El Caribe colombiano está experimentando una notable transformación gracias a un innovador programa de restauración coralina liderado por el Centro de Vida Marina de Santa Marta. Lo que comenzó como un proyecto científico ha evolucionado en una colaboración comunitaria que involucra a antiguos pescadores, estudiantes, turistas y científicos, con el objetivo de salvar los arrecifes de coral, ecosistemas vitales amenazados por el cambio climático, enfermedades y la actividad humana. El programa, conocido como Jardines de Coral, ha logrado reproducir más de 50.000 corales de la especie *cervicornis*, una de las más vulnerables del Caribe, y ha alcanzado una tasa de supervivencia superior al 80% en los trasplantes realizados en los últimos cinco años.
La historia de Stiven Cervantes es emblemática de este cambio. Antiguo pescador, Cervantes ahora se dedica a la “jardinería de coral”, una labor que implica cortar, fijar y monitorear fragmentos de coral en viveros submarinos a 10 metros de profundidad. “Yo empecé pensando, como la mayoría de pescadores, que un coral es una piedra nada más. No sabía que era un animal”, confiesa Cervantes, quien abandonó las atarrayas en 2021 para unirse al equipo científico. Su transformación, y la de otros ocho antiguos pescadores de la zona, demuestra el poder de la educación y la oportunidad para impulsar la conservación marina.
El programa Jardines de Coral ha logrado hasta la fecha 186.380 procesos de reproducción asexual de corales duros y 58.848 trasplantes al mar. El proceso es meticuloso y manual: los corales se fragmentan cuidadosamente para evitar dañar el tejido vivo, y los fragmentos se fijan a estructuras receptoras, como armazones metálicos o “galletas” de cemento, donde permanecen bajo vigilancia constante hasta que desarrollan raíces y pólipos suficientes para sobrevivir por sí mismos. Esta técnica no solo permite multiplicar los corales de manera rápida y segura, sino que también preserva la diversidad genética de las especies, fortaleciendo la salud de los arrecifes.
Paralelamente, un laboratorio equipado con grandes recipientes de agua se dedica a la reproducción de algas marinas, que sirven de alimento para los corales. En este entorno controlado, los científicos ajustan la luz, la temperatura y los nutrientes para asegurar el crecimiento óptimo de las algas, una fase crucial pero menos visible del proceso de restauración.
Diana Tarazona, directora científica y de proyectos de la Fundación del Centro de Vida Marina, destaca la importancia del respaldo comunitario para el éxito del programa. “La restauración coralina no es cuadriculada. Lo que funciona en Santa Marta puede no funcionar en Cartagena. Para nosotros ha sido muy importante que los jardineros sean personas nativas, porque uno puede conocer mucha teoría o muchos asuntos técnicos de laboratorio, pero solo las personas que son innatas del mar conocen el ecosistema”, explica Tarazona. Los jardineros, con su profundo conocimiento de las corrientes marinas, los cambios climáticos y las enfermedades del ecosistema, aportan una perspectiva invaluable que complementa la experiencia científica.
El impacto de la restauración se extiende a las familias de los jardineros, quienes han encontrado en esta actividad una nueva forma de relacionarse con el mar. Cervantes relata cómo ha logrado sensibilizar a su abuelo Moisés, un veterano pescador, sobre la importancia de proteger los corales. “Al principio nadie entendía qué hacía ni qué eran los corales. En la lógica pesquera, no importa lastimar un coral, porque se desconoce que es un animal”, explica. La sensibilización ha llevado a cambios en las prácticas pesqueras, como la eliminación de redes fantasma, que pueden causar daños irreparables a los arrecifes y a la vida marina.
Además de la reproducción asexual, el centro de investigación monitorea la reproducción sexual de los corales a través del desove, un fenómeno que ocurre pocas veces al año, durante unos pocos días después de la luna llena y cuando la temperatura del mar alcanza su punto máximo. Durante el desove, los corales liberan millones de gametos de forma sincronizada, un evento crucial para la diversidad genética de los arrecifes. Los científicos recolectan los huevos de coral y los conservan en un entorno protegido para aumentar sus probabilidades de supervivencia.
La importancia de la restauración coralina radica en el papel fundamental que estos ecosistemas desempeñan en el equilibrio marino. Los corales proporcionan refugio a peces pequeños, alimento a invertebrados y un lugar de reproducción para numerosas especies. La Fundación ha instalado cámaras submarinas en lugares estratégicos para registrar la diversidad de animales que se acercan a los arrecifes, y los buzos registran manualmente el estado, el crecimiento y las especies presentes en las tablillas impermeables. En 2022, uno de los jardineros documentó el retorno de una especie de pez que se creía extinta en el Caribe, un hallazgo significativo que fue confirmado por el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar).
La urgencia de este trabajo se justifica por el deterioro acelerado de los arrecifes del Caribe, amenazados por enfermedades infecciosas, el aumento de la temperatura del mar y la presión de las actividades turísticas. En Santa Marta, donde convergen áreas protegidas y una intensa actividad humana, la restauración es una carrera contra el tiempo para salvar uno de los ecosistemas más diversos del país.
La restauración no busca simplemente devolver el mar a un estado prístino, sino ganar tiempo: tiempo para que los corales crezcan, para que las especies regresen y para que las comunidades costeras aprendan a cuidar el mar de manera sostenible. Los resultados del programa Jardines de Coral se esperan ver con mayor claridad en 15 años, cuando las nuevas generaciones de comunidades costeras puedan asumir el cuidado del arrecife como una práctica heredada. David Luis Cervantes, de 10 años, ya ha expresado su deseo de convertirse en buzo de corales, un reflejo de la esperanza y el legado que este proyecto está construyendo. La herencia de Stiven se manifiesta en ese anhelo, un futuro donde la conservación marina sea una tradición arraigada en la comunidad.
