesa la institución. En cambio, se ha convertido en un nuevo disfraz, una cortina de humo que oculta la trágica realidad auriazul.
Pumas se comporta como una de las grandes mentiras del futbol mexicano, aferrándose a una etiqueta de grandeza que hace mucho perdió. Su fiel afición, cegada por el amor a los colores, parece incapaz de percibir la ficción en la que vive, la triste realidad de un equipo que se ha alejado de los estándares que alguna vez lo convirtieron en un referente del balompié nacional. Y en este escenario de confusión, Efraín Juárez, actual director deportivo del club, emerge como el vocero de la complacencia, un personaje que, con sus declaraciones, alimenta la ilusión y perpetúa el engaño.
Tras la dolorosa eliminación, Juárez se atrevió a afirmar que se iba “tranquilo”, a pesar de haber cosechado otro revés en lo que ya se considera la peor crisis auriazul del siglo XXI. Esa tranquilidad, esa aparente falta de autocrítica, resulta desconcertante ante la magnitud del fracaso. ¿Tranquilo ante un Pumas eliminado? ¿Tranquilo ante un equipo que no cumple con las expectativas de su afición? ¿Tranquilo ante la evidencia de un proyecto deportivo que ha quedado obsoleto?
La defensa a ultranza de sus jugadores, su negativa a reprocharles algo, es otro ejemplo de la miopía que impera en la directiva. “Nada le puedo reprochar a mis jugadores”, declaró Juárez, olvidando que portar la playera del Club Universidad implica una responsabilidad, un compromiso con la historia y la tradición del club. Olvidando que la exigencia debe ser constante, que la complacencia es el peor enemigo del progreso.
La frase “Me gusta que el equipo no se muere de nada” es, quizás, la más reveladora de la mentalidad imperante en Pumas. No se trata de que el equipo no se “muera”, sino de que tenga la ambición, la garra, la determinación necesarias para competir al más alto nivel. No se trata de conformarse con lo mínimo, sino de aspirar a la grandeza.
La realidad es cruda y contundente: Pumas acumula 15 años sin ganar un título de Liga MX y 37 años sin conquistar un trofeo de Concacaf. De aquel modelo institucional que fue ejemplo para el futbol mexicano, que generó talento para la Selección Nacional y que se convirtió en un referente de éxito, solo queda un lindo recuerdo. Pero en Cantera, la cuna del club, parece que no se quieren reconocer los errores, que prefieren vivir en la negación.
El futbol moderno exige renovación, adaptación a las nuevas circunstancias. Tigres, un equipo universitario que supo reinventarse, es el claro ejemplo de que el éxito es posible si se apuesta por la innovación y la ambición. Cruz Azul y Chivas, que están en camino de recuperar su protagonismo, también demuestran que el cambio es necesario para volver a la senda del triunfo.
El proyecto del Club Universidad, en cambio, se encuentra estancado, oxidado, caduco, infectado del virus burocrático. La falta de visión, la lentitud en la toma de decisiones, la resistencia al cambio, han convertido a Pumas en un equipo anclado en el pasado, incapaz de competir con los clubes que han sabido adaptarse a los nuevos tiempos. El desdén de la UNAM, la falta de apoyo a las iniciativas deportivas, ha sido el veneno que ha debilitado a la institución.
Pero Efraín Juárez y la directiva parecen vivir en una burbuja, convencidos de que todo está bien, de que no pasa nada. Una actitud peligrosa que, si no se corrige, conducirá a Pumas a una espiral descendente sin retorno. La afición merece una explicación, un plan de trabajo claro y ambicioso, una directiva comprometida con el éxito del club. Merece dejar de ser engañada y empezar a ver resultados. El tiempo se agota y la paciencia de la afición auriazul tiene un límite. La gran ilusión auriazul corre el riesgo de convertirse en una decepción mayúscula.
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