La trama que conecta a Nicolás Maduro, Joaquín "El Chapo" Guzmán y Genaro García Luna revela una paradoja sistémica perfecta. Durante dos décadas, estos tres actores experimentaron un ascenso vertiginoso de poder que les generó la ilusión de estar ganando, pero finalmente fueron desenmascarados y condenados por la justicia estadounidense.
El caso se originó en 2006 con el decomiso de un avión DC-9 con 5.5 toneladas de cocaína en Ciudad del Carmen, Campeche. Esta ruta Venezuela-México-Estados Unidos operó durante años, protegida supuestamente por el Cártel de los Soles y facilitada por funcionarios venezolanos que recibían millones de dólares. Cada envío exitoso reforzaba la sensación de invencibilidad de estos líderes.
Sin embargo, Estados Unidos funcionaba simultáneamente como el mercado consumidor de la droga y como el juez que eventualmente encarcela a todos los participantes de la cadena. Mientras más poder acumulaban estos actores, más documentaban sus movimientos para el juicio final.
Maduro, capturado recientemente, se declaró no culpable en la Corte del Distrito Sur de Nueva York por delitos de narcoterrorismo transnacional. García Luna fue sentenciado a 38 años de prisión y trasladado a la prisión de máxima seguridad ADX Florence, Colorado, donde también cumple condena El Chapo.
Lo más revelador es que las tres figuras operaban creyendo tener protección, influencia o inmunidad. Pero la casa siempre gana: Estados Unidos define quién juega, cuánto tiempo juega y cuándo termina el juego. Ni el dinero ni el poder pudieron sostener indefinidamente la máscara de estos "intocables".
Al final, sus nombres quedan grabados en la historia como sinónimos de traición, corrupción y criminalidad. La verdad tiene su propia gravedad: eventualmente, todo lo que se oculta sale a la superficie.







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