Guatemala se despide de una mente brillante y un corazón apasionado con el fallecimiento del profesor Armando de la Torre, un intelectual cuya dedicación a la labor académica y a la defensa de la libertad dejó una huella imborrable en la Universidad Francisco Marroquín y en las generaciones de estudiantes que tuvieron el privilegio de aprender de él. El testimonio de Eduardo Mayora, publicado hoy, pinta un retrato conmovedor de un erudito que trascendió la mera transmisión de conocimientos para convertirse en un faro de pensamiento crítico y un defensor incansable de los valores que sustentan una sociedad libre y próspera.
De la Torre, según Mayora, no era simplemente un académico, sino un narrador magistral de la historia, capaz de conectar eventos aparentemente dispares a través de los siglos y revelar las raíces profundas de las ideas que moldean nuestro presente. Su habilidad para enlazar acontecimientos históricos con el nacimiento de ideas, y cómo estas germinan en sociedades distantes en tiempo y espacio, era excepcional. No se limitaba a describir hechos y personajes, sino que se adentraba en las causas subyacentes, en las características diferenciadoras que marcaron el destino de millones de personas.
Uno de sus temas recurrentes, según relata Mayora, era el conflicto entre “la cruz y la espada” en la Civilización Occidental durante la Edad Media, y cómo su resolución peculiar, a diferencia de otras civilizaciones, condujo a la separación de la iglesia y el Estado. Este análisis no era meramente histórico, sino que buscaba comprender las consecuencias a largo plazo de diferentes modelos de organización social y política. De la Torre no se contentaba con la descripción, sino que indagaba en el “por qué” de las cosas, en las razones que explican las diferencias entre las trayectorias de las naciones.
Su vasto conocimiento abarcaba el derecho, la economía, la filosofía social y las religiones comparadas, lo que le permitía ofrecer una perspectiva holística y enriquecedora sobre los desafíos que enfrenta la humanidad. Sus artículos de prensa, descritos como “elegantes y llenos de matices”, eran un reflejo de su rigor intelectual y su capacidad para combinar el análisis histórico con la reflexión filosófica.
Pero más allá de su erudición, lo que realmente distinguía a De la Torre era su pasión por la enseñanza. Disfrutaba compartiendo su conocimiento y “contagiaba” a sus discípulos con el amor por el saber. Su legado no se limita a sus publicaciones y conferencias, sino que se manifiesta en la formación de una nueva generación de pensadores críticos y defensores de la libertad.
La defensa de la libertad, de hecho, era una constante en la vida intelectual y personal de De la Torre. Mayora destaca el dolor que sentía por la situación de Cuba, su tierra natal, y su convicción de que el autoritarismo castrista había conducido a la ruina de la isla. Este sentimiento personal se tradujo en un compromiso intelectual con la promoción del ideal político de la libertad bajo la ley y la virtualidad de los mercados libres.
En la Universidad Francisco Marroquín, De la Torre se dedicó a estudiar y enseñar los fundamentos de un Estado de derecho, enfatizando la importancia de la independencia judicial y la necesidad de evitar la manipulación de las instituciones por parte de grupos de interés. Para él, un verdadero Estado de derecho se construye a través de sentencias judiciales que establecen un marco legal claro y predecible, y de un parlamento representativo que organiza las instituciones necesarias para garantizar el orden y la justicia.
Mayora describe a De la Torre como una persona noble, alegre y generosa, que dedicaba su tiempo a sus estudiantes y a la comunidad académica. A pesar de haber vivido en Estados Unidos y Europa, siempre mantuvo viva la vivacidad de un caribeño y desarrolló un profundo amor por Guatemala y su gente. Se sintió arraigado a esta tierra y dedicó su vida a la formación de jóvenes y adultos, dejando un legado formidable que perdurará en la memoria colectiva.
El fallecimiento del profesor De la Torre representa una pérdida irreparable para la comunidad intelectual guatemalteca. Su legado, sin embargo, seguirá vivo en sus escritos, en sus enseñanzas y en el ejemplo de su compromiso con la libertad y la verdad. Su capacidad para conectar el pasado con el presente, para analizar los desafíos de la sociedad con rigor y pasión, y para inspirar a sus estudiantes a pensar por sí mismos, lo convierten en una figura inolvidable en la historia del pensamiento guatemalteco. La semilla de la libertad que sembró en tantas mentes jóvenes seguirá floreciendo, contribuyendo a la construcción de una sociedad más justa, próspera y libre. Su partida deja un vacío, pero su legado perdura como un faro de esperanza y un recordatorio constante de la importancia de defender los valores que sustentan una sociedad digna y humana.


